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Sábado, 23 de enero de 2021

Del apoyo al sensacionalismo

«La ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón.»

Gabriel García Márquez

 

La oferta de los medios de comunicación constituye un buen indicador de los contenidos que una sociedad demanda y, por lo tanto, permite deducir algunos rasgos de la misma y de quienes la componen. Aunque son muchas las personas que se horrorizan con programas como Hombres, mujeres y viceversa o realities como Gran Hermano, la realidad es que estas emisiones responden a sus elevadas cotas de audiencia. Sin embargo, lo que me preocupa durante estos días –y confieso que desde hace ya algún tiempo– es el tratamiento mediático de los sucesos criminales.

Son múltiples y variados los espacios dedicados, especialmente en televisión, a la crónica de sucesos. Los actos criminales y sus protagonistas (víctimas, victimarios, “expertos en la materia”, etc.) ocupan programas, telediarios, etc., especialmente cuando se producen casos como el de Marta del Castillo, Ruth y José Bretón, Diana Quer… o –el último que los ocupa– el de Gabriel Cruz. Hechos que concentran toda la atención mediática y forman parte de la agenda setting durante días, semanas o, incluso, meses (en función del tiempo que tarde en agotar la información o en ser desplazados por otros más atractivos en el momento concreto). En definitiva, se trata –simplemente– de una cuestión “comercial”.

De dicha realidad se derivan algunas consecuencias y resulta posible extraer algunas conclusiones. Un primer efecto es el sobredimensionamiento de los hechos criminales violentos que, a pesar de no ser muy frecuentes en una sociedad como la española –así lo expresan las tasas de criminalidad–, se encuentran sobrerrepresentados por eventos puntuales como los citados. De esta circunstancia emanan otras como el denominado populismo punitivo y otra serie de comportamientos y falsas creencias respecto a este tipo de actos.

Por otro lado, en el tratamiento mediático de eventos criminales pronto se abandona la perspectiva de la información para mirar a través de la óptica del sensacionalismo. La receta de la denominada “prensa amarilla”, cuya labor es mostrar los sucesos de manera que generen horror y escándalo entre su público, abunda en esta sociedad de la información. En ocasiones, se alcanza el extremo de poner en peligro la investigación policial tras la imprudente publicación de determinados datos.

Un ejemplo paradigmático lo constituye el tratamiento de los homicidios vinculados con la violencia de género. Los medios de comunicación resultan actores imprescindibles en la concienciación del problema, para lo cual es importante que difundan la existencia y dimensión del hecho, las formas de prevención y respuesta, la necesidad de implicación de la sociedad en su conjunto, etc. Sin embargo, de nada sirve el testimonio de una vecina relatando la cantidad de sangre presente en la escalera o la descripción exacta del arma homicida (objetos de los que, en su caso, se ocupará el personal encargado de la investigación).

Esta realidad responde a una estrategia comercial que se aprovecha del mismo interés que concentra a un elevado número de personas entorno a una cinta policial tras un suceso, el sensacionalismo. Un sensacionalismo que, en multitud de ocasiones (me vienen a la mente imágenes de madres y padres destrozados en el funeral de sus hijos pidiendo tregua a los periodistas, investigadores intentando evitar los objetivos de las cámaras…) resulta extremadamente irresponsable y mezquino.

Por ello, que los aficionados al crimen mediático no se preocupen. En tanto que no exista una gestión ética por parte de los medios de comunicación y, en la parte que corresponde a cada ciudadano, no se realice un consumo responsable de la información relacionada con los acontecimientos criminales, tendrán información macabra esperando audiencia. De tal forma continuaremos traspasando el apoyo a las víctimas para terminar sumergidos en el puro sensacionalismo.