Advertisement Advertisement Advertisement
Sábado, 6 de marzo de 2021

La falacia de la eterna juventud

«Hoy todo el mundo quiere ser joven pero, bien mirado, vivir es vivir y envejecer.»

Javier Gomá

Dejar de ser joven, ese es el miedo que se puede inferir de las conductas que un gran número de personas llevan a cabo en la actualidad. Nadie quiere otra etiqueta y son muchos los que sobrepasan sus límites para tratar de demostrar al resto, o incluso a sí mismos, que continúan en esta etapa del ciclo vital. La sociedad se ha tomado muy en serio esa frase popular que resta importancia a la edad en virtud del espíritu, afirmando que uno es joven mientras así lo sienta. Este temor –pese a no resultar novedoso– ha crecido junto a la importancia de la imagen individual que se proyecta en sociedad, especialmente relevante desde la invasión de las redes sociales cibernéticas. Son pocos los que muestran en sus perfiles o se quieren ver etiquetados en fotografías en las que aparecen acompañados por las marcas del paso del tiempo, las cuales se camuflan tras maquillajes y conviven bajo la represión de multitud de programas informáticos. En el presente, la mayor parte de comportamientos y habilidades que despiertan admiración resultan propios de la juventud, quedando denostados aspectos característicos de otros periodos como la experiencia o la cultura, entre otros.Sin duda, el acmé de los griegos o el floruit de los romanos –términos con los que estos hacían referencia a la edad madura en la que hombres y mujeres se presentaban en plenitud– se ha adelantado en nuestros días a la juventud. Esta circunstancia nos conduce a una madurez volátil, debido a la corta duración de dicha etapa frente a otras como la edad adulta o, inclusive, la vejez. Todo ello conduce, en muchos casos, a la falaz aspiración de vivir una eterna juventud que desemboca en frustraciones y añoranzas.

Como asignatura pendiente se mantiene la proeza de habitar en nuestros días, en nuestra sociedad y con nuestra edad. Saber vivir cada momento aprovechando la experiencia del pasado, conscientes de las exigencias y capacidades del presente y vislumbrando lo que demandará el futuro, sin pretender dinamitar las huellas de la edad.