Segundas partes

«Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como quien muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra si mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído y no lo creeré jamás»

Antonio Machado (1936)

Dice un aforismo que nunca segundas partes fueron buenas. Sin embargo, con osadía retomo este espacio –tras un obligado receso– con el objetivo de burlar la citada sentencia y rendir ante ustedes nuevas reflexiones, que quizá en ocasiones –por torpeza o falta de audacia– queden reducidas a simples ocurrencias. Quijotadas como las del ingenioso caballero cervantino, a cuyo texto –por cierto– se remonta el origen del refrán inicial.

La estadística puede validar o refutar la debacle de etapas sucesivas, pero –con independencia de los números– hoy dedico este regreso a un hombre cuya segunda parte terminó mal, muy mal. Sobre este se ha escrito y debatido bastante, sirvan de ejemplos los excelentes trabajos del profesor Blanco Prieto (2011), el matrimonio Rabaté (2018) o Delgado Cruz (2019). También se ha trasladado a la gran pantalla –con más o menos acierto– por los directores Manuel Menchón, en La Isla del Viento (2016) y Palabras para un fin del mundo (2020), o Alejandro Amenábar, en Mientras dure la guerra (2019). Imagino que ya saben que les hablo del mismísimo don Miguel de Unamuno y su retorno a Salamanca.

Hoy brindo estas líneas al ilustre profesor, en primer lugar, porque no he encontrado mejor forma de regresar a este espacio de opinión que rememorando a una de las personas más insignes que han pasado por nuestra ciudad. Unamuno figura, sin lugar a duda, entre los intelectuales más destacados en la España de finales del siglo XIX y principios del XX. El impacto de su pensamiento resulta comparable al de otros grandes filósofos, como Ortega y Gasset, de cuyas ideas puede desgranarse la influencia de este. Un vasco –don Miguel nace en Bilbao en 1864– que se afinca en Salamanca próximo a la treintena y experimenta en la ciudad del Tormes sus mejores luces y sus peores sombras. Por otro lado, dentro de muy pocos días –el 31 de diciembre– se cumplirán ochenta y cuatro años de su muerte.

El pensamiento de don Miguel de Unamuno resulta complejo y difícil de condensar en un puñado de líneas. Sin pretender formular imprudentes juicios sobre las ideas expuestas en sus ensayos o profundizar en sus más que evidentes contradicciones, cabe afirmar que el profesor es un hombre de grandes convicciones con un espíritu reflexivo, crítico y dialogante. Lejos de sus prestigiosas actuaciones, probablemente sean sus ensayos y esos abundantes diálogos de los protagonistas de las novelas con el escritor los mejores ilustradores de su personalidad e inquietudes. No obstante, ese pensamiento tan poliédrico ha dificultado en gran medida su conocimiento. De hecho, pese al curso del tiempo, tengo la sensación de que nuestra ciudad continúa sin comprender la figura de su mejor ensayista. Por alguna razón el nombre de Unamuno no está tan presente en Salamanca como Cervantes en Alcalá de Henares o el propio Machado en Soria y Segovia, ciudades en las que recaló en sendas etapas de su vida. La causa por la que Salamanca no ha sobreexplotado la figura del rector perpetuo –más halla del entendimiento– quizás pueda hallarse en que sigamos presos de un vetusto de bandos. Filas con las que don Miguel se reconcilió y divorció en continuas ocasiones, sin lograr satisfacer ni a unos ni a otros. A pesar de que su segunda parte como rector cumplió estrictamente con el refranero, su huella permanece imborrable. Qué decir de su última intervención pública durante el acto celebrado el 12 de octubre de 1936, en la conmemoración del Día de la Raza, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, con el popular “vencer no es convencer”. Ese episodio tan manipulado por el que suele ser recordado.

Me gustaría cerrar estas letras reformulando la sentencia que algunos –con más o menos certezas– pusieron en boca del pensador como hálito final y que puede servirnos de aliento ante tanta desolación sembrada durante este agotado año 2020. Esta, trasladada al panorama actual, podría traducirse en “¡El mundo se salvará porque tiene que salvarse!”

Les deseo un próspero año 2021.