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Miércoles, 27 de enero de 2021

Nos dio a su hijo

 

 “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20).

Una de las verdades fundamentales para nuestra vida es la de creer en Dios que es nuestro Padre, que nos ama de verdad. El amor de Dios lo hemos conocido a través de la vida de su Hijo. El cristiano tiene que amar a los otros como Jesús nos amó Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Dios se hizo hombre para que el ser humano pueda hacerse Dios. Esta idea es la que repiten san Ireneo y san Atanasio. Jesús nos ha amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: El Hijo de Dios “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). Cristo se hizo uno más de nuestra raza. “El Hijo de Dios trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22, 2).

San Pablo canta el misterio de la Encarnación e invita a los cristianos a tener los mismos sentimientos de Cristo, “el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Flp 2, 5-8).

Quienes tienen los mismos sentimientos de Jesús todo lo bueno aman. “Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar” (santa Teresa de Jesús).

Lo que define a los cristianos es el amor; esto es lo que constituye el núcleo más íntimo de la experiencia cristiana. La llamada que Dios nos hace es, sobre todo, una llamada al amor, y ser cristiano es responderle. El amor es el mayor signo de fe que podemos tener y “signos de fe” son: el compartir los bienes (eucaristía), el consolar, el instruir, el estar cerca de, el curar. Y, realmente, no hay mayor signo de fe que una vida vivida por y para los demás, sean quienes sean; porque es la vida, y Dios a través de ella, la que nos pone delante al “próximo” concreto que Dios quiere que amemos.

La Navidad es la fiesta del amor. Ahora que hablamos tanto de vacunas, deberíamos vacunarnos también contra el odio, resentimiento, malhumor… Al menos que nos durase un tiempo. Ojalá todos esos deseos, buenos y grandes, por cierto, que guardamos en nuestro corazón se conviertan en realidad.