Unamuno, un relato interminable

Muchas de las interpretaciones historiográficas sobre Unamuno pecan de escasos criterios objetivos. Abundan, más bien, los recelos heredados –y algo de menosprecio– contra el sector unamuniano, o unamunólogos, afines a él… Y lo que realmente muestran es que se les ve el ´plumero´ anti-unamuniano por todos los costados. 

 ¡Las trolas que nos han novelado, durante 84 años, sobre Unamuno y la guerra civil! Lo más claro e indudable de esa fría y oscura tarde del 31 diciembre de 1936 fue el fallecimiento de Miguel de Unamuno y Jugo. También se certifica que en la madrugada de ese día fueron fusilados por sentencia de consejo de guerra franquista (causa 1020) seis hombres, vecinos de La Maya y trabajadores del pantano. Asimismo, se produjo el fusilamiento, al día siguiente, de diecisiete ciudadanos republicanos de la zona de Béjar.

En la muerte del pensador y escritor vasco-castellano, estaba presente, como único testigo, un joven ´fajista´ y requeté –un tal Bartolomé Aragón– que salió gritando pálido y desencajado… “¡Yo no he sido! ¡Yo no lo he matado, don Miguel, don Miguel!...”

Eso es lo que con más rigor sacamos de la crónica histórica –perpetrada por la Falange de entonces–, y que ha llegado hasta nosotros a través del propio Aragón, falangista de tendencia fascista. Muy acojonado se lo contó esa noche en el Gran Hotel a otros falangistas y a un compañero de la USAL, Ramos Loscertales, para que prologase un libro suyo “Síntesis de economía corporativa”, publicado 16 días después de la muerte de Unamuno. 

Así que todo lo que se sabe de esa tarde-noche se entresaca fundamentalmente del texto que prologó Loscertales “Cuando murió Unamuno”. Ni Bartolomé Aragón ni Loscertales eran amigos ni discípulos de Unamuno; ni afines en ideología con él. Y de la prensa local de la época, mejor no hacer caso por ´embaucadora´ afín al régimen o por censura.

 Y aquí empiezan las sospechas, las inexactitudes, los embustes y las paparruchas. Todo ello deliberadamente. La élite de la Falange intelectualoide de comienzos de la guerra civil, resguardada cómodamente tras la retaguardia de Salamanca, ´trufó´ descaradamente esta narración. Y la diseñó a su ´aire´ en interés a sus negocios ideológicos y bélicos.

El reciente documental “Palabras para el fin del mundo”, de Manuel Menchón, aclara algunas de esas dudas magníficamente; otras las mantiene, y otras las creemos menos verosímiles. En general, es un buen documento audiovisual que ayuda a cuestionar las batallitas y fábulas que nos contaron los falangistas sobre la circunstancias de la muerte y entierro de don Miguel.

Se que a algunos les cansa este ir y venir con Unamuno. Pero el ´cuento´ sobre la figura de Unamuno, que construyó la Falange en la guerra civil, y después en la dictadura franquista, y más tarde en la Transición, hoy día es insostenible. 

Utilizaron todas las terminales mediáticas de la Oficina de Prensa y Propaganda del régimen franquista para hacerse con su imagen y para acallar lo que realmente sucedió esa tarde y después en su sepelio.

Se ha criticado exageradamente –y sin pasión– al director del documental, Manuel Menchón, por cuestionar y demostrar con documentación la falsedad de esa narración heredada desde la Falange. Varios biógrafos, críticos e investigadores historiográficos de Unamuno, han sugerido, apoyándola, que esa ´versión´ poetizada y bien novelada desde el ´fajismo´ nacional-católico, era la ´buena´, la más correcta.

 Pero muchos de estos, (omitamos ahora de momento sus nombres) se han pasado unos a otros –o plagiado– las interpretaciones e investigaciones anteriores con sus errores, unos de bulto y diáfanos; otros más nimios. Este cúmulo de imprecisiones, medias verdades o relatos trufados de antemano, se debe a que muchas veces no se ha tenido en cuenta una premisa básica en estas pesquisas. Esta es la investigación ´racional´, o sea, la lógica del sentido común para tratar e interpretar los datos, los hechos, las narraciones, etc.

¡Y claro que hay que dejar en paz a Unamuno! Algunos dicen estar ya hartos de él, de sus ´agonías´ y de sus egos. Pero es de hidalguía hablar de él, aunque a esos otros plumíferos resentidos –desde sus lúgubres torres de marfil– les parezca provincianismo. Aquí tenemos que ´resucitar´ a los nuestros, a fray Luis de León, a Unamuno, etc. Estos son, como las piedras de ´villamayor´ de nuestros monumentos, la materia prima para sobrevivir. Como lo han sido para el País Vasco el hierro o el carbón para Asturias y la industria textil para Cataluña. Sí, habrá que modernizarse y buscar otras formas de productividad y riqueza más acordes con los tiempos actuales, pero olvidar a nuestros ´insignes´, no.

Muchas de las interpretaciones historiográficas sobre Unamuno pecan de escasos criterios objetivos. Abundan, más bien, los recelos heredados –y algo de menosprecio– contra el sector unamuniano, o unamunólogos, afines a él… Y lo que realmente muestran es que se le ve el ´plumero´ anti-unamuniano por todos los costados. Pero este relato interminable sobre Unamuno (biografía y escritos) es beneficioso, muy beneficioso, para la USAL, para la Casa Museo, para la cultura española y el turismo. También, el tema Unamuno aporta aún pingües réditos económicos para la ciudad de Salamanca y Castilla y León.

Desde la óptica cultural e historiográficamente, lo más sano y democrático es buscar la verdad y no los intereses partidarios y los enfoques subrepticios. “Descubrir la verdad por encima de la paz”. Y eso, sin menospreciar ´memorias históricas´ ni a otros santurrones de la literatura, poesía, filosofía o política.