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Domingo, 17 de enero de 2021

El año que vivimos en peligro 

Quedan cinco días para que termine este año 2020. Ha sido tan diferente que bien podía pasar a los anales de la historia como “El año que vivimos en peligro” constante y en grado desconocido, para quienes habitamos la Madre Tierra. En los primeros meses comenzaron a llegar noticias inquietantes que, poco a poco, se fueron confirmando y el coronavirus comenzó a mostrar su rostro agrio, implacable y destructor, para con la vida de las personas.

La dureza con la que nos ha golpeado el coronavirus ha sido terrible. Tan noqueados nos ha dejado, que parece increíble que llevemos ya 12 meses, desde que tuvimos la noticia de un nuevo virus que se daba allá en Wuhan, China y que se transmitía entre humanos. A pesar de los avisos, nos sorprendió a todos con el paso cambiado. Cuando quisimos reaccionar ya se había hecho fuerte. Con un tono desafiante, puso a gobiernos contra las cuerdas y a los ciudadanos ante el peligro de una muerte inesperada e indigna. Amén de los profundos cambios que iba a provocar en nuestras vidas.

Ganas tenemos de que se acabe el año y de que llegue el 2021, con mayor sosiego y esperanza. La luz de la esperanza viene de la mano de la vacuna contra la Covid-19, cuyo periodo de vacunación ya se ha iniciado en algunos países y que para el conjunto de la Unión Europea comenzará mañana día 27, con las primeras dosis de vacuna aplicadas en los ciudadanos más vulnerables. Tras ser aprobada por la Agencia Europea del Medicamento y darle luz verde por su calidad, seguridad y eficacia, la Comisión Europea expedía el permiso para su comercialización, distribución y uso, con una alegría evidente para las autoridades y para la ciudadanía.

El peligro al que nos ha sometido la pandemia tiene su expresión más cruda en que cuando se termine el año estaremos en torno a los 80 millones de infectados y los 2 millones de muertos. Amén de las secuelas y el sufrimiento de quienes siendo atrapados han podido salir adelante y continuar viviendo.

El dolor de todos solo ha sido superado por el miedo. Nunca antes, en los últimos tiempos, la población había visto la muerte tan de cerca a escala global. El temor a la muerte se ha hecho presente, pero no de una manera absurda e irracional como diría el filósofo Epicuro, sino de forma sentida, al percibir y tomar conciencia de que, como individuo, podemos dejar de existir para siempre por el peligro que entraña el virus. La actitud de aquel sabio de vivir razonablemente, arrancándonos ese miedo de la piel, tiene hoy más sentido que nunca en estos tiempos de pandemia. Hemos de vencer al miedo, para vencer a la muerte.

Desde los distintos campos y esferas se ha repetido que el virus no entiende de territorios, clases sociales o razas. Más bien yo diría que no respeta ni a unos ni a otros. Porque haber sí ha habido mayor número de infectados en unos territorios que en otros y sí se ha cebado más en unos estamentos sociales que en otros. En términos generales, en el mundo rural ha habido menos peligro que en las ciudades. Los barrios humildes han estado más afectados que las zonas residenciales de la gente que se dice de bien.

El peligro ha llegado hasta la Navidad que, más allá de las luces que engalanan las calles y adornan las casas con motivos navideños, el coronavirus nos está dejando unas Navidades distintas, tristes. Atentando contra el propio espíritu navideño y contra una de sus mayores señas de identidad, obligándonos a estrictas limitaciones para ser compartidas fraternamente con los seres queridos, máxime, cuando muchos de ellos se los llevó de este mundo y otros no han podido volver a casa por Navidad.

El rayo de luz que significa la vacuna en medio de este mundo de tinieblas es un motivo para tornar a la ilusión, esperemos que no sea un espejismo. Porque el virus sigue avanzando y escaqueándose con sus más de 400 mutaciones, dos de las más significativas en los últimos días: una con origen en el Reino Unido y la otra, más preocupante, originaria de Sudáfrica.

Esperemos dejar de estar en peligro por la acción del virus. Pero aún no sabemos los azotes que todavía nos dará, ni los cambios que seguirá produciendo en nuestras vidas. Sabemos que incluso en tiempos de paz el mundo va cambiando a pesar de que el ser humano se resista a los cambios. Pero nos cuesta admitirlo y menos que los cambios vengan impuestos por un agente invisible como el virus, que cuestiona nuestra supervivencia, costumbres y modo de vida.

Confiemos en que en el 2021 la fuerza nos acompañe, nos traiga salud, paz, prosperidad, bien estar y larga vida, junto con mayor responsabilidad individual y colectiva, solidaridad y humanidad.  ¡Feliz y Próspero Año Nuevo!

Escuchemos al mítico Revolver con su canción El Peligro

                                                                                                       Aguadero@acta.es