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Miércoles, 27 de enero de 2021

¿Navidad o apocalipsis?

Tant crie-t’on Noël, qu’il vient (François Villon)

 

Bien mirado, el significado del adviento, que trae el espíritu de la Navidad, es casi la antítesis del de la segunda venida de Jesús, que precederá al apocalipsis. Hablo del final los tiempos, tal como se describe en el Nuevo Testamento: una época de catástrofes y convulsiones cósmicas, anterior al Reino de Dios en la tierra y a la victoria definitiva del bien sobre el mal y del amor sobre la muerte.

Pablo Casado y la sucesora de Aguirre en Madrid invocan ahora el espíritu de la Navidad y lo echan de menos en el discurso de Pedro Sánchez, pero llevan todo el año tirando de retórica apocalíptica. Los textos bíblicos nos hablan de mentiras y de falsos profetas, lo mismo que Casado y los suyos cuando mencionan a los del gobierno. Y si España hay epidemia, iniquidad y hambruna, en buena medida se deben a la mala gestión de estos, qué además se apoyan en los que llevan a España al borde del abismo y de la ruptura, etcétera. (Podría seguir, pero ya ustedes conocen esa canción).

Es posible que, lo mismo que Javier Marías confunde el dogma de la virginidad de María con el de su inmaculada concepción, Casado y compañía no distingan el espíritu de la navidad de la publicidad del Corte Inglés. Pues el contraste entre lo que se venía repitiendo y lo que se dice ahora es demasiado violento. Así pues, sr. Casado, sra. Ayuso, ¿en qué quedamos?, ¿Navidad o Apocalipsis?, ¿amor fraterno universal o a ver si todo se va al carajo y tenemos la oportunidad de formar un gobierno como Dios manda, pues este es “ilegítimo”?, ¿antes muertos que rojos? Pero si finalmente España se hunde, ustedes habrán hecho una meritoria contribución a ello. En vez de arrimar el hombro en una situación de emergencia, venga poner palos en las ruedas y mirar los toros desde la barrera, silbando todas las faenas. Si el ejecutivo central da directrices generales para afrontar la pandemia, es una inaceptable intromisión en las competencias autonómicas; si, por el contrario, da margen de decisión para que cada región adapte esas directrices a la coyuntura de cada lugar, es una dejación de funciones. Si no da información, algo oculta; si la da, miente. Y así.

Desde luego, motivos no faltan para concebir el fin de la especie humana o incluso de la vida en este planeta. Quizá no haya habido generación alguna que haya carecido de esos lúgubres presentimientos. (Si más no, las epidemias del pasado eran mucho más letales que la actual). Pero ahora tenemos la ventaja de disponer de medios técnicos para que eso sea el resultado de una decisión “humana” (una guerra nuclear) o de una obtusa inhibición (ante el deterioro medioambiental y climático), no fruto de una maldición divina o de una adversa conjunción astral.

Menos mal que, si nos atenemos a la Biblia, el fin del mundo no será mañana, aunque el gobierno Sánchez/Iglesias siga dos o tres años más. Es verdad que, por un lado, Jesús dice que “no pasará esta generación hasta que todo esto suceda” y San Pablo cree que en su propio tiempo verá bajar de nuevo a Jesús de los cielos y “seremos arrebatados en nubes… al encuentro de Dios en los aires”. Pero no es menos evidente que tal cosa no ha ocurrido de momento y la Biblia no carece de pasajes donde, como en tantas otras cuestiones, da una perspectiva distinta. Hay que esperar. Del día y la hora solo lo sabe el Padre y, en todo caso, no tiene sentido especular sobre ello: antes tienen que venir más catástrofes y el evangelio debe haberse difundido sobre toda la tierra, cosa que no ha ocurrido. Ni siquiera impera el sentido común ni hay una mínima solidaridad. Por eso las gentes se desplazan de unos sitios a otros, huyendo de la miseria, la guerra o la peste, como también dice la Biblia al hablar de su mundo.

Así pues, ¡felices fiestas solsticiales!

 

(Imagen: Huffington Post)