Desvalimiento

El agua se aprende por la sed;

la tierra,  por los océanos atravesados;

el éxtasis,  por la agonía.

La paz se revela por la batallas;

el amor, por el recuerdo de los que se fueron;

los pájaros por la nieve

Emily Dickinson

Hubo un tiempo en el que creíamos... Nos vimos fuertes y superiores a nuestros mayores, más ricos, más independientes, más libres. Inmunes e indemnes,  pues pasaban cosas, desgracias, catástrofes, pero esto sólo ocurría del otro lado de la pantalla de la televisión que nos pone a salvo desde una insulsa anestesia. Hubo un tiempo en que “nuestro” mundo marchaba sobre ruedas, apenas ayer, sobre los raíles perfectos de la tecnología y las famosas generaciones G, que iban ensalzando la rapidez y eficacia de tantos dispositivos. Vehículos de primera gama, casas con jardín,  segundas residencias, electrodomésticos inteligentes.

Los niños ahítos de juguetes electrónicos,  divertidos y tan versátiles,  una agenda intensa  de extraescolares, porque todos eran pluscuamperfectos y tenían que cumplir su sueño.  Milenials y Erasmus  eternos. Los abuelitos a buen recaudo, sin molestar demasiado,  en la residencia, a la sombra de un olvido bien programado, en silencio.

Y de repente,  hace ya casi un año (nefasto paréntesis que se dilata en el tiempo), saltaron todas las alarmas, y entraron en nuestro vocabulario, como de soslayo palabras inverosímiles, al tiempo que se extendían contagios, infecciones, los pulmones asediados, el aire corrompido, ay el aire,  arrasado de impotencia, palabras que no habían llamado a la puerta, virus que no se habían presentado ni previsto... Muerte y miedo,  mucho miedo  acicalado en el empacho de cifras y ruedas de prensa.

El tren del bienestar descarriló, que no lo desmantelaron,  no,  ¿a quién culparíamos, si ni siquiera podíamos salir a a la calle a manifestarnos?  ¿A quién señalaríamos,  los mentirosos, los gobernates los médicos?

Llegó el confinamiento,  luego la desescalada, después las restricciones perimetrales y los confinamientos quirúrgicos. Los aplausos histéricos fueron quedando atrás, mientras iban saliendo a la luz las infinitas posibilidades del daño, del dolor, de la pena, de las ausencias,   de los no-abrazos... Llegaron los anuncios de Navidad,  las prohibiciones, las mesas reducidas, los vuelos cancelados, los allegados  que no podían llegar. Promesas incumplidas de una Navidad normal,  pequeña pausa de caridad disimulada,  de inocencia perdida  junto al Belén, donde todavía algunos pequeños llegarían  a  emocionarse...

 

Y me puse a pensar en alguna palabra que dijera todo este caos,  esta expectación temerosa, y encontré una:  la palabra desvalimiento, que, desde luego no nos atrevemos a pronunciar, no será la palabra del año, no romperá los esquemas del diccionario.  Es una palabra vieja y algo vergonzante,  arrinconada, pero tal vez pueda ser la palabra que acierte a decir,  bajo su sombra de pena, desnudez y cierta ternura desesperanzada,  lo que estamos viviendo, desde hace ya tantos meses y lo que sentimos esta Navidad: desvalimiento.

Una espera errátil, tal vez,  que parece no ayudar mucho, porque ¿qué  nos cabe esperar?

¿La vacuna, la lotería, la subida del salario mínimo, el fin de los deshaucios o las hipotecas?

Vacío, tal vez nada, como dice el poeta.

Pero saltemos en el tiempo hacia atrás, hacia antes y sin trampolín,  en el origen de esta celebración que tanto lamentamos, el niño sin pañales y sin casa, la madre sin mantillas, el padre sin saber, engañado y confuso sobre su papel y su destino, huyendo con la famila sobre el jumento.  

¿Qué esperamos en esta Navidad, la vacuna,  el mesías, la anestesia para tanto dolor? Este pequeño en el pesebre, el establo sin luces y maloliente, con el aliento caliente y probablemente un tanto fétido de los animales, es lo más parecido a cualquier pequeñez desvalida, la nuestra y la de tantos otros, migrantes, refugiados, etc. Esta Navidad parece ser,  aunque nos cueste reconocerlo lo más real, de todo lo irreal, lo virtual y distópico que nos envuelve y nos acucia estos días.

Pero hay un ángel, que no es el de la muerte, sino el de Belén, si le escuchamos, tal vez oigamos un susurro bajito: no temáis. El mensje más propio y propicio de esta Navidad, sobre el toque de queda, la mesa encogida de comensales, las calles vacías sin alboroto. El ángel del desvalimiento, palabra de un sentir que no queremos dar cabida en el  diccionario  de nuestro corazón atemorizado,  pero desde el desvalimiento aceptado, tal vez pueda abrirse la más certera esperanza de salvación