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Domingo, 24 de enero de 2021

Javier Marías y la ley Celaá

De algún escritor romántico se ha dicho que era “una exquisita máquina de sufrir”, algo que cuadra perfectamente al novelista Javier Marías. Si a Unamuno le dolía España, a Marías le molestan y amuelan las maldades y la ignorancia del mundo y de la vida en general. Y le duelen mucho, por eso se queja mucho también, no deja de expresar un descontento permanente. Empecemos con una anécdota: su padre, don Julián, iba a veranear con la familia a la fresca y tranquila ciudad de Soria durante muchos años y luego Javier compró allí un piso con ubicación privilegiada: el paseo del Espolón, enfrente del parque la Dehesa. Pero lo abandonó: no podía aguantar los ruidos y voces de los viejos que jugaban a la petanca en el parque.

Conociéndole, sus lectores de EL PAÍS abren las páginas preguntándose “¿de qué se quejará Marías esta semana?”

Últimamente se las tiene con los “idiotas” que no se ponen bien la mascarilla, los que andan por la calle mirando al móvil sin fijarse dónde pisan o los que dejan el patinete en medio de la acera. Pero sobre todo le sulfuran los políticos, especialmente si están en el gobierno. De estos ha llegado a decir que son “espantosos” y “amplio grupo de subnormales” (columnas del 15 y del 22 de noviembre en EP Semanal). Llegados a cierto punto, el gran escritor no se puede aguantar y los insultos acaban imponiéndose sobre las buenas maneras de profesor oxoniense.   

El domingo pasado dejaba entrever que el proyecto de ley de educación no le gusta ni un pelo. Es -dice- “necio”, “servil”, “idiota” y “enloquecido”. Lo que no queda tan claro es a qué se deben estos calificativos, pues luego pasa a hablar de unos treintañeros ignorantes en materia de dogmas católicos. No habían oído hablar de la Anunciación cuando un guía turístico les enseñaba el pórtico de una iglesia. Seguramente estos jóvenes no cursaron religión, pues la LOGSE, vigente en su época, planteaba esta asignatura como algo de obligada oferta para los centros y optativo para los alumnos. Y de aquellos polvos…

Para Marías cada ley de educación ha sido peor que las anteriores y por ello hoy padecemos a este atajo de políticos “mentirosos e incumplidores” (columna del 29/11), que tienen poco más que el graduado escolar o han recibido el título en alguna universidad de provincias. Siguiendo el hilo de su argumentación, deducimos que Marías prefiere la educación franquista reinante en su época. Ahí no había diversificaciones curriculares, ni promoción con suspensos ni temas transversales, pero los niños salían de la escuela sabiéndose de memoria el catecismo y la lista de los reyes godos (si bien no completa). Pero parece que Marías no fue muy aplicado en la asignatura de religión, pues, como se aprecia en su columna, confunde los dogmas de la inmaculada concepción de María y el de su virginidad; unos conceptos que, según el papa Pío IX, tenían gran predicamento entre el pueblo español.

Menos mal que los niños de ahora, a los que vio muy interesados por las estatuas de la plaza de Oriente, seguramente bien "españolizados" por la ley Wert, acabarán recitando la lista de los reyes godos como si fuera la alineación de su equipo favorito. En eso están Díez Ayuso y los jefes de otras comunidades del PP, que se resistirán a aplicar la ley Celaá en aras de la “libertad”.

Escribe algo además sobre una "violación colombina" o "no consumada" al referirse a la Sagrada Concepción, pero obviamos el comentario. (Sin embargo, si lo hubiera leído su profe de religión, seguro que le hubiera dado a Marías dos buenos capones).

(Imagen: La Anunciación, de Fra Angélico. Wikimedia.commons)