Juan de la Cruz, poeta del silencio

Cuanto más alto se sube, /tanto menos se entendía, /que es la tenebrosa nube /que a la noche esclarecía; /por eso quien la sabía /queda siempre no sabiendo, /toda ciencia trascendiendo

JUAN DE LA CRUZ

 

Para venir a gustarlo todo /no quieras tener gusto en nada. /Para venir a saberlo todo /no quieras saber algo en nada. /Para venir a poseerlo todo /no quieras poseer algo en nada. /Para venir a serlo todo /no quieras ser algo en nada.

JUAN DE LA CRUZ

Juan de la Cruz

Vivimos tiempos de vacío, el secularismo y el COVI-19, están vaciando de religiosidad los espacios públicos, incluso nuestras propias iglesias, a pesar de mantener las puertas abiertas invitando al silencio y a la contemplación. A pesar de todo, Dios permanece y no se ha marchado del corazón del hombre, que, desde el silencio, la acción y la contemplación, espera y busca el misterio en la cotidianidad de la vida. Karl Rahner, el teólogo que alimentó el Concilio Vaticano II, predijo que el cristiano del siglo XXI tenía que ser místico para que su religiosidad tuviera sentido en este tiempo.

La espiritualidad que proponemos no es una escapatoria de la realidad alejándose del tiempo transcendiéndola.  Es más bien una propuesta contemplativa y activa de búsqueda de lo divino, que despliega una mística de “ojos abiertos” hacia los más necesitados, buscando la solidaridad, la caridad, la paz y la justicia. Una mística para el hombre de hoy que se siente inquieto, para el hombre que busca y no se conforma con lo ya sabido, para el creyente que sabe ahondar en el silencio y que sabe que hay otros caminos para el encuentro con Dios.

 De la mano del silencio, el buscador suelta lastre del viejo tópico de que Dios es un “problema por resolver”, sino quiere partir del misterio y centrarse en Dios como “una realidad por descubrir” en la cotidianidad de la existencia. En esto, el gran maestro, no solo de los poetas, también del místico cotidiano y creyente del siglo XXI es San Juan de la Cruz. El poeta y el místico, indica el camino para “enamorarse de Dios”, esa experiencia de amor que, apoyándose en lo humano, alcanza lo divino a fuerza de transcenderlo.

Juan de Yepes llega a Salamanca en el otoño de 1564, un año después de que ingrese en la Orden de los Carmelitas en el convento de Medina del Campo, después de realizar su noviciado. En los Carmelitas adopta el nombre de Juan de Santo Matía y, sus superiores ven en él ingenio y aptitudes para el estudio, con lo que lo envían a la Universidad de Salamanca, la más importante e ilustrada del reino.

Residirá en el monasterio carmelita de San Andrés, que la Orden ha convertido desde el Capítulo de Venecia, en casa de estudios, al ser Salamanca uno de los centros de cultura y estudio más importantes de la Península. Fue fundado en 1480 y, estaba situado entre la puerta de San Pablo y la antigua ermita de San Andrés, extramuros, en los arrabales de la ciudad que frecuentemente se inundaban por las crecidas del río Tormes.

Juan se matriculará en la Universidad para estudiar Artes y Teología. Será nombrado prefecto de estudiantes en este convento, donde además de asistir las clases de la universidad, recibirá su formación carmelitana dentro del mismo. En el convento vivirá una vida recogida y de observancia, de manera austera y pobre, como lo era el convento, viviendo en una celda muy austera.

Cuidaba de sus estudios, dedicando tiempo a la oración y contemplación frente al Santísimo. Solo podrá salir del convento para ir a clase, o bien para atender y asistir a los enfermos moribundos del hospital de Santa María la Blanca, a cuyo cargo estaba el convento de San Andrés, gracias a las limosnas recibidas por la Universidad.

Fray Juan de Santo Martía, después que termina Artes, solo cursará en la Universidad de Salamanca el primer curso de Teología, quedando otros tres para poder finalizar su titulación. Parece que renunció a sus estudios teológicos para entrar en la Cartuja. En las vacaciones académicas del curso 1567, se encuentra providencialmente en Medina del Campo con Teresa de Jesús. Le convencerá para que abandone su idea de marchar a la Cartuja, informándole sobre los planes de reforma para la rama masculina del Carmelo.

En el otoño de 1568, con otros compañeros, inicia una experiencia contemplativa en Duruelo (Ávila), germen de la reforma masculina del Carmelo. Juan renuncia al prestigio y al poder que le hubieran proporcionado los estudios en la Universidad por la vivencia interior del silencio, por la “docta ingnorancia”, por la noche del “no saber”, tomando como nuevo nombre el de Juan de la Cruz.

El pensamiento y la palabra nacen del silencio. Comentaba Heráclito, la verdadera naturaleza gusta de ocultarse. Mientras no se viva en silencio, el ser permanecerá oculto. Solo en la experiencia del silencio se desvelará el ser. En el silencio se apagan los ecos y se puede escuchar la voz que los provoca, la verdad se desnuda y se desvela. El requisito fundamental para reflexionar es guardar silencio y desplegar la lentitud.

El gran drama del hombre actual es que, habiendo abandonado su corazón, ignora que posee una vida interior, confundiendo el silencio con el vacío. Es preciso encontrar un camino para volver a ese lugar, para morar en el silencio, para vivir en el corazón. Hacer silencio es una forma de inteligencia, de ir más allá de lo externo, más allá de la emoción y del pensamiento. Es una forma de preparar nuestro corazón para recibir la intención del Espíritu en nosotros.

La oración del creyente brota del silencio no por necesidad o miedo, sino por una llamada interior del Espíritu. La oración está penetrada por la iniciativa de un Dios que ama y que desea colmarnos con su presencia. Nos decía san Agustín: “Volved al corazón. ¿Qué es eso de ir lejos de vosotros y desaparecer de vuestra vista? ¿Qué es eso de ir por caminos de soledad y vida errante y vagabunda? Volved. ¿Adónde? Al Señor, dices. Es pronto todavía. Vuelve primero a tu corazón: como en un destierro andas errante fuera de ti. ¿Te ignoras a ti mismo y vas en busca de quien te creó? Vuelve, vuelve al corazón”.

Ser místico es hacer de la propia vida la experiencia permanente de aceptarse a sí mismo como don de Dios, de estar siempre siendo (Martín Velasco). Es una experiencia que ensancha el corazón del creyente a la medida sin medida de Dios, tomando parte activa en la corriente del ser y del amor que le origina. En palabras de San Juan de la Cruz, es estar siempre siendo “Dios por participación”.

Juan de la Cruz relaciona ese encuentro con Dios en el interior del ser humano con el misterio de la Trinidad: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en el silencio ha de ser oída del alma”. El silencio no se opone a la Palabra, se hace eco de ella, encarnada en Jesús de Nazaret, Palabra eterna del Padre. Si del Silencio viene la Palabra, esta se recoge en el Silencio. La verdadera contemplación ha de caracterizarse por la ausencia de palabras, por la hondura del silencio. El ser humano está ahí solo, pero solo con Dios. Si Dios habla con el ser humano en el silencio, este descubre igualmente en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios.

El místico y poeta, bebe de la gran tradición espiritual de Occidente que le llega desde los místicos renanos (Harphius, Ruysbroeck, Taulero, Suso, Eckhart), realizando una importante síntesis entre la fe y la contemplación. Una fe viva que florece en la esperanza y la caridad (F. Urbina). Esta forma de entender la fe y la contemplación es una actitud que embarga al hombre entero y lo dispone para entregarse de forma total a la llamada de Dios y a la entrega al prójimo. Es una mística que no se evade de la realidad, elevando a toda la acción caritativa a la primacía de Dios.

Juan de la Cruz se sitúa en los límites de la imposibilidad de decir, donde el mejor acomodo para lo inefable es el silencio. Desde ese silencio, busca un espacio propio para su palabra, en un sistema en el que la coherencia constituye el eje en el que descansan las relaciones de sus componentes. Entrando en el silencio, triunfa la palabra del poeta. El verso convierte al lector en constructor de sentidos, ya que lo indecible puede comunicarse de forma inagotable en la palabra humana, llevando la poesía a la última posibilidad o radicalidad.