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Lunes, 18 de enero de 2021

Acuerdos y desacuerdos con Rousseau

Aquí estamos los dos, Juan Jacobo, tú y yo, en la amplia y hermosa apátrida que elegimos y no pudieron impedir. Ni yo soy español, ni tú eres suizo y  francés, de ningún sitio y de muchos  somos los dos. Y sobre  todas las cosas,  de la revolución, ese cuerpo perfecto siempre en movimiento hacia los vacíos para llenarlos.

A los dos nos gustan los espacios y sociedades pequeños, como los pueblos,  pero a mí me separa de ti una feroz interpretación de la libertad. Esa manera de ser y estar natural como es la república, hija del mundo romano, del mundo griego y lo que queda de ellos, dio paso a la democracia y a la soberanía popular que tanto defendimos tú y yo desde 1712 en que nacimos a un mundo profundamente desigual.

Yo jamás te seguiré por el camino de la asociación, algo que me parece un peligro por la alienación que tú tanto detestabas. Un hombre solo arrastra un torrente de sangre universal. Y ese siempre quise ser yo.

No te niegues el romanticismo que tú viste antes que yo. Pero sigue donde estás y no vengas por Hispania. Aquí pasan cosas muy raras. Desprecian los polluelos el comunismo y votan con alardes al fascismo que ha vuelto a engordar. Y no veas cuánto y cómo.

En esta galaxia chiquita, en esta sociedad mínima, en esta visión de la belleza más espiritual que otra cosa, te puede pasar de todo.

Por ejemplo: que si no te sabes la lista de los reyes godos, una o dos de las godas que quedan con las brasas en alerta, te destruya con un misil de rencor “El contrato social” y toda la heredad que nos dejaste. Avisado quedas.

Y luego, ni se te ocurra nombrar a la república como forma de gobierno sustancial en el siglo que vivimos, que ya no sé ni cual es, después del batiburrillo de ideas que andan volando de aire en aire.

Yo una vez dije que la monarquía era un resto de un pasado que había que enterrar, traté de fundamentarlo de la misma forma que lo hacen políticos sin miedo en el Congreso de Diputados, y la respuesta no es comprensible ni siquiera para ti, no digamos ya para mí que me falta la embriaguez de tu ritmo social.

-Pero rey tiene que haber.

Eso me dijeron. Pregunté por qué y su argumento me dejó sin habla.

-Porque si no hay rey, te quitan la casa.

Ahora entiendo por qué los españoles somos especialistas en golpes de Estado, que hasta del Vaticano nos contrataba temporalmente hace siglos para esa instrucción. Y por qué cuando nos quedamos sin reyes de aquí, los compramos fuera, como hicimos con Amadeo de Saboya, un italiano que trajimos de Turín para poner paz entre nosotros, y a los tres años y seis gobiernos, se marchó con el rabo entre las piernas y se volvió por donde había venido.

No sólo nos dejó por imposibles, sino que también se nos quedó por aquí y por allí, una heredera llamada Tití que enamoró a nuestro rey emérito hasta las cachas, pero como la Tití era muy picaflor no le gustó a Franco nada, y se la prohibió a Don Juanito. Cuantas historias de amor se han arruinado por decisión de terceros. A Franco el furor sexual de una mujer le daba más miedo que los falangistas de verdad que jamás renunciaron a matarlo hasta que él  mismo se murió en el garaje de El Pardo.

Yo me moriré pronto, aunque un poco después que tú. Así que ninguno de los dos sabremos nunca si la reina que vendrá (porque han cambiado los tiempos y ahora toca reina) les conserva la casa a los españoles o se la quita. Está por ver.

Entiendo que me he ganado el derecho a morir en la cama, pero no estoy seguro después de enterarme que hay generales dispuestos a fusilar al medio país que les sobra.

Pero tengo que comunicarte, hermano Juan Jacobo, un  profundo desacuerdo contigo. Porque no es cierto que todo hombre nazca bueno y luego sea el ambiente en que crece quien lo malea. No, Juan Jacobo: existe la maldad de nacimiento.

Tú llegaste tarde o  no llegaste por no apearte del burro de esa histórica formulación. Pero mira: aquí y ahora, con la perspectiva que da tanta vida ya vivida, en la ciudad  y en los pueblos donde ya no quedan vacas sino parras de uvas dulces, no existe la amistad, eso que tú y yo estábamos convencidos de que era la forma más pura de amor.

Que va. Sobre todo en las sociedades pequeñas, en las tribus urbanas o rurales, en la alamedilla de la vida literaria,  la amistad es sólo una forma más de rentabilidad. Así que te aman mucho mientras aportas, y cuando estás amortizado, adiós y santas pascuas.

La deshumanización es lo contrario a lo que soñamos. Ahora prima más que nunca la desigualdad económica y el egoísmo. Pero también la crueldad con los de al lado. Vivimos tiempos límite donde se ve, se confirma.

Son pocos los que están dispuestos a renunciar a su tradición de ser felices a costa de lo que sea y de quien sea. Vivimos una media de doscientos muertos ibéricos, doscientos  muertos que les importan tan poco porque ninguno de los tradicionalistas piensan que un día cualquiera ellos pueden estar entre los doscientos camino del crematorio.

Pero te voy a dar un dato más, Juan Jacobo, por si al reencontrarnos se me olvida mentarlo. La maldad habita entre nosotros de tal forma que hay quien pagaría esos doscientos  muertos por una botella de champán.

Y es que el hombre no es bueno por naturaleza como tú decías, ni malo por lo que te cuento. El asunto es mucho más grave y no tiene curación ni vuelta atrás: el hombre actual ha perdido sus emociones.

Quédate donde estás y ni se te ocurra volver, hermano Juan Jacobo.