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Martes, 26 de enero de 2021

Rodrigo sabe dónde está la bala 

Rodrigo Martín Delgado es un escritor con curvas. Viene del periodismo y de la novela, pero su mejor sitio está en la crónica. Porque la crónica es el género más difícil, donde confluyen todos los ríos de la narrativa, y porque Rodrigo Martín Delgado no es un pamemo lineal y previsible. Cuando escribe tan rico como un abolicionista en su espacio de El Cadillac Negro, da mucho gusto y suena a memoria.

La prosa de Rodrigo Martín Delgado es abundante en meandros donde parece que se diversifica, pero al final se extingue el rompecabezas y con la cultura de hoy como  materia trocal y abierta, compone un jaral macizo.

Rodrigo Martín Delgado escribe el presente, pero con retrocesos al reciente pasado  que son más que argucias para sustentar el futuro. Sobre estos dos tiempos primeros  -que él  maneja con maestría- se sustenta la previsión de lo que ha de venir a partir de ahora.

No hay una sola nostalgia en las crónicas de Rodrigo Martín Delgado que no se sostenga por sí sola. Es más, si están ahí mientras escribe es porque son necesarias para que no pasen al olvido historias y gente que no lo merecen, y sobre todo para hacer mucho más nutritiva la lectura de lo que está ocurriendo mientras corre este siglo.

Por estas inevitables referencias -que no recursos- sabemos que la nueva cultura viene de un viaje. De una andadura reciente si se compara con la abundancia de tiempo que hubo antes de que los acontecimientos fuesen un hervidero. Y es que estamos ante escritores nuevos, ante tiempos nuevos, ante vidas en clave nueva, ante una comunicación nueva e instantánea.

Admitamos ya de una vez que la ficción de la historia queda para Pérez Reverte o Nieves Herrero, incapaces de escribir sin mirar atrás las huellas que otros mucho más antiguos que ellos dejaron. Explorados todos los universos cuando Isaac Asimov se murió, ahora ocurren muchas cosas y todas con la seducción de lo diferente. (De vez en cuando surge un Cormac Mccarthy que los redime).

Estamos ahora ante el cultivo de otra manera del ocio, de una comunión sin horarios, todo sucede con el vértigo sin barreras para el idioma, ya el efecto mariposa es una costumbre porque se extinguieron las crisálidas (pongamos que en Corea del Norte aún se salvan), de un mundo que no es redondo sino plano en el que nada se esconde y todo se comparte, aquí no se salva ya nada de estar al alcance de cualquiera.

Y alguien tenía que contarlo.

Contar lo que pasa en la nueva cultura donde las  tecnologías han cambiado no sólo el cine, la música, sino hasta la misma literatura (no digamos ya el periodismo) es para escritores que dejan atrás la estirpe de los antaños y se enganchan al hoy con la naturalidad de su tiempo.

Para ello es necesario que los escritores de madera reciente tengan una amplio bagaje en el que no falte la liturgia de la ilustración más clásica, los cimientos humanísticos por encima de leves concurrencias con el conocimiento de los tránsitos que un sistema educativo nefasto casi les corta las alas y les condena al naufragio del vocerío de una escasez casi frívola.

Rodrigo Martín Delgado se salvó por sí mismo. Y ahora navega la narración como se espera y se debe. (No hay que olvidar nunca la feroz crítica al olvido de Chaplin en “Tiempos modernos”). Su sólida formación, su curiosidad siempre de guardia, su intuitiva mirada sobre las cosas de su universo y los otros, hacen de él un contador de historias siempre en movimiento. Quiero decir, de la vida, la vida de sus contemporáneos (creadores de todas las clases), y no la de los caballeros templarios que ya tuvieron sus propias hagiografías.

Escritores como Rodrigo Martín Delgado parten con una ventaja: al escribir en directo, no están obligados a desmitificaciones. Los ídolos de ahora que pueblan sus páginas están expuestos al sol de la gente. Ahora ya nadie puede inventarse una vida. Ahora ya la industria del cine, el feudalismo de la música, los jarrapellejos de la televisión, los trovadores de la literatura, no tienen escapatoria.

Pero tener la posibilidad de contarlo no te asegura que todos lo cuenten bien. Para hacer al jorobado de Notre Dame guapo, ya están los tertulianos.

Hay una generación de escritores -como Rodrigo Martín Delgado- que no tienen que escribir el testimonio de las novelas, como toda la literatura rusa por poner un ejemplo. O como el teatro norteamericano, por poner otro ejemplo.

Es muy delgada la línea que separa los géneros literarios, tanto que la mayoría de las veces se confunden. Y de la misma manera que en la posguerra la gente esperaba las novelas de Rafael Pérez y Pérez que se vendían semanalmente por fascículos y que llevaban los carteros  a casa, ahora las posibilidades de difusión a través de internet te meten súbitamente la lectura en los ojos.

Ello obliga a otra raza de escritores, que manejan el mensaje sin tiempo ni pausa.

En el caso de Rodrigo Martín Delgado hay algo a su favor: que gobierna con prontitud y pulcritud la herramienta del lenguaje. Un lenguaje cercano y entendible, pero con muchos caudales en su vocabulario.

Y una cosecha de cultura sin bancales ni parcelaciones. De esa hegemonía armoniosa nacen sus crónicas, tan llenas de apetito para los lectores.