Asomarse al exterior

Acaba de hacerse pública una de las últimas decisiones del presidente Trump. No seré yo quien se deje las pestañas hasta encontrar logros del hombre del tupé, pero tampoco me morderé la lengua silenciando sus aciertos. Cuando tomó posesión, hace cuatro años, se le llenó la boca con su ¡América first!  Precedido de una fama -bien ganada en el campo de los negocios- de hombre sin demasiados escrúpulos y un tanto petulante, a la hora de abandonar la Casa Blanca hay que reconocerle una cierta fidelidad a su lema. Pocas de las medidas tomadas han supuesto menoscabo para la nación de las barras y las estrellas. No le han dolido prendas a la hora de tomar decisiones que, aunque hayan causado perjuicios a terceros países, siempre han buscado una mejora para el pueblo norteamericano. Se podrá convenir que no hemos estado ante un gran estadista –de hecho, ha sido ridiculizado más de una vez- pero no ha dudado en “cantar las cuarenta” a quienes han estado acostumbrados a que lleguen los USA para sacar las castañas del fuego. Norteamérica, con aciertos y errores, sigue siendo una de las democracias más sólidas de occidente y se gasta sus dólares – y, algunas veces, sus vidas- en mejorar el propio bienestar.  Por excepción, también se los gasta con los pueblos que solicitan su ayuda por sufrir una amenaza que pueda afectar la paz mundial o, sencillamente, porque ofrecen alguna contraprestación. Las ayudas desinteresadas, según Trump y alguno más, cada vez van a ser más difíciles.

          Toda la parrafada anterior viene a cuento de esa decisión del presidente de EE.UU. anunciando el reconocimiento oficial de la soberanía de Marruecos sobre la región del Sáhara Occidental. No se trata de acudir en auxilio de los habitantes de una antigua colonia española que están pasando por una situación muy difícil, largamente prolongada. Tampoco para apoyar a un bando que esté empeñado con otro en un conflicto armado. EE.UU. acude a una región de muy difícil pacificación porque encierra un claro valor estratégico y una riqueza en materias primas, que fue lo que atrajo siempre a los anteriores ocupantes. España puso el pie en el Sahara Occidental a finales del siglo XIX, con ocasión de la Conferencia de Berlín en 1884-85, en un territorio tan grande como la Península y con poco más de 20.000 habitantes. El control de la antigua ruta Norte-Sur, los bancos de pesca, los fosfatos de Bucraa, junto con el valor de una posible “cabeza de puente” en el norte de África, justificaban nuestra presencia en la antigua colonia.

 Tradicionalmente, los monarcas alauitas han jugado sus bazas estratégicas con mejor visión que nuestros gobiernos. Cuando no fue la sorpresa, fue la astucia lo que inclinó la balanza a su favor. En pocas décadas, y por lo desafortunado de nuestra política exterior, se pasó de los simpáticos –aunque algo mudos- Procuradores en Cortes de las provincias africanas, a la cesión del territorio en manos de Mauritania y Marruecos. Mauritania renunció a sus derechos y propició la aparición en escena del Frente Polisario. La triste “Marcha verde” fue el último ejemplo de lo que digo. En aquella ocasión, Marruecos contó con el paraguas de EE.UU. y España, con la amarga obediencia de nuestras FAS, hubo de renunciar al territorio y, de paso, traicionar al pueblo saharaui.

Mohamed VI acaba de conseguir un espaldarazo internacional a su política de anexionarse el Sahara Occidental. Una vieja aspiración alcanzada en contra de las repetidas resoluciones de la ONU. El golpe de gracia de la intervención de Tramp está en la contraprestación de Marruecos con el compromiso de reconocer la nación de Israel. Si Mohamed VI, a pesar de la fuerte oposición del islamismo interno y externo a ese reconocimiento, se ha decidido a dar el paso, tiene que haber algo más que el apoyo a la ocupación del Sahara. Tampoco se ha molestado Trump a la hora de participar al gobierno español la decisión tomada. Creo que no tardaremos en comprobar un más que probable aumento de la presencia norteamericana en territorio marroquí.

          Una vez más, se ha hecho realidad el triunfo de la vieja leyenda negra que nos persigue desde hace cinco siglos, y que tiene como consecuencia directa una fama de la que no podemos sentirnos orgullosos. Algunas naciones europeas, que han mantenido y siguen manteniendo colonias en todos los continentes, conservan –es cierto que con algunas excepciones- ciertos vínculos de fraternidad y reconocimiento hacia las metrópolis colonizadoras. Ahí está la Commonwealth como ejemplo de una antigua Mancomunidad Británica de Naciones. Por mucho que nos sonroje la actual situación de Gibraltar, es un hecho que Gran Bretaña ha mantenido una fuente gratuita de materias primas y, a pesar de ello, con el paso del tiempo y haciendo realidad un proceso de descolonización con visión de futuro, esas colonias han llegado a una convivencia sin resentimiento, con buenas dosis de respeto y agradecimiento hacia sus colonizadores. No faltaron algunas potencias occidentales que descendieron a lo más profundo del pozo de la deshonra, a base de negociar con vidas humanas en una odiosa esclavitud. A pesar de tanta ignominia, también esas antiguas colonias siguen apreciando a sus colonizadores y sus habitantes arriesgan sus vidas por emigrar a la metrópoli.

 Con España, las cosas han sido diferentes. De los Países Bajos salimos como unos diablos con los que se asustaba a los niños: “Pórtate bien si no quieres que llame al Duque de Alba”. En Filipinas y en América no es mejor nuestra imagen. Además del legado de lengua y religión, los primeros españoles formaron familias mezclando su sangre con la de los nativos. Si los efectos de la esclavitud han poblado buena parte de América de ciudadanos de color, otra parte del continente es mezcla de incas, aztecas y españoles. Aunque hayan transcurrido varios siglos, la sangre sigue operando como un imán. A principios del siglo pasado, españoles y europeos emigraron a América para rehacer sus vidas en un continente lleno de riqueza y falto de manos.Hoy ha cambiado el flujo. No pocos hispanoamericanos llegan a nuestras ciudades para rehacer la suya, o como plataforma para continuar hacia otros países de Europa.

Ahora se repite la historia. Con la constante llegada de africanos a nuestras costas, el gobierno está tan desbordado como lo está con el coronavirus. El totum revolutum que define nuestra colección de ministros hace que las justificaciones a sus desmanes sean de todos los colores. Para no acabar con la fama ganada a pulso, cada vez que se ven sorprendidos por su ineficacia, sacan a relucir el recurso de la mentira. Lo acabamos de comprobar con la disparidad en el número de fallecimientos por coronavirus y con los comunicados sobre los vuelos de inmigrantes desde Canarias a la Península. Da la sensación de que las comparecencias de cada ministro contaran con la ayuda de la correspondiente Kopérnica, preparada para certificar la verdad de su respuesta.  

Debajo de este desastre que nos gobierna, subyace una única verdad: a los componentes de este gobierno les viene muy grande el cargo. Ni tienen la formación necesaria para la misión que recae sobre ellos, ni merecen la suficiente consideración por parte de los organismos en que se mueven, dentro y fuera de España. Después de comprobar la nefasta labor que desarrolla el “embajador emérito” Zapatero, también es conocido en los círculos internacionales el excesivo triunfalismo de nuestro Presidente y la peligrosa deriva con que está amparando a sus directos subordinados.

Cuando el éxito de toda nación depende en gran medida de una adecuada política exterior, con este gobierno de nuestros pecados hay que reconocer el peligro que añade cada vez que se asoma al exterior.