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Domingo, 17 de enero de 2021

Una ley “progresista” y “liberal” nos convierte en verdugos, ¿y los médicos no decimos nada?

 

La Organización Médica Colegial tiene su sede madrileña en el número 11 de la Plaza de las Cortes, justo frente al Congreso de los Diputados. Lo que no ha hecho esta entidad, para disgusto de muchos médicos colegiados, es situarse con cierta presencia y solidez frente a la última resolución de la Comisión de Justicia del palacio vecino. El jueves se dio luz verde a la inclusión entre las prestaciones sanitarias españolas de la provocación de la muerte del paciente cuando éste lo pida, conforme a unos criterios y controles ciertamente discutibles. Así se expresó, contrario al proyecto legislativo, un organismo consultivo del Estado, el Comité de Bioética en su extenso y dialogado informe, suscrito por unanimidad de sus miembros. Este informe no es vinculante, pues bien es sabido que en España, en el conjunto de las administraciones públicas, los asesores realmente influyentes son los colocados a dedo por el gobernante de turno al poco de tomar posesión.

Obviamente, muchos hubiéramos querido que la OMC se hubiera puesto en frente con más garbo y decisión no porque los médicos, como corporación profesional, debamos oponernos sin más al poder legislativo, sino porque éste ha ignorado completamente nuestro código deontológico: “El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste”. ¿Tan poco importa a los diputados españoles lo que los expertos en bioética, con nombres y apellidos, que esos sí firman, les hayan dicho sobre la eutanasia? ¿Tan irrelevante les parece que la profesión médica, milenaria, con su ética pensada y argumentada, crecida al lado de los enfermos, comprometida con el sufrimiento humano, se considere a sí misma una profesión al servicio de la vida y tenga la provocación de la muerte como una práctica no ajena sino opuesta a su razón de ser? ¡Digo yo que algo sabremos!

Bien está que nuestros representantes sindicales, como hicieron los de la Junta de Personal de SACYL ante la Consejería de Sanidad en Valladolid la otra tarde, reivindiquen, reclamen, exijan, mejores condiciones laborales, estabilidad, contratos adecuados… También, que se proteste contra el Real Decreto que desvanece la exigencia del MIR para el ejercicio profesional, es decir, contra el detrimento de la calidad asistencial que ya está significando, y que las diversas consejerías de Sanidad habrán acogido con alivio, como un favor administrativo desde el Ministerio. Incluso puedo entender que haya quien pida un aumento de los salarios de los médicos, notablemente inferiores a los de nuestros colegas europeos, aunque me chirría muchísimo ver reflejada ahora mismo esta cuestión en la campaña del Colegio de Médicos de Sevilla mientras se acelera la aprobación de una ley que ataca la deontología médica en medio del silencio colegial en algunos casos y de la oposición tímida y endeble en otros. Lo primero es lo primero. Reclamar honorarios no toca cuando se está convirtiendo en papel mojado el juramento hipocrático.

Se supone que los médicos no somos unos cualquiera. Somos los que hemos ido cumplimentando, con nuestros nombres y apellidos, basándonos en nuestro saber científico, los certificados de defunción de la pandemia que el Instituto Nacional de Estadística ha ido recogiendo y acaba de anunciar, al cabo de tantos meses. Miles y miles de fallecidos que el Ministerio de Sanidad, con su comité de expertos sin nombres ni apellidos, tenía a salvo de la opinión pública en un cajón. Queda claro que nuestro trabajo era ignorado de forma interesada. Como ahora se ignora nuestra deontología y se señala la eutanasia como una opción vital (¡es mortal, sin regreso!) acorde al progresismo y al liberalismo imperantes. No me importa insistir, ser pesado, repetirlo, volver a lo que dije en la columna que publiqué en septiembre: De correr para evitar suicidios… ¡¿a asistirlos?!

Sé escribir con fundamento de pocas cosas, por eso mi columna es redundante, pero de ésta sí me atrevo. Y si percibo que mi profesión o no quiere, o no sabe, o no la dejan tomar partido en este debate, lo haré una y mil veces como pobre médico de pueblo, todavía joven, desde este espacio de opinión. No soy portavoz de nadie. Sólo de mí mismo. Pero sé que muchos compañeros comparten mi visión. No estoy solo. No estamos solos los médicos que entramos y salimos de la facultad con la convicción de aprender una profesión al servicio de la vida. No estamos solos los médicos que entramos y salimos de la consulta cada día con la certeza de una vocación para las personas, en la que cabe saber rechazar con humanidad la petición de aquel que, en su dolor y en su desesperación, ve la muerte como una solución. A veces cuesta lágrimas. No estamos solos, ni estamos menos comprometidos con el sufrimiento de los enfermos sino mucho más, ni somos menos respetuosos con la libertad individual sino mucho más concienciados con el papel de la Medicina como una profesión esencial para conseguir la justicia social y garantizar la defensa de los más débiles.