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Sábado, 23 de enero de 2021

La Constitución a finales del 2020 

Cuando aún suenan los ecos de celebración del Día de la Constitución el pasado 6 del corriente, me dispongo a hacerle mi particular homenaje a la de 1978, que de una forma u otra vengo haciéndole.  El hecho evidente de los 42 años de prosperidad, estabilidad y convivencia democrática que nos ha dado, debería ser suficiente para que nadie pusiera en duda los grandes aportes y la necesidad de seguir teniéndola como referencia en la vida y los comportamientos de los españoles.

Habitualmente a la Constitución se le viene denominando de diferentes maneras: carta magna, ley fundamental, ley de leyes, norma suprema, etc. ¿Todas ellas quieren decir lo mismo? En el uso diario parece que sí, pero desde el punto de vista etimológico y del derecho, existen diferencias que hoy, más que nunca, convendría tener en cuenta y hacer un esfuerzo llamando a las cosas por su nombre, para mejor entender su significado, su razón de ser, finalidad y aplicación. Para evitar repeticiones en los textos, la prensa comenzó a utilizar lo de Carta Magna y a partir del 2001 el Diccionario dio por buena esa equivalencia, pero los juristas y los expertos en Derecho Constitucional evitan utilizar esa expresión.   

Los orígenes del Derecho Constitucional son anteriores a la era cristiana y vienen de la antigua Grecia y de Roma. De allí para acá ha mantenido su presencia en el devenir histórico y por supuesto que tiene un referente importante en la Carta Magna que un 15 de junio de 1215 el rey de Inglaterra, conocido como “Juan sin tierra”, otorgara a los nobles ingleses, como una concesión obligada por la que se comprometía a respetar sus fueros y la no confiscación de bienes, entre otras cosas. 

Ese referente anglosajón se mantiene como un icono en la sociedad británica, aunque con poco peso legal en nuestros días. Solo tres de sus cláusulas permanecen vigentes en el ordenamiento jurídico de Inglaterra y Gales. Fue una carta otorgada por el rey a sus súbditos y no una Constitución para todos, en condiciones de igualdad y libertad, elaborada por un Parlamento democrático en representación del pueblo que ostenta la soberanía y que se da a si mismo sus normas de convivencia. Hay una diferencia abismal, por la que deberíamos ser más cuidadosos a la hora de utilizar los términos, para no confundirnos ni confundir a los demás.

 

Habría que esperar a la Época Moderna con el pensamiento de la Ilustración y la aparición del constitucionalismo en el siglo XVII, para que se diera la primera promulgación de una Constitución escrita en 1787 con la independencia de los Estados Unidos y la consagración de la división de poderes. La Constitución tiene entre sus fines el de preservar la libertad de cada uno. Como diría el filósofo empirista John Locke “Siendo (…) los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza, ninguno de ellos puede ser arrancado de esa situación y sometido al poder político de otros sin que medie su propio consentimiento.”

Nuestra Constitución de 1978 nació del diálogo, los acuerdos y el consenso sobre los derechos, las libertades y la unidad dentro de la diversidad, marcando el camino para profundizar en la democracia. El mejor homenaje y conmemoración que podemos hacerle es el de perseverar en la convivencia y la fraternidad, para seguir creando las condiciones de bienestar y solidaridad que necesitamos.  

Las lecturas partidistas que con demasiada frecuencia se hacen de la Constitución, no hacen otra cosa que polarizar la vida política y la sociedad. La Constitución, como los símbolos y las instituciones del Estado, son de todos y a todos nos corresponde respetarlas, defenderlas y hacer buen uso de las mismas.

El enfrentamiento generalizado que actualmente tenemos en la clase política y que comienza a proyectarse en la sociedad, nada tiene que ver con el espíritu de nuestra Constitución, basado en el diálogo y la concordia con la inclusión de todos. La denuncia por parte de partidos políticos de que la Constitución está en peligro, señalando al otro como responsable de ese peligro y enemigo de la Constitución, no hacen más que echar balones fuera y confundir a los ciudadanos en lugar de resolverle sus problemas y darle tranquilidad.

Lo más importante de nuestra Constitución es su plan para la convivencia y, desde esa convivencia, abordar las reformas necesarias para que siga siendo un espacio desde el que llevar a cabo proyectos políticos, capaces de generar empleo y bienestar para la ciudadanía. En la lucha política la Constitución debe ser el referente para su cumplimiento. No es lícito utilizar como arma arrojadiza contra el adversario, porque eso lleva al mal uso y a la destrucción.

Venimos diciendo que nuestra Constitución necesita una reforma, debido al paso del tiempo, el desarrollo económico y social dado en España, la integración en la Unión Europea, la globalización, una pandemia que lo trastoca todo, el propio desgaste y otros aspectos de interés. Necesita los ajustes oportunos y puesta al día para adaptarse a los tiempos, que siga siendo fundamental para la democracia y el mejor instrumento para la gobernanza del país y la convivencia ciudadana.

Lamentablemente el debate sobre esa reforma parece imposible en estos momentos, dado el ambiente y las acusaciones cruzadas del no cumplimiento de la norma, cuando no de supuestos ataques o amenazas. Esperemos que la sensatez y el sentido común ilumine a sus señorías y que, junto a los poderes del Estado, cumplan con todos los preceptos constitucionales, para que sigamos estando entre las mejores democracias del mundo.

Les dejo con: LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978 (Reggaetón) - Opositores.net

                                                                                                         Aguadero@acta.es