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Lunes, 25 de enero de 2021

A la luz de las farolas

Suya es la luz de toda luz, luciérnaga diaria que nos acompaña en los inviernos que anochecen temprano, en los veranos que incitan al paseo

Nos abrigan y nos reconfortan en la profundidad de la noche las luces de todos, las luces de la calle donde no hay escaparates ni otras iluminaciones que la luna…

         La mirada que es objetivo de Amador Martín se enreda en las farolas y se ilumina de gozo, mientras se recorta en el cielo el exquisito trazado de su forja. En esta ciudad de piedra, el metal se funde en las calles y da luz a la niebla y a la soledad de la noche quieta. Y el fotógrafo, siempre atento, se abraza a la las peanas de estas joyas modernistas que refulgen en los lienzos de piedra dando luz a los sillares memoriosos de nuestros monumentos.

         Fue la ciudad letrada tardía en ser iluminada. Esperó al Real Decreto del 16 de septiembre de 1834 que obligaba a todas las capitales de provincias a tener un servicio de serenos y de alumbrado público y aún así, tardó en hacerse con lámparas de aceite y petróleo. Las arcas municipales no estaban para relumbrón y el precario peculio para las calles llegaba a pocas luces e incluso, no se encendía en las noches de plenilunio.

       La historia de la electricidad salmantina la cuenta magistralmente el catedrático de Electrotecnia de la Universidad de Salamanca Eladio Sanz, quien recorrió la vida y obra de Don Carlos Luna Beovide, el padre de mi Dama Doña Inés Luna, quien casado con una heredera salmantina, recaló en la ciudad y trajo en 1888 el milagro de “La Eléctrica salmantina”. Desde su primera sede en el Campo de San Francisco, los operarios y el genio de Carlos Luna pronunciaron ese “fiat lux” bíblico que empezó a iluminar la ciudad adormecida. Salamanca entraba en la modernidad a través de sus hombres de empresa, construyéndose con el hierro de los Moneo, el tren de las traviesas traídas del Rebollar, como bien cuenta José Ramón Cid Cebrián, que explica magistralmente por qué a los rebollanos les llaman “carruchinos”.

      Cristal, ladrillo y forja, la Salamanca de Miguel de Lis, del arquitecto Joaquín de Vargas, se alza soñada por visionarios que aprendieron la curva modernista, el hierro que se estira, columnario negro, ornamentación art déco que no olvida el diseño consabido, neoclásico, de un tiempo ilustrado.

         Tienen algunas de nuestras hermosas farolas del centro una hermosa historia de tradición y renovación. Fueron las luminarias adosadas a la pared diseñadas por el profesor de forja artística Ángel González Vicente, quien siguió los dibujos encontrados por casualidad por el cronista de la ciudad, Salvador LLopis, primer biógrafo de Inés Luna, en una mudanza en La Torre del Clavero. Eran los dibujos de las antiguas lámparas salmantinas de 1879 alimentadas por petróleo, necesitadas de un farolero que abriese su carcasa de cristal para avivar la trémula llama de la protección en la calle oscura.


       Nos abrigan y nos reconfortan en la profundidad de la noche las luces de todos, las luces de la calle donde no hay escaparates ni otras iluminaciones que la luna… Ahí el tiempo se detiene y camina el estudiante de Espronceda a la luz incierta de nuestro miedo. Útiles, necesarias como el aliento, las farolas de nuestras calles son además el más hermoso del ornamento, los pendientes de la dama cuando contamos los bellos brazos de sus delicados chandeliers, la perla de cristal que cae de su hermoso eje.

         Peana de piedra, la farola ornamental, de farol acristalado y origen neoclásico, nos recuerda con su aire afrancesado, su apelativo de “fernandina”. Al rey le debe su cúpula con corona, y la corona más pequeña que incluso vuelve a entronizarla. La farola salmantina se yergue en la Plaza Mayor con hechuras de bailarina, suyo es cierto empaque que arrastra el polisón y mueve el abanico para ir al encuentro de los Churriguera de Mayoral, inclinados eternamente sobre los planos del ágora. No parece envidiar a las hermosas, delicadas, inconfundibles farolas modernistas… aquellas que adornaron la Casa de los Lis y que el abandono de sus años de sombra llevaron a muchos de los espacios salmantinos que ahora miran hacia otro lado.

       Restos de una historia que también tiene mucho de olvido, de dejadez, de pillaje, de columna exquisita convertida en ferralla. Sin embargo, ni siquiera el olvido del tiempo y sus embates de intemperie pueden contra la voluntad de la belleza por seguir erguida, alumbrando a quienes quizás rompan el frágil fanal con una piedra… es la destrucción inevitable de aquello que está en la calle, no es de nadie y es de todos, nos aprovecha y nos mueve a la barbarie y a ser vándalos de lo bello…

         El hilo de la modernidad ilumina el interior de la hermosa farola de hierro, salida quizás de la forja de los Moneo como tantas cosas en esta Salamanca de luces y sombras. Suya es la luz de toda luz, luciérnaga diaria que nos acompaña en los inviernos que anochecen temprano, en los veranos que incitan al paseo. Recortada contra el cielo, el fotógrafo la descubre con silueta de reina coronada, broche exquisito de la pared de piedra. Es el adorno del muro, es el puntal de la Plaza en su vacío bellísimo de soportales y geometrías barrocas. Y mientras Amador Martín la convierte en sombra que ilumina, se hace la luz y se doran de nuevo las piedras de una ciudad siempre al abrigo de todas las oscuridades. Porque la belleza ilumina, y de eso mucho sabe aquel que nos la devuelve retratada.

Amador Martín, Charo Alonso.