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Sábado, 16 de enero de 2021
Ciudad Rodrigo al día

D. Nicolás Martín Matías, un cura bueno. ‘Servir sin ser notado’ para su epitafio

Juan Carlos Sánchez recuerda a su compañero de Diócesis Nicolás Martín Matías, fallecido este jueves

El primer recuerdo que tengo de D. Nicolás se remonta a la clase de matemáticas de 7º de EGB, en el Seminario san Cayetano de Ciudad Rodrigo, en el curso 1976-77. Yo había llegado al Seminario el año anterior, pero no recuerdo haberle tratado antes. El método de aquel momento, seguido por D. Nicolás, era la colocación de puestos según los aciertos que el alumno tenía en clase, aún lo recuerdo muy bien. Luego fue profesor mío de Geografía y de Historia ya en BUP.  Aún recuerdo aquel trato cariñoso en 3º de BUP y aquel viaje con los del curso para visitar las ruinas del Castro de Irueña, que nos enseñó mi hermano Ángel, q.e.p.d. Luego una merienda en mi casa.

Como profesor nos fascinaba su memoria, su forma peculiar de dar clase. Era capaz de dar clase casi de todo. Había sido formador del Seminario Menor hasta el curso 1973-74, durante varios años. Había introducido, si no recuerdo mal, junto con Andrés Bajo el interés por la Educación Física y tantos otras cosas en esos años de renovación del posconcilio. Siguiendo con las clases, cuando empecé de profesor y formador del Seminario allá por el año 1990, recién ordenado, el trato con él era de compañero, pero siempre era inevitable mantener intacta la admiración. ¡Qué dedicación y qué laborioso en ese aspecto! Hasta con fiebre venía a clase. Tenemos mil historias y frases que recordaremos siempre de él, algunas memorables. Ha sido un profesor muy imitado en las veladas y de forma muy cariñosa por todas las generaciones de alumnos: aquellos gestos, aquella aspiración cuando hablaba, aquellos ademanes de sus manos, aquellas sentencias y expresiones latinas, aquellos poemas de memoria que repetía, como si nada… ratos inolvidables que quedarán mientras vivamos. Los últimos años en el claustro de profesores siempre era escucharle la misma cantinela: “muy mal”, “cada vez peor”, “no saben nada”; era como si asistiéramos a la decadencia del esfuerzo generalizado en la enseñanza y le escucháramos cual profeta de calamidades académicas. Fue haciendo el proceso típico de cada profesor, en su experiencia acumulada de años: exigencia cada vez más moderada hacia los alumnos, aplicando, desde luego, este principio legal: in dubio pro reo. Pocas veces perdía la paciencia, ni la compostura; nunca jamás hablaba mal de nadie, ni criticaba. Ha formado y educado a muchas generaciones, en sus largos 47 años de profesor.

Y siendo esto muy importante para nuestro Seminario y para muchos compañeros suyos… en su persona florecen otras virtudes  que son aún más hermosas: su condición de hermano sacerdote, compañero, amigo; fiel, servidor y cumplidor; poco amigo de sobresalir, aunque no le faltaban razones para ello por su inteligencia y memoria preclaras; nada dado al boato y al incienso, ni a la adulación, honesto y discreto, humilde sin falsa humildad. Todos al haberle perdido, cuando el día 9 de diciembre decaía, todos lo sentimos y lloramos su pérdida como cuando a un miembro vivo le quitan una parte. Amó a nuestra diócesis con pasión. Amó a nuestra tierra a la que conocía de veras. Se sembró a fondo en casi todas las tareas diocesanas donde tuvo las más altas responsabilidades y fue siempre leal consejero, colaborador estrecho de todos los obispos diocesanos. Si hacía falta, encontraba hueco para un servicio más, para una tarea más. A él le escuchábamos decir en más de una ocasión, que podemos estirarnos como la goma y lo repetía  en clase cuando mandaba larguísimos párrafos para traducir del latín, que se lo digan a aquel curso estupendo de 2º de Bachillerato de Anselmo, Adri, Juanjo y Eduardo; también recordaba aquello de que podías pedirle algo más al que ya tiene muchas cosas, porque sacará tiempo para ello. Era fácil ver cómo se cargaba de tareas, como un burrito de carga, en ocasiones, sin darse importancia; servir sin ser notado podía ser un lema del final de su vida, un epitafio para su tumba. Vir bonus, y si hacemos caso al Papa Francisco en su encíclica “santo de la puerta de al lado” y creo no exagerar. Era, D. Nicolás, un cura de la cabeza a los pies, amante de su espiritualidad sacerdotal diocesana. Esa condición de compañero del presbiterio diocesano, la ejercía de palabra y de obra, pues estaba disponible y dispuesto efectivamente para echar una mano; todos hemos acudido a él en alguna ocasión para que fuera a celebrar a cualquier esquina de nuestra amada diócesis civitatense.  


Cuando don Julián López fue trasladado a León, quedando como Administrador Apostólico, y tuvimos que emplearnos a fondo para la continuidad de nuestra diócesis, D. Nicolás, Vicario General, supo estar a la altura de aquel momento, donde muchos arrimamos el hombro para mantener nuestra diócesis. Gran conocedor de la historia de nuestra catedral y nuestra ciudad, puso también sus conocimientos al servicio de ella en charlas, conferencias, etc. 

También tenía defectos. Como todos era humano. Era difícil sacarlo de sus planteamientos, por esa especie de tozudez que también le acompañaba, y no podías esperar en él grandes innovaciones en materia pastoral, pero aceptaba que otros caminaran y transitaran por otros caminos. En los cargos de responsabilidad y gobierno se caracterizó por su prudencia, excesiva decían algunos; D. Julián López que le quería y veneraba de corazón decía de él que muchas veces “estaba con el freno de mano echado”. Podías dialogar con él hasta la saciedad, si no lograbas cambiar su parecer, pero nunca encontrabas reproche, ni malas caras, ni malas contestaciones, ni revancha ni nada que pareciera soberbia o ponerse por encima.

El 11 de diciembre la Catedral acoge su último adiós, rodeado de sus compañeros canónigos y presbíteros, con los pocos familiares de sangre que le quedan, con los muchos  amigos que le trataron. En la Catedral de Santa María, se ofrecerá el Memorial del Señor Resucitado, en este año de 2020, que ya nadie olvidaremos. Daremos el último adiós y luego el último viaje a su pueblo natal, Boada, donde están floreciendo las raíces de su familia con ansias de eternidad.

Gracias, Nicolás, por tanto amor entregado en este surco de nuestra amada y pequeña diócesis. Gracias por haberte conocido y tratado y querido y por haber sido eso, vir bonus y sacerdos sanctus.