Las mesas de Navidad que ya compartiremos

 

Este año no hay que hacer una votación para escoger el día que viene mejor a más gente. ¿Comida o cena? ¿Con parejas o sin ellas? ¿Con…, seguro? ¿Comida y llevando a los niños? ¿En Salamanca o dónde vamos? ¿En Zamora o en Aliste? ¿Te encargas tú de avisar a Fulano que llamo yo a Mengana? Muchos grupos de amigos, de compañeros de trabajo o de familiares han decidido vivir la Navidad con la mirada puesta en la siguiente. No suspender, sino aplazar. No dejar de celebrarla, porque su sentido memorial del Nacimiento de Jesús permanece en los que creemos en Él y ha dejado poso en la mayoría de los que no tienen fe… por ahora. No salvarla, faltaría más, cuando es la Navidad precisamente el segundo paso salvador después de que Dios tomara carne en María.

Como todos, añoraré mesas y echaré de menos comensales en aquellas a las que me siente. Intentaré colocarme en el lugar estratégico que debiera reservarse a los inmunizados activamente por la vía de la infección, a quienes hemos generado anticuerpos contra el virus: ¿por qué se habla tanto de vacunas y se está estudiando tan poco la inmunización de los casi dos millones de infectados en España en estos meses?, ¿no interesa tener esa inmunización en cuenta para la regulación de medidas preventivas y restricciones?

No habrá una mesa de los amigos de siempre, los que un día compartimos clase en el colegio Amor de Dios y, con el tiempo, ramificados en institutos y facultades, matrimonios y emparejamientos, ampliamos el árbol sin dejar de cuidar una raíz que, en su extremo más profundo, llega hasta mediados de los ochenta. Hoy da flor y fruto en Italia y en Japón, en Zaragoza, Málaga o Burgos, en Madrid o Londres, y en una decena de pequeños con dos más en camino. Que no haya mesa por un año no quiere decir que no sigamos alimentándonos con la cercanía de la amistad.

Tampoco disfrutaré de la mesa con los que la Medicina me ha ido poniendo en el camino. Ni de la mesa ni de la habitual fiesta posterior con ese “equipo” de la Facultad, siempre en la brecha ya sea desde la Costa del Sol o desde la ladera francesa de los Pirineos. Tampoco con los “co-erres”, en ese MIR que, de pronto, parece sobrarle a nuestros gobernantes, ni con los compañeros de mi día a día en las queridas tierras alistanas, pero habrá alguna que otra sorpresa (¡paciencia!) y se me avecina una Nochevieja festiva pero tranquila (ojalá) de guardia con Elba y Rafa.

La mesa de casa, cerca del belén y de Belén, cerca de los nuestros, la seguiremos poniendo. Una mesa que no puede olvidar nunca a los que no tienen mesa, ni casa, ni familia. La mesa con María, con Tomás, con Elisa. La mesa con mis padres y con Marieli, aunque sea por turnos. La mesa de Nochebuena en la que añoraremos pero sabremos esperar. Ya la compartiremos. Mientras tanto, no salvemos la Navidad. Más bien, sepámonos salvados por ella.