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Lunes, 18 de enero de 2021

¿El enamoramiento es ciego?

Es una creencia popular que puede encontrarse también en numerosos textos literarios, como El Quijote, Romeo y Julieta, la Celestina, el Don Juan de Zorrilla, etc. Y por supuesto, en infinidad de poetas y canciones.

Quienes piensan que el amor es ciego pueden  entenderlo como una “pasión sexual-amorosa” altamente erótica o centrándose en los contenidos afectivos y la fascinación interpersonal. Pero con una coincidencia básica: quien se enamora pierde la lucidez mental, no atiende a razones; y toma decisiones muy arriesgadas, cuyas consecuencias es incapaz de tener en cuenta. En el caso extremo, como el de Romeo y Julieta, están dispuestos a morir, si fuera preciso, como finalmente sucede.

Puede incluir también la idea de que la persona enamorada se deja engañar o manipular, pierde su libertad, de forma que la persona de la que se enamora adquiere un poder inmenso. El ejemplo más esperpéntico es el poder de  Don Juan Tenorio sobre Doña Inés enamorada.-

Los matrimonios concertados o la exigencia de que el padre diera el visto bueno a la formación de una pareja de enamorados, se justificaba precisamente por la tendencia de los enamorados a cometer errores, entendiendo por como tales, casarse con personas de otra casta, clase social,  diferente raza o riqueza y mil prejuicios más.

Hasta don Quijote, que defiende varias veces las parejas  formadas por enamoramiento, en contra del matrimonio concertado, comete la debilidad de considerarlo justo en algunos textos. De hecho, en algunas  ocasiones, adopta un punto de vista mucho más convencional y desvaloriza el matrimonio basado en el mero enamoramiento, acercándose a la forma de pensar de Sancho: “Si todos los que bien se quieren se hubieran de casar –dijo don Quijote- quitaríase la elección y jurisdicción a los padres de casar a sus hijos con quién y cuándo deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger a los maridos, tal habría que escogiese al criado de su padre, y  al que vio pasar por la calle....; que el amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento,  tan necesario para escoger estado, y el del matrimonio está muy a peligro de errarse, y es necesario gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino, busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse”

Hay muchas formas e intensidades en el  enamoramiento. Pero  es verdad que, de una u otra forma, siempre conlleva idealización de la persona de la que nos enamoramos. Aunque, del hecho de que se haga una idealización de la persona enamorada,  no se puede deducir que, en general, se llegue a perder la libertad de decisión.

El riesgo estaba más presente en las prácticas convencionales del pasado, que impedían a los enamorados conocerse con libertad, con lo que finalmente, en no pocos casos, el matrimonio se decidía, en buena medida a “ciegas”, no tanto porque el amor fuera ciego, sino porque se comprometían, en realidad, sin conocerse. No se podían tener relaciones antes del matrimonio, no se podía convivir durante un tiempo, casi no se podían ver y estar o viajar juntos.

Es verdad que las personas enamoradas pueden llegar a tomar decisiones, que pueden considerarse arriesgadas, como cambiar de país, cultura, trabajo y tantas cosas más, pero no es fácil descalificar estas decisiones si, como hoy es posible, hay conocimiento previo. Entre la ceguera y la clarividencia del futuro hay una gran distancia. Y los enamorados no son ciegos, pero tampoco se les ha concedido la capacidad de profetizar como va a ser su matrimonio. Nuestra libertad de decisión existe, a pesar de los condicionamientos, pero el acierto no tiene un seguro de vida.

Enamorarse no es quedarse ciego, sino descubrir una persona que se desea, atrae y fascina. Y eso es un buen comienzo para entregarse al conocimiento de la pareja. Sobre la base del conocimiento y la experiencia ya vivida,

,la decisión es  un riesgo interpersonal que vale la pena correr.

 Los errores, por otra parte, pueden ocurrir con enamoramiento o sin él, en matrimonios concertados o decididos libremente, porque la lucidez total, el acierto asegurado y la capacidad de una perfecta convivencia, no son patrimonio seguro del ser humano. Siempre hemos de aceptar cierta incertidumbre, que no es necesariamente ceguera. Tomar decisiones que entrañan riesgo es muy humano, pero eso no quiere decir que por estar enamorados seamos ciegos, sino que sentimos una fuerza motivadora extraordinaria, que bien usada, puede llevarnos a vivir lo mejor de la vida. Y para ello puede valer la pena   asumir, en libertad,  el riesgo de amar y ser amado.

Ceguera no, con conocimiento previo, capacidad de arriesgar sí. El miedo a la intimidad y el compromiso puede dejarnos solos de por vida o perder a la mejor compañía.

El error estaba y aun puede estar, en considerar la pareja como una relación necesariamente eterna, negándose la libertad: “lo que Dios ha atado, que no lo separe el hombre”. Equivocarse, cansarse o que las relaciones se tornen conflictivas es humano; pero hoy tenemos soluciones legales para salir de los errores.

Por cierto, tampoco se acierta siempre con una separación mal decidida. Ya lo sabe usted, la vida es bella, pero vivirla, y vivir conlleva decisiones.  

Aristóteles decía que, como no somos sabios, una virtud fundamental es la prudencia. La dejo una pregunta difícil ¿Cómo  se aplica la prudencia al matrimonio y a la separación?