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Miércoles, 27 de enero de 2021

Adoctrinar colonos y mujeres 

Cuando en 1957 la villa medieval se desguazó en tres pueblos, algunos cruzamos un río sin puentes sin saber muy bien cuál era nuestro destino. Incluso el sitio físico donde posar los pies y pararnos ante una nueva vida que se nos abría como una novia o un campo de barbechos y esperanzas, ni siquiera existía. Ante todos nosotros, una promesa y bandadas de preguntas.

Teníamos la memoria fresca con las palabras retóricas que intentaban ser contundentes del gobernador civil de la provincia en el acto de nuestra despedida, allá en La Alhóndiga: Salvatierra tendrá un trato especial dentro del Instituto Nacional de Colonización.

No sé si lo tuvimos. Los meses anteriores a nuestra partida fue un bombardeo constante de publicidad alentadora con revistas que llegaban a nuestras casas, aquellas que habríamos de abandonar para que el agua del embalse tuviese su sitio. Iban a morir muchas norias.

Las revistas nos seducían. Sus páginas estaban llenas de fotos de casas  muy hermosas, las calles eran muy hermosas, los árboles y jardines era muy hermosos, las plazas eran amplias y hermosas, iglesias y escuelas eran muy hermosas. Toda la hermosura de un pueblo que aún no existía nos esperaba kilómetros abajo, al otro lado del río. Y la hermosura era blanca como el alma de un niño.

La organización administrativa se escapa a la memoria de un emigrante que por entonces tenía 10 años. Sabíamos que  éramos  y seguimos siendo una pedanía dependiente de un ayuntamiento. Pero entonces  con nuestros propios órganos de gobierno, el mayoral a la cabeza.

Los pueblos de colonización no eran autónomos ni libres. (Ignoro si como dijo el gobernador nosotros fuimos distintos). A la hora de la siembra tenían que seguir las directrices que marcaban los peritos agrónomos. Y valía más su criterio que el de curtidos labradores de tantas generaciones de padres y abuelos y más allá. Y entregar luego parte de la cosecha, como pago por las tierras expropiadas.

La historia de esta España verde empieza con la segunda república y sus planes de desarrollo hidráulico. El proyecto republicano era un desatino. Cada parcela, una casa, siguiendo el modelo alemán, italiano y estadounidense. El franquismo hizo más razonable esa idea de la reforma agraria, evitando la disgregación y concentrando a todos los labradores en pueblos pequeños pero cerquita de las parcelas. En el acto de La Alhóndiga un vecino de Salvatierra pidió salir todos juntos. Y juntos pudimos ir a parar a  un solo pueblo (Nueva Salvatierra), a no ser por el informe negativo de la comisión de vecinos que vino a ver las tierras que nos ofrecían. Fue un día de mucho viento, y aquello no contribuyó a valorar debidamente la vega. O quizás echaban de menos el secano y el ganado, pilares económicos de toda nuestra vida. Se perdió la ocasión de no separarnos del todo.

Aquel modelo de vida tuvo servidumbres  que hay que aclarar: los colonos tenían que pagar por todo. Por las tierras y por las casas. Y no es nuestra historia, pero sí la de los primeros pueblos: para abaratar su coste se empleó mano de obra de presos políticos.

Salvatierra sí tuvo un trato especial en el Instituto Nacional de Colonización. Pero fue en el origen, donde a  todos se les reconoció el derecho a emigrar. No ocurrió lo mismo en otros pueblos donde para que ese derecho fuera posible habían de demostrar buena conducta y por supuesto una adicción inquebrantable al régimen.

Salvo el origen, los nuestros tuvieron que seguir todo el adoctrinamiento, no solo agricultor, sino religioso, social y político. Un informe negativo (como no ir a misa, por ejemplo) suponía la posibilidad de un destierro o una expulsión. Yo lo viví muy cerca. Se trataba de construir la nueva España donde la primavera volvía a sonreír, banderas al viento. Veníamos de un pueblo madre con una sociedad piramidal, donde en la cumbre estaba el más rico de todos, como un referente moral. Y llegamos a la aparente igualdad, pero asumiendo la publicidad de la doctrina del totalitarismo militar y católico.

Pero el adoctrinamiento se cebó sobre todo en las mujeres. En cada pueblo nuevo se instaló la Sección Femenina, con su perverso ideario que hizo retroceder 60 años o más a las nuestras. Todas las conquistas sociales de libertad e igualdad de las mujeres de 1931 se iban al garete. Para nada servía ya que Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken hubiesen llegado a diputadas en el Congreso.

Durante 40 años Franco puso en manos de la Falange el aniquilamiento de todos los derechos de la mujer y esta regresaba a una doctrina que a los ojos de hoy parece  un horror. Lo es. La Sección Femenina era la encargada de llevar a los pueblos el discurso profundamente antifeminista que contemplaba a la mujer como un ser claramente inferior al hombre en todos los sentidos. Ni física ni intelectualmente la mujer podría igualar nunca al hombre.

La mujer fue relegada a las tareas del hogar, donde debía ejercer como madre y esposa sumisa. Si ya en el mundo rural de los años 50 esto resultaba natural, el acentuarlo con la presencia de la Sección Femenina convertía al mundo de la mujer en una jaula.  Y en este sentido, los comandos femeninos falangistas estuvieron bien arropados por la iglesia católica. Eso conllevaba que la sumisión de la mujer al hombre no fuse solamente pasiva, sino que entre sus obligaciones estaba el de “tener contento” al hombre.

Qué mala es la mala memoria. Todavía hay mujeres que añoran aquel aniquilamiento. Si este hubiera perdurado y estuviera ahora en vigor, mis sobrinas y otras muchachas  no podrían ser filólogas, maestras, criminalistas, psicólogas, enfermeras, geólogas, analistas, informáticas, banqueras, poner una botica, un bar, o lo que han querido ser. A veces la realidad debería destruir cualquier teoría y apagar los atisbos de nostalgia.

Tres cosas para terminar esta reflexión. Primera: leo que los pueblos de colonización podrían ser una solución a la crisis económica actual. Olvídense, si nos fuimos es porque queríamos comer.

Segunda: las dirigentes de la Sección Femenina como Pilar Primo de Rivera, Lula de Lara, Mercedes Formica, Teresa Loring, Mónica Plaza o Marichu de la Mora y otras  hicieron lo contrario a lo que predicaban para nuestras mujeres. (Marichu de la Mora, fiel a José Antonio desde el minuto uno,  tuvo una hermana afiliada al comunismo que se marchó al acabar la guerra. Constanza eligió la libertad).

Y última: si volvemos al pueblo madre, nos encontramos al millonario orgulloso de haber casado a su hija con un juez. Después de todas las conquistas sociales de los primeros años 30 ¿no hubiese sido más natural que el todopoderoso estuviese feliz con una hija jueza?

Enfrente de su casa de las lilas está la placa de la vergüenza.