El tiempo desorientado

Llueve y sentimos el otoño verde y ocre, la primavera silenciada, el tiempo que no se envuelve en nieblas ni hielos. Es la nuestra una época desorientada, y los charcos relucen, los abrigos pesan y y no sabemos que es el vaho del frío o de los insólitos cambios de temperatura que, tras la mascarilla, juega con nuestro aliento. El tiempo, el que perdimos, el que pasa a despecho de nosotros y moja las terrazas puestas y vueltas a retirar, ese tiempo de adornos de navidad, de luces extraterrestres, extravagantes, nos convierte en peonzas de nosotros mismos y giramos y giramos sin saber dónde mirar mientras se empañan las gafas y el aliento moja la mordaza azul que todos llevamos como una mancha sobre el rostro.

          Hemos aprendido a sonreír con la mirada, dice el doctor Marcos Robles que tantos ojos ha visto en su consulta donde ahondamos en la pupila de los días y la joven óptica abre un cajón de lentes y saca una y otra, combinándolas con la misma gracia con la que juntaría en el crisol del alquimista, las notas de un perfume.

          -¿Con esta mejor? ¿O mejor ahora?

          Tiene esta muchacha los movimientos de una bailarina mientras se afana alrededor de mi padre, ojo velado por la edad, ojo que tanto ha visto. Dejamos las gafas, la cita anual con los especialistas, el cómputo de los días en el titular del periódico, lo dejamos porque nos hemos perdido ¿Qué día es hoy? ¿Cuánto falta para navidad? ¡Qué ganas tengo de que pase el invierno!

          El invierno no ha llegado pero los dedos fríos nos han señalado con el parabrisas cristalizado, la sal que cruje bajo las botas. Son las diez de la noche y nada se mueve salvo esa lluvia extraña que es casi primaveral, porque a lo largo del día ha salido el sol como un regalo extraño. Compramos regalos y los cumpleaños nos ponen hitos en el calendario que acompañan el camino de la semana… pero seguimos desorientados, extrañados, huérfanos de ritual y de viaje, de usos, de costumbres… el único hábito, el ponerse la mascarilla al salir de la casa, como mi vecina recuerda, diariamente, el resto de la señal de la santa cruz, mamá y qué eso de santiguarse…

          Estamos desorientados y el viento nos lleva, nos esparce y desordena mientras abrimos y cerramos los negocios como las puertas de la casa de muñecas. Mi sobrino ha aprendido a levantar todas las piezas y su ojo enorme se asoma a la pequeña ventana de la diminuta muñeca. La muchacha ligera como una pluma elegía las lentes con una caricia de pluma y juntaba en la redoma el cálculo perfecto de la graduación correcta ¿Así mejor?

          -¿A qué día estamos?

          Hoy toca análisis, mañana receta, son los pasos de una danza de calendario al que ya solo le queda la hoja que tacho mientras apunto exámenes y citas. Llueve. Nadie sabe qué pasará. Quizás no venga nadie a compartir la mesa. La luna está decreciendo en sus fases felices. Es un tiempo que pasa y no pesa.

          -¿A qué día dices que estamos?

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.