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Domingo, 24 de enero de 2021

La pintura de Antonio Varas de la Rosa, 30 años de miradas en el Centro Cultural Julián Sánchez el Charro

Comisariada por su hijo Mario Varas, la obra recorre treinta años de pintura del profesor y artista madrileño afincado en Béjar y en Salamanca
El artista Antonio Varas de la Rosa - Fotos: Carmen Borrego

Tiene el espacio expositivo del Centro municipal Julián Sánchez el Charro la luz y el amplio aire diáfano que merece la obra de Antonio Varas. El pintor madrileño, radicado durante largos años en Béjar donde dejó su impronta de profesor de dibujo, muestra una retrospectiva de su obra en uno de los lugares más adecuados para su pintura luminosa, sus paisajes vivos, sus personajes definidos. Si los cuadros del pintor precisan del espacio para deslumbrar con su maestría al espectador, las paredes de este lugar de todos nos recuerdan lo cercana, lo próxima al público, lo nuestra que es la pintura del artista.

Una pintura que, como afirma una de sus seguidoras “crea emoción”, esa emoción que comparte el público cuando recorre la obra de Varas de la Rosa, se recrea en sus personajes, en su paleta llena de luz, en sus paisajes reconocibles, en su plaza pulida por la lluvia… Cuadros y carteles nos recuerdan la larga y consolidada trayectoria de un artista todo sonrisa, entusiasmo, viveza y ganas de seguir otros treinta años pintando a tiempo completo, tras jubilarse de su tarea de docente que tanto le recuerdan sus exalumnos,  música y pintura en las aulas bejaranas y salmantinas. Varas, no podía ser de otra manera, es como su propia paleta, está lleno de color, de afecto, de entusiasmo, de movimiento… y se afana entre los cuadros mientras Mario Varas, comisario de la exposición, aporta ese toque británico que evoca y ordena: “Una retrospectiva es un homenaje a la obra del artista, pero también es una lucha para que aporte obras antiguas, que para mí faltan en esta exposición aunque estas primeras obras, carboncillos y bodegones, muestran muy bien sus inicios”.

Mario Varas no es solo licenciado en Bellas Artes, trabaja en Gran Bretaña como artista y comisario y, evidentemente, conoce perfectamente la obra de su padre. Suyo es el orden de los cuadros del artista que ha titulado su retrospectiva “Miradas” porque no hay nada, según él que nos haga más humanos que disfrutar de la belleza a través de la mirada. Una mirada con el excepcional aliado, aparte de su cercano comisario, del cirujano oftalmológico Manuel Marcos Robles, quien apoya desde la Clínica Las Claras la muestra del artista. El Doctor Marcos Robles no solo sabe de miradas, sino que es el médico humanista interesado por la cultura, capaz de recordarnos no solo la maestría del pintor, sino el lado amable de la vida a través de su pintura: “Hay que buscar siempre el lado amable porque todos libramos la dura batalla de vivir, y para ver cómo son las personas solo tenemos que mirarlas a los ojos y veremos su alma” afirma este hombre excepcional a quien la ciudad debe el prodigio de la medicina hecha con entrega y constancia. Y ambas miradas, compasivas, entregadas, capaces de captar el mundo y reflejarlo desde la belleza y la emoción, se dirigen a estas pareces donde habitan los paisajes y los paisanajes de un pintor apasionado que nos devuelve parte de nuestra propia historia.

¿Quién ha sabido retratar la Plaza Mayor de Salamanca mejor que Varas de la Rosa? Una plaza que, en sus últimos cuadros, parece despojarse de lo que habita sus arcos, se atreve con las veladuras que transparentan sus hiperrealistas figuras, juega con la textura del collage, cartón y papel mientras en su pincelada casi fotográfica descubrimos los rostros y las caras que surgen sorpresivas, recuerdo según el artista de sus tiempos de cartelista e ilustrador. El discurso pictórico de Varas de la Rosa, libérrimo siempre, entregado a su visión del mundo próxima y cercana, eminentemente humanista, parece dar un paso más: según Mario Varas, se inició con el objeto, con el bodegón, con el paisaje, dio espacio a la lluvia y al paisanaje y ahora, libera a sus personajes de todo escenario para dejarles libres: “La gente se convierte en el paisaje, los deja a la intemperie” afirma el comisario mientras muestra el retablo intensamente vivo de los cuadros de su padre, donde personas y perros viven y se mueven sin necesidad de decorado. Ni la ciudad ni el campo, la sola persona.


Tienen los cuadros últimos de Varas de la Rosa una estilización diferente, casi simbólica. Unamuno se enfrenta a su doble, alteridad paradójica, las parejas parecen amarse en el vacío, el perro posa con la majestad y la dignidad de un rey. Despojados de todo, los modelos de Varas, o miran al espectador directamente, o viven su vida captados por este fotógrafo de la paleta que se solaza en el paisaje urbano, rural, en las escenas a vuela pluma donde capta toda la grandeza del gesto, toda la geometría de la disposición de los personajes. Y el público se maravilla ante la plaza que se inunda, el río Tormes que desborda las orillas de Alba, las pajaritas que sobrevuelan a los protagonistas de cuadros donde cada gesto, cada detalle es un lujo.

Profundamente urbano, el madrileño que guarda en su interior el pintor practica ese aire “vintage” de las antiguas fotografías en sepia donde sus personajes parecen salir del cine clásico. Sin embargo, Mario Varas nos hace notar el anhelo del paisaje de las tierras de pan llevar de donde es oriundo su padre. Campos de trigo en tiempos de espigadero por donde pasean los rebaños y nos recuerdan el Serrato palentino de sus orígenes. Un campo cercano donde ha encontrado uno de sus más dignos modelos, porque todos los modelos tienen para Varas de la Rosa el empaque, la dignidad del rey que posa para el pintor de cámara: Ángel, el pastor del pueblo de mi madre, se yergue entre su rebaño con una minucia en el retrato que nos sobrecoge, porque hasta el reloj del hombre detenido en su trabajo, tiene el detalle cuidadoso de un pintor atento a todo cuanto puede hablarnos del modelo. Es la pincelada que otorga dignidad a cada gesto, a cada arruga de la ropa de aquel que retrata.

¿Dónde acaba la pasión por reflejar la vida a través de la pintura de Antonio Varas de la Rosa que tanto nos emociona? Paisajes, calles, plazas mojadas por la lluvia, rostros, flores, perros en los que detiene su pincel amante… es la vida que late con cada pincelada de color, cada lienzo que juega con el tamaño, la disposición del espacio, el gusto por recorrer treinta años de trabajo y seguir con el mismo entusiasmo pintando más allá del motivo al que vuelve una y otra vez con puro gozo. Porque como bien ha expresado el doctor Marcos Robles, la pintura de Varas de la Rosa aviva el optimismo del espectador, dota de movimiento una mirada que se solaza en lo bueno de la vida en tiempos de pandemia donde, según el afamado oftalmólogo, hemos aprendido a sonreír con la mirada. Una mirada, la suya y la del artista, capaz no solo de ver la vida desde la belleza, sino de transmitirla al espectador. 

Una retrospectiva recorrida con la mano sabia y conocedora de un hijo que respeta la trayectoria libre del artista. Un recorrido para celebrar, disfrutar y seguir sabiendo que seguirá dando esos frutos que tanto nos gustan y que, a la vez, nos sorprenden. Porque la mirada de Antonio Varas de la Rosa, siempre sonriente, siempre en movimiento, siempre atenta, siempre compasiva con el tiempo y sus efectos, con nuestros trabajos y nuestros días, seguirá plasmándose en el lienzo para solaz de todos los que admiran no solo su trabajo, sino su empeño, su alegría, su vitalidad, su fuerza… todo lo que transmite en una exposición que celebra la vida, el talento y la ayuda de los otros. Porque todos formamos parte de este paisanaje que retrata el artista y nos devuelve, pintura tan cercana, retablo de corazón, el retrato de lo nuestro.

Fotografía: Carmen Borrego