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Jueves, 28 de enero de 2021

Concha Sáez del Álamo, “Paráfrasis” de lo que somos

La artista y catedrática en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca, expone su obra en la Sala de la Casa de los Abarca, Museo de Salamanca
Concha Sáez del Álamo

En nuestra ciudad confinada, abierta al paseo y a los descubrimientos, la Casa de los Abarca, también llamada Casa de los Doctores de la Reina porque médico de Isabel la Católica era su dueño, el Museo de Salamanca es una cita sugerente y nueva. Ya sea desde el Patio de Escuelas, siempre admirado, o desde la hermosa fachada gótica y renacentista de la Casa de los Abarca, el museo es una oportunidad excelente para recorrer una colección no muy conocida por el gran público y para descubrir un espacio expositivo donde se ofrece, hasta el 13 de diciembre, la sorprendente obra de Concha Sáez del Álamo.

Bajo el impresionante artesonado que bien merece una visita, la artista propone al espectador una instalación “de planta” que nos sorprende por su propia naturaleza: El muro establece una jerarquía –afirma la autora– el hecho de que sea una instalación de planta da una idea de habitabilidad, se puede pisar alrededor, podemos agacharnos para verla, casi tocar los materiales. Podemos verla desde arriba, podemos recorrerla.

Pintora, dibujante, docente, comisaria, Concha Sáez se decanta por el trabajo instalativo, por una nueva visión del arte centrado en los materiales. No me entiendo con la pintura, me interesa mucho la forma con la que nos dejamos influir, por el efecto que nos provocan las cosas, los materiales. De ahí que los elija con mucho cuidado por su poder evocador.

La obra “Paráfrasis”, expuesta en el Museo de Salamanca, se ofrece al espectador como una gran neurona gris, como la materia del cerebro que tiene nueve estados que representan lo que nos constituye, según la autora, como humanos. En el centro, una parte dividida en dos, el hemisferio izquierdo y el derecho, guardan una médula espinal siempre activa y en movimiento, representada por un abigarrado conjunto de cables y unas luces que muestran su funcionamiento constante, como señala Concha, recorriendo cada una de las partes de su instalación.

–El público se pregunta por dónde tiene que empezar y eso también es interesante. El orden del recorrido no importa. El cerebro es la central, y siempre está activo, incluso en el sueño, por eso tiene luces, siempre está funcionando. Aquí empezaríamos por el estado de creatividad, que nos define como humanos. Se representa como algo donde bullen las ideas que surgen de la base, porque quiero mostrar un momento de gran fluidez de ideas, esa creatividad que quizás el sistema educativo tapa en el niño y que se recupera en la edad adulta.

Recorrida con la autora, la obra tiene otra dimensión. ¿Es posible que nos estemos perdiendo algo cuando nos enfrentamos al arte moderno, a las instalaciones a las que no estamos acostumbrados sin una explicación?

–Quizás sí, pero también hay que entender que esta obra es un estado narrativo complejo, que sirve como activador de ideas. Está formada por elementos que dialogan, es una máquina de activación que refleja la complejidad del pensamiento, somos complejos.

–¡Es que se entiende mejor si nos la explicas tú!

–Sí, pero también la ves y trata de ser una obra con atracción retiniana, es decir, que te entra por el ojo. Hay obras cuya interpretación es muy interesante y fecunda cuando te la cuentan, pero que no te atrapa.

La obra de Concha Sáez sí te atrapa, permaneces a su alrededor tratando de entender cada una de las piezas que componen esta neurona en el vacío armonioso de la sala. Una sala sorprendente y perfectamente adecuada para la reflexión de la artista, con su sorprendente artesonado, su suelo negro, sus paredes claras y diáfanas… un lugar donde pensar y actuar y no solo “ver”.


–En el siguiente estado, los ojos en este planeta iriscente muestran el terror, el miedo, son los ojos que nos miran. Este otro estado es el del determinismo genético, el de cómo nos determina el ADN. Es una superficie blandita, pero que nos amarra con clavos de metal indefectiblemente. El otro estado es un circuito, da vueltas, es el estado de obsesión, la idea que se instala en nosotros y no tiene salida.

La artista recorre la instalación mientras sus palabras ilustran la obra en medio del silencio. Ciertamente, cada estado, cada palabra de Concha Sáez nos hace inquirir y reflexionar a medida que observamos con otros ojos.

–Esta es una caja de pensar, el material se expande hacia afuera porque es el estado de descontrol, lleno de ideas, problemas, situaciones… nos desborda todo y no podemos controlarlo. Es un líquido que nos desborda. Y el siguiente estado se refiere al dominio de la tecnología, todo está impregnado de tecnología y nos condiciona. Por el contrario, la pobre planta muerta nos muestra el abandono de la naturaleza, la estamos destruyendo y no logramos un mundo sostenible. Esta preocupación está ya dentro de nosotros. La elección de materiales ha sido muy cuidadosa.

-¿Cómo la has hecho?

–Reflexionando sobre lo que quería expresar. Por ejemplo, este es el estado de bienestar, lo quiero mostrar como algo cálido, confortable, blandito, es el nicho del elemento caótico, todo descansa aquí, en este estado de armonía y de felicidad que es un estado de control. Casi me hubiera gustado mostrar cómo ronronean cada uno de los pelitos… Todo lo contrario a este estado de inseguridad, lleno de secretos que vas acumulando y que no podemos aislar. Son como enterramientos, miserias que no quieres contar, porque es el rincón de los inconfesables que provocan a veces un estado de inseguridad.

La materia con la que trabaja la artista parece encerrar en cada una de las gotas un secreto. Tras escucharla, uno siente el deseo de volver a recorrer la instalación, de reflexionar acerca de los estados descritos por Concha Sáez. Desde arriba, la obra tiene otra perspectiva y su diseño neuronal se acentúa vista desde otra perspectiva.

–A lo largo de la producción de esta obra hice dibujos muy primarios, uno de ellos sirve para anunciar la exposición, que me sirvieron para reflexionar aún más. Y decidirme por este formato, que no es fácil, las instalaciones de suelo son más vulnerables, aunque nos dan la posibilidad de ser como nosotros. Me gusta esa idea de que casi puedes pisarla, que es humilde, que es eso algo que se cae al suelo… en el muro tendría otra entidad.

Y el muro, esta vez vacío, casi acusador, parece señalar hacia el suelo que recorremos una y otra vez, bajando a cada una de las piezas que forman la instalación. Desde arriba, el pesado, oscuro artesonado, contrasta poderosamente con la obra y en cierto modo, la completa. Es un silencio de claustro, reflexivo, recogido. Y de nuevo hacemos el recorrido, cada uno abismado en nuestros propios estados, con el eco reflexivo de la autora. El Museo, silencioso, parece recogerse en sí mismo mientras la mente sigue, incansable, iluminando la estancia que bien vale no solo una visita, sino un acto de reflexión y reconocimiento a través del arte.

Fotografías: Carmen Borrego