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Martes, 26 de enero de 2021

La gota

Ningún momento es igual al anterior, aunque se repita. No hay ninguna materia estática. Todo lo que está, es. Todo lo que es, cambia, aunque sea imperceptible. El recorrido del movimiento es un dibujo infinito. Lo pequeño puede ser grande, y lo grande, minúsculo. La gota que resbala por la ventana cuando llueve, la incertidumbre de si llegará hasta el final o se consumirá antes. Espera. A veces más rápido, a veces parece como si se quedara pegada al cristal. Espacio y tiempo, los dos en el mismo canal, influyendo en la curva, en la dirección, en la precipitación de la gota. Todo lo que vive, se mueve. La forma la da el movimiento. La hoja levitando con el aire a su favor, y de repente una ráfaga que la enrosca, la altera, la lleva hasta la otra acera, la revuelve y la lanza contra el suelo. Cuando la hoja ha llegado al suelo sigue moviéndose, la línea no ha terminado. Quietud. Silencio. Contraste. Escucha.

Una estación de metro. El espacio y el tiempo comprimidos en un vagón, hasta que la puerta se abre. Todo cambia en una milésima de segundo. El hombre del libro cierra el libro. La mujer de pie encuentra un sitio vacío. Alguien sale corriendo. Alguien entra arrojándose cuando las puertas se cierran de golpe. El pitido. Otro se queda fuera y pierde el metro. Lo ve alejarse. Vuelve a arrancar comprimiendo el movimiento entre sus vagones. Dentro. Infinito, profundo. Se puede ver el fondo del tren serpenteando. La gente pequeña. Ondulación. Parece como si miraras un caleidoscopio. La imagen de un espejo infinitas veces repetida. El hombre abre de nuevo el libro. Ahora un chico baila. El tempo de su cuerpo no es el cotidiano, sin embargo, se ve afectado por las ondas del tren. Entonces ocurre. Ocurre que la fugacidad del metro se detiene por un momento en su interior. Comienza otro ciclo. El chico sostiene con su cuerpo el aire, lo comprime y lo descomprime. Lo estira. Juega con sus pies. Con sus manos. Con sus dedos. Danzando. Latiendo. Miradas que se tropiezan al pararse. Por fuera del vagón la velocidad es incandescente. Pero dentro, dentro está como cogido por hilos invisibles. Algo ha cambiado. La energía se revuelve y se enfrenta a una disociación espacio temporal. El hombre del libro está en su dimensión. La chica de los cascos escucha una canción a un ritmo lento mientras observa al chico que baila. Si se apagaran todos los sonidos podría escucharse el golpear del corazón de cada pasajero. Creando una partitura, rebotando en las ventanas. ¿Cuánto dura? No es un tiempo de reloj. Es el tiempo. El tiempo de la vida.

Próxima parada. Se abren las puertas y... Algo se escapa, se diluye. Asciende por las escaleras del metro, hace espirales cuando viene un suspiro de aire. Se entremezcla por las piernas de la gente. Choca. Las esquiva. Esas partículas con las que bailó el chico están viajando. Rozan los teléfonos de la gente que habla apresurada por los pasillos de la salida. Siguen trazando el dibujo infinito de su cuerpo, cada vez más alto. Y de repente se disparan al vacío, al exterior de la boca del metro. Como si atravesaran una garganta. Estallan en un porté acrobático con el frío de la calle. Se estiran con los ruidos de los coches, los atraviesan por debajo. Empieza a llover. Entonces se cristalizan las partículas en gotas. Sigue la sombra del chico bailando en esa gota. Sigue la gota bailando en la energía que quedó del chico. El chico sigue en el metro. Pero la gota ya está lejos y colisiona contra una ventana. La gota se para en el cristal. Se queda. Espera. El chico deja de bailar. La gota quiere avanzar. El chico coge su mochila. Se para la música. La gota se mueve. Se oye un eco en la ventana. La gota sigue deslizándose hacia ningún lugar. Aparece una hoja haciendo círculos y se posa en el alféizar de la ventana. Algo ha cambiado. Algo se modifica. El chico sale del metro. La gota resbala, intenta no consumirse. Aún resuena el baile del chico en esas pequeñas partículas hechas de mil historias entrecruzadas. La gota cae en la hoja. La hoja recibe a la gota. Algo ha cambiado. Todo ha cambiado. Y sin embargo, nadie lo ha notado. La hoja vuela lejos.

Todo lo que se mueve, está vivo.

 

Dedicado a mi padre. Que supo entender con la cámara que el espacio y el tiempo se encuentran en un instante llamado luz.

Dedicado al teatro, que enseña a ver lo extraordinario en lo cotidiano, la belleza en lo sencillo.

Dedicado a los que con el arte escuchan la vida que florece a nuestro alrededor.

Dedicado a ti, que buscas con la mirada desde el interior.