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Martes, 19 de enero de 2021

El divino impaciente

Así denomina a Francisco Javier el poeta José María Pemán en su obra teatral de 1933

Ayer celebrábamos la fiesta de Francisco de Javier. Un hombre extraordinario, en lo humano, en la inteligencia, en la actitud de servicio, en su religiosidad. En estos tiempos de superficialidad y de falta de seriedad para atenerse a la realidad y no darse a crear fantasías, viene bien conocer a este tipo de hombres de gran entereza, honestidad y entrega al cumplimiento de los propios objetivos.

Javier nace en el castillo de su nombre en las nobles tierras de Navarra. Siendo el más pequeño de los hermanos, a pesar de poder dedicarse, e incluso distinguirse en el noble oficio de las armas propio de su familia, eligió dedicarse a los estudios universitarios en la afamada universidad de París. Allí tuvo la suerte de encontrarse con otro hombre noble y de la máxima valía, el guipuzcoano Ignacio de Loyola, que trató de atraerlo a sus proyectos y cuya acción culminaría en la fundación de la Compañía de Jesús, los jesuitas.

Al principio Javier se le resiste. Ignacio le plantea aquella famosa frase: “de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma”. Al fin Javier terminó en las redes de Ignacio y pasó a formar parte del pequeño grupo con el que se inauguraría la saga de los jesuitas. Se fueron a Venecia, donde se ordenaron como sacerdotes, y después pasarían a Roma.

En uno y otro lugar, los jóvenes jesuitas se dedicaban a visitar enfermos, especialmente leprosos y contagiados de diversas enfermedades.

Hasta que a Javier lo llamó el Señor por un camino insospechado. El rey de Portugal pidió a Ignacio que le enviara seis de sus hombres para predicar en Portugal y en sus colonias de las Indias Orientales, algo con lo que Javier, hombre impetuoso y emprendedor, había soñado siempre. No se contentaba con empresas pequeñas. Así lo refleja maravillosamente el poeta José María Pemán en su obra teatral de 1933 El divino impaciente.

Ignacio destinó a dos de sus hombres para contentar humildemente las aspiraciones del rey portugués. Pero uno de ellos se puso enfermo de forma que no era conveniente que se embarcara en la comprometida tarea de viajar hacia la India. Y el elegido para sustituirlo fue Javier, lo que le hizo verdaderamente feliz.

El viaje hacia las indias, compuesto por cinco carabelas, fue difícil y comprometido. Javier viajaba en la nave principal. Y en ella se dedicaba a adoctrinar a todos con el fin de que pudieran encontrar el verdadero sentido de sus vidas. Y especialmente se dedicó a atender a los enfermos que viajaban en la misma nave. La oración, la predicación y el servicio a los enfermos eran sus tareas ordinarias.

Y llegaron a la India, concretamente a Goa, pero luego Javier buscaría dedicarse a las clases más pobres, acercándose a los mayores sobre todo a través de su continuo trabajo con los niños, a los cuales enseñaba oraciones y canciones, y le seguían encantados. Los soldados y los negociantes portugueses, que eran cristianos porque estaban bautizados, pero su comportamiento dejaba bastante que desear, constituía la mayor dificultad para su tarea de misión y de conversión de portugueses y de indios.

A un cierto punto encontró la posibilidad de embarcarse para Japón y allá se fue decidido, un mundo bastante diferente del destinatario anterior de su predicación. Y allí se puso en contacto con gobernadores y gente especialmente cultivada. Él, que había sido embajador del rey portugués y mantenía su condición de legado del Papa, hizo uso de su condición y le ayudó a conseguir numerosas conversiones.

Llegó un momento en que comprendió que, si se quería que el evangelio y la religión cristiana llegara a todo el mundo, habría que llegar a tomar contacto con la gran China, ya que, como cultura superior, si ellos se convertían sería más fácil llegar a otras gentes de cualquier parte del mundo.

Intentó pasar a China pero, cuando estaba ya en la isla de Sanchón (1552), enfermó de neumonía y allí entregó su alma a Dios el 3 de diciembre. Misión cumplida. Javier, que en algún momento había confesado que se le cansaban los brazos de tanto bautizar, finalmente fue enterrado en Goa, donde se le venera con gran devoción.

A los setenta años de su muerte (1622) el gran misionero fue canonizado y reconocido como un gran evangelizador. Hasta el punto de que san Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. Francisco Javier fue sin duda uno de los misioneros más grandes que han existido. Un hombre ideal para imitar hoy, cada uno desde su propia profesión.