Kairós

Los tiempos están desquiciados: ah condenada desgracia, ¡haber nacido ya para enderezarlos!

W. SHAKESPEARE, Hamlet

 

La verdad ya la tenemos

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La verdad es la esperanza.

ANTONIO MACHADO

 

La espera, la espera ansiosa, colectiva y operante de un fin del mundo, es decir, de una salida para el mundo, es la función cristiana por excelencia, y tal vez el rasgo más distintivo de nuestra religión.

TEILHARD DE CHARDIN

Vivimos en un tiempo acelerado, caminamos rápido y todo nos hace estar ocupados, nuestro horizonte parece que tiene que ser productivo para no tener la sensación de perder el tiempo. La disciplina del tiempo es un imperativo en las sociedades tecnificadas, todo debe estar planificado y milimetrado, incluso hasta las vacaciones. La prisa parece ser la situación espiritual de nuestro presente. Parece que no tenemos tiempo para pertenecer, ese tiempo acelerado crea en nosotros entrañas impacientes y ahora más que nunca, en este tiempo de pandemia, necesitamos saborear el aroma del tiempo.

Cada momento histórico requiere su Kairós (su tiempo oportuno), lo importante es saber captarlo. En este tiempo oportuno es necesario hacer coincidir el “tiempo de la vida” y el “tiempo del mundo”, como nos recordaba el Eclesiastés: hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; (…) un tiempo para el silencio y un tiempo para el diálogo. Parece necesario un cambio de actitud frente al propio tiempo, empezar a concienciarnos de cómo lo podemos afrontar y cuáles son nuestras consecuencias frente a la actitud de la realidad temporal. Pero también, dejarse habitar por esa realidad que nos trasforma, por esa sinfonía callada, que fluye como manantial sereno desde el silencio.

El verdadero silencio nos sitúa más allá de las palabras y recupera el sentido del tiempo como pasado y futuro. Es en el silencio donde toma forma toda palabra, es el tiempo donde el individuo se define, se interroga sin decir nada, nos sitúa y nos descubre el lugar donde nos encontramos, sin análisis ni cálculos mentales. En el hondón del silencio el individuo se abre al tiempo y a la transcendencia. Parece urgente recuperar el sentido del tiempo y el sentido del silencio en nuestra cultura posmoderna.

El kairós bíblico, no es una medida cronológica sino el momento de la decisión existencial, un momento salvífico en el que Dios nos recrea y nos hace partícipes de su vida, un tiempo de gracia. Esos tiempos privilegiados que vivió el pueblo de Israel, culminan en un tiempo único, un kairós. Es el tiempo de la intervención definitiva de Dios en la historia de los hombres, que comienza con la venida de Jesús y llena de contenido nuevo a los diferentes tiempos. Es el tiempo de gracia esperado por los profetas del Antiguo Testamento, un tiempo que en la muerte y resurrección de Jesús tiene su culminación y tiende hacia la manifestación de Dios en todas las cosas.

El Adviento es un kairós, un tiempo de espera y de esperanza que ayuda a entender el tiempo como una ocasión propicia para la salvación. Dios nos alarga su mano y nos invita a la esperanza, nos asegura que él está con nosotros. Dios con nosotros, peregrinando hacia delante, hacia esos tiempos definitivos donde no habrá ni lágrimas ni dolor y la felicidad será plena. En este tiempo propicio, el cristiano espera lo que ya tiene en su mano, los rudimentos de su propia gloria invisible pero real, ya que con Cristo morimos y resucitamos. El poderoso dinamismo de esa esperanza es una realidad que poseemos y palpamos, que misteriosamente ilumina la fe y reaviva de forma profunda el amor.

En el trascurso de los siglos se ha ido cincelando una liturgia de la espera en la esperanza, que ayuda para la preparación de la Navidad. Intenta poner al creyente en contacto con su realidad interior y espiritual, en una situación vital de esperanza, viviendo la Encarnación como un hoy y, esperando la definitiva liberación. Así la liturgia divide el tiempo de Adviento en dos partes: una, hasta el 16 de diciembre y otra, del 17 al 24 de diciembre. La primera, quiere mirar más allá de la navidad, al final de los tiempos y la definitiva manifestación de Dios. La segunda, llamada “semana santa de la Navidad”, quiere centrarse en la celebración festiva de la Navidad.

La esperanza, no sólo tiene una dimensión temporal y futura, es una esperanza hacia el otro y al Otro. No se trata de refugiarse en el culto para arreglarlo todo, lo que importa es la justicia para el prójimo. Adviento es apertura y desvelamiento de Dios y, apertura al hermano y, sobre todo, a los que más sufren o han sufrido. La esperanza tiene un poder renovador de la vida y transformadora del mundo. Desde aquí, se pone en marcha el dinamismo de la esperanza que es fe y caridad. Es un tiempo, dejarse para dejarse habitar por esa realidad que nos trasforma, por esa sinfonía callada que fluye como manantial sereno desde el amor.

Con los ojos del corazón es necesario mirar con ternura las heridas del mundo y de tantos hombres y mujeres que sufren, más en este tiempo de pandemia. Abajarnos con Dios hacia los más necesitados, creando espacios de paz, justicia y projimidad. Porque la solidaridad no se trata de dar pan al que no tiene, sino ser parte de la situación, acoger y compartir lo que Dios nos ha dado. El Adviento es un tiempo propicio para una vivencia comprometida del amor desplegando la solidaridad e irradiando con nuestras manos y nuestro corazón, el rostro bondadoso de Dios.