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Jueves, 28 de enero de 2021

El segundo viaje y III. El ombligo del cielo

Todos  los pueblos tienen sus mitos fundacionales, algunos más originales y otros más mezclados.

En la selva se aprende mucho, por mi parte tuve que impartir catequesis de bautismo allá por noviembre,  que allí era primavera, y entonces me empecé a preguntar en qué creían estos jóvenes y niños que iban a bautizarse.

Una tarde en la sala de estudio, mientras acompañaba las tareas, me puse a leer un libro en el que descubrí cosas muy interesantes:  Hubo una edad de oro del mundo, donde los machiguengas  (o sea los ancestros de mis catecúmenos),  eran los auténticos hijos de Dios, y su lengua era la lengua universal en un mundo de dulce fraternidad entre espíritus del cielo y habitantes de la selva. Además el cielo Inkite estaba muy cerca de la tierra y se oían los cantos y diversiones de los espíritus buenos, desde las copas de los árboles se tocaba la felicidad perpetua. Entre medias estaba el ombligo del cielo Omoguito Inkite, un cordón umbilical que unía el cielo y la tierra perefectamente amarrado y con peldaños, así los machiguengas subían y bajaban con desenvoltura a pasar sus ratos allá arriba, también los espíritus buenos bajaban a confraternizar con los humanos. Un buen día un borrachín dió al traste con tanta felicidad,  pues ni siquiera en el cielo era capaz de comportarse con moderación,  por lo que los espíritus enojados decidieron alejarse de los hombres.

Ascendieron más allá y más lejos, sólo unos pocos afortunados alcanzaron a evadirse con ellos,  hasta que los moradores de arriba cortaron el cordón y la tierra se fue hundidendo en un abismo de penurias y misera. Aunque surgió otra tierra que es la que ahora habitamos, ésta había que trabajarla. Entretanto el malvado borrachín se estampó contra el suelo y se convirtió en puercoespín..., desde entonces merodea por la selva.  Ahí  acabó la edad de oro y empezaron todos los males:  la enfermedad, las tormentas , el aire infectado de de zancudos, piojos y mosquitos que quitan el sueño y la salud,  hormigas gigantes, zarzas, espinas, chacras llenas de maleza...

Cuando pasas cierto tiempo en aquellos parajes estas historias dan que pensar, porque el entorno de la selva inspira cuando menos respeto y muchas veces temor.  Después de algunos meses, uno se va acostumbrando. Pero en el ir y venir por los senderos, las crecidas de los ríos y las lluvias torrenciales, la inquietud no te abandona del todo.

La simplicidad del relato nos recuerda nuestra historia sagrada,  el paraíso, la escalera de Jacob, el diluvio, etc. Uno se da cuenta que en esto de la inculturación o la hermeneútica de la infelicidad, y del ¿qué he hecho yo para merecer esto?,  estamos mucho más cerca unos de otros de lo que tendemos a pensar. El covid nos ha invadido, el miedo nos acosa, y la nostalgia sombría de tiempos mejores  que ya no volverán no nos abandona.

De verdad ¿hubo tiempos mejores? Quizá los belenes de hariana y musgo de la infancia.

Ahora se acerca la navidad entre nosotros, la memoria quiere volver a las fuentes, los relatos de antaño parece que no tienen mucho sentido. Pues todo lo que añoramos  es tan banal  como un  paseo por el centro comercial, o unos vinos por la plaza. Estamos muy lejos de alguna narración que nos ate al ombligo del cielo. Porque navidad no significa más que compras, luces artificiales, (para algunos, pues aquí al lado, en Madrid,  La Cañada Real lleva dos meses sin luz, y nadie parece hacerse cargo),  regalos innecesarios en los que aflora nuestra ansiedad compulsiva,  cifras ocultas de anorexia, bulimia y otros trastornos alimentarios entre los adolescentes sometidos al estrés del confinamiento,  mientras nos apuramos por la cantidad de comensales que se pueden sentar a una mesa.   El deseo obsesivo de abrir esta puerta que ya empezamos a vivir como cárcel, las ganas de bares y fiestas, propiciadas por el afán del consumo, bajo el disfraz de estar con los nuestros, de reactivar la economía, etc.

Realmente sufrimos tanto, y muchas veces tan tontamente, otras con histrionismo y lágrimas, como el borrachín del cuento. Éste sigue transitando  hoy por la selva, - pero no en forma de puercoespín, sino de mercader de alcohol y droga, de empresario del oro y el caucho,  entrometido rastrero, devastador del bosque y los rios-,   pervirtiendo y ensuciando el espíritu de los que estaban amarrados al ombligo del cielo. Allí, como aquí, el cielo  hoy vuelve a estar muy lejos, porque la codicia  ha expulsado de nuestro mundo a los espíritus buenos.  La tierra sin mal, como la llaman  los guaraníes,  habitantes de otra selva en Paraguay, está muy sucia.