6 y 8 de diciembre: ¡mucho que celebrar!

Espero que, por muchos años más, podamos seguir celebrando como festivos nacionales estas dos fechas decembrinas del 6 y el 8, la Constitución Española y la Inmaculada Concepción de María. Una minoría batalladora y fanática, ¡son muy anticuados!, como lo son el nacionalismo o el comunismo, anhelaría suprimirlas. Mientras se desgastan ellos, o aún mejor, repiensan sus obsesiones, y se reconstruye la mayoría constitucional y respetuosa con las tradiciones culturales que han vertebrado España, desde una posición ideológica u otra, desde la fe o la increencia, sigamos festejando dos días grandes por razones diversas.

El 6 de diciembre hay que celebrar la conservación de la soberanía nacional, que reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado (art. 1 CE). Esta afirmación tan elemental grabada en la fachada de nuestra norma legal de convivencia ciertamente se da por supuesta… ¡pero peligra! La grandeza de la Constitución Española, la de una democracia que no precisa ser democratizada, y menos por alguien como Otegui (lo lleva diciendo años este terrorista al que ahora han dado vara alta), es que se puede modificar: de la ley a la ley. Para ello, el referéndum de 1978 no es definitivo. Las Cortes Españolas, si así lo decide el soberano pueblo español, pueden disolverse y dar lugar a unas nuevas cortes constituyentes como las elegidas en 1977. Basta con que en las elecciones generales, las que dan lugar a nuevas cámaras legislativas cada cuatro años, los ciudadanos otorguemos cualificadas mayorías a partidos políticos que propongan en sus programas reformas constitucionales. La actitud de reforma siempre es positiva. Reforma… si no deforma, escribí justo hace cinco años, cuando no sostenían el gobierno fuerzas políticas que no proponen reforma, sino ruptura.

Apuestan, y lo hacen fuerte, por la mayor ruptura posible: hurtarle al pueblo español la soberanía nacional. Esto, concretado en el derecho de autodeterminación de los territorios (¿comunidades autónomas?, ¿provincias?, ¿comarcas?, ¿islas?, ¿municipios?), es lo que llevaron en sus programas electorales tanto los partidos independentistas de Cataluña, País Vasco y Galicia como la entente Podemos-Izquierda Unida, esa parte minoritaria de la izquierda española que se siente más cercana a la derecha partidaria de la autodeterminación que a cualquier fuerza política defensora de la Constitución.  Pero hoy, todos ellos, son quienes sostienen a un presidente de gobierno de un partido constitucionalista, el PSOE, que tendrá que valorar si esto es un equilibrio estable para España o si, por el contrario, sería de más ayuda un gobierno respaldado por españoles de todos los territorios, de izquierda, de derecha y de centro, que vemos en la Constitución una herramienta válida, que creemos en su reforma pero no en la ruptura. Estoy seguro de que muchos de sus votantes así lo desean.

El 8 de diciembre, que ya estaba aquí cuando además de votar una Constitución se gestó un puente vacacional, los católicos saludamos con un Ave María Purísima al que la fe, pero también el amor a la tradición, contestará Sin pecado concebida. Junto a la portada de un facsímil de la Carta Magna, con el escudo aprobado posteriormente a su ratificación, traigo como ilustración de esta columna una pinturilla poco conocida. Es la efigie de la Inmaculada que preside el cuadro con marco de concha, pintado sobre cristal, que hace las veces de frontal de altar en la salmantina Capilla de la Vera Cruz. Eclipsada esa dimensión quizá por su carácter de iglesia semanasantera, en la que el bullicio de pasos y procesiones todo lo acapara, la Vera Cruz es también una iglesia inmaculista. La Purísima Concepción es, junto a la Santa Cruz, cotitular de la cofradía más antigua de la ciudad. Cada vez se conoce más, y se reconoce, la magnífica escultura que preside el retablo mayor, encargada a Gregorio Fernández y llegada a Salamanca en 1622. Los atributos marianos salpican, en la serie de medallones, todo el templo, mientras que las escenas de las vidas de Cristo y la Virgen del frontal de altar dejan el protagonismo central, otra vez, a la Inmaculada. Sin renunciar al detallismo propio del barroco, ocho ángeles escoltan la figura de María portando elementos como su corona de reina o la azucena de su pureza, mientras otra corte angélica sujeta la luna que hace de pedestal a esa Mujer vestida de sol del Apocalipsis, cubierta por la sombra del Espíritu, representado en la paloma. Con su túnica blanca y su manto azul, en un grácil gesto, la que trajo al mundo la Salvación se hace presente allí donde se hace memoria de esa venida, en el altar.

Celebrar la Inmaculada cada 8 de diciembre, en este Adviento que para María se prolongó durante cuarenta semanas de vértigo y de silencio, de alegría y de incertidumbre, de camino y de esperanza, que desembocó en puertas cerradas en la posada y abiertas en el establo, nos señala su modelo de entrega y de humildad. Cuando la ensalzamos, sabemos que es Ella quien proclama la grandeza del Señor. Cuando recordamos la larga historia hasta que la Iglesia hizo dogma de la fe en la Inmaculada, descubrimos la devoción del pueblo sencillo que se adelanta en la contemplación de la verdad. Cuando es 8 de diciembre pedimos otra vez, en la Salve, que vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos. Después de este destierro, de su mano, estará Jesús, por cuyos méritos Ella es la Inmaculada. Porque pudo, quiso y lo hizo.