Por los pasillos de diciembre

En diciembre nos entra a todos la prisa. Ya sea por comprar ¿Dónde quedó la demorada época de mi madre amontonando paquetes de Mantequerías Paco para celebrar la navidad de a poquitos? Por regalar, por examinar, por lamentar o celebrar la cantidad ingente de cenas de empresa y de amigos que vamos a suprimir.

Hay meses que son una carrera de obstáculos, hay que presentar el balance del año, el impuesto trimestral, el resultado de las evaluaciones, el debe y el haber de un otoño extraño donde las trapas de los comercios y los bares permanecen cerradas y la gente hace cola para un vaso de café que quema en la mano y calienta en el alma ¿Qué le compramos a la niña que nació el 24 de diciembre como un regalo de Papá Noel? ¿Qué puede sorprender en la mesa a quienes tienen el gusto de verse casi todas las semanas? ¿Qué haremos con los que no están, con los que no recibirán visitas ni siquiera de los políticos en los muelles del refugio a duras penas, mar y lágrimas? Diciembre es un mes para salir a la calle, a las luces de navidad que son una burla mientras la gente hace cola en un viernes negro, cárdeno, triste, no sé ni qué queremos comprar que no tengamos. No sé dónde venderán lo que necesitamos.

-¿Y qué día os dan las vacaciones?

Mi padre y yo intercambiamos la cábala de la lotería, el deseo de la alegría, el número de esa suerte que es seguir riéndonos cada vez que le doy cuatro gritos sin darme cuenta de que no lleva el audífono. A mi padre esto del cierre de los bares le ha sentado muy mal porque él quiere leer la prensa en la barra, que se entera mejor. Y porque pegan la hebra con el chato de vino y arreglan el mundo sin que haga falta insultarse, como estos políticos de tres al cuarto. Para los amigos de mi padre, el COVID no es más que una muestra de lo agresivo, lo absurdo, lo excluyente que se ha vuelto el mundo. Las colas para entrar en el centro de salud, los coches que van a toda velocidad por las calles, las hordas de muchachos amenazadores con su música a todo trapo colonizando la acera. No es un mundo ni para viejos, ni para niños. Pero de vez en cuando, la calle nos regala una escena tan hermosa que mi hija llega feliz de la vida de casa de su abuela.

-En este sitio donde corren los perros había una chica joven con un bebé y un perro. Ella arrojaba una pelota al perro y el bebé, desde la sillita, le tiró el chupete al perro y este se lo trajo en la boca, tan feliz…

-¿Y qué hizo la madre?

-Dar voces.

-¿Y el bebé?

-Meterse el chupete en la boca, claro. Pobre perro, a saber que le contagiaría el niño.

La calle no tiene hálito de nada, vamos todos embozados y ciegos porque se empañan las gafas. Y diciembre parece que huele a impostura, a adornos pobres, a luces que no iluminan, a dinero que no se tiene y reunión que se anula mientras el bar sigue cerrado y si acaso, levanta una puntita la trapa para dar unos cuantos cafés que no pagan ni el alquiler, ni los impuestos.

-Qué tiempo tan raro ¿No?

Es el comienzo de diciembre. Y sí, tiene algo extraño, triste, desolador, frío y desesperanzado. Oye, mejor si no venís este año, que total, no podemos ser más de seis. Y el examen, el día que quieras, total, para qué… ¡Ay mamá, qué divertido el bebé con el chupete y el perro riéndose!

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.