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Martes, 19 de enero de 2021

Ni Dios, ni diablo

La pandemia está atacando a la República Argentina con la misma fuerza que ataca a todos los países del mundo. Los argentinos sufren las mismas restricciones que sufrimos todos los ciudadanos. En medio de esta tragedia, el mismo día en que se cumplían cuatro años de la muerte de su íntimo amigo Fidel Castro, que ya tiene la coincidencia su aquel, murió Diego Armando Maradona. Tal fue la consternación que produjo su muerte que hasta el virus, en un gesto de asombro, se llevó las manos a la cabeza y todavía no las ha bajado.

Mientras que sus no pocas víctimas, al igual que en España, mueren solas en los hospitales y son enterradas lo antes posible sin velatorio y sin apenas familiares, al tal Maradona se le organizó un funeral con los ingredientes propios de un jefe de estado: capilla ardiente en la Casa Rosada y cuarenta y ocho horas de velatorio para que nadie se quedara sin desfilar ante su ataúd para darle el último adiós, y surgieron las colas kilométricas, y las horas de espera, en lugar de restar seguidores, los multiplicaba, y todos querían ser el primero en llegar, y ninguno se resignaba a quedarse sin conseguirlo, y todos lloraban, y todos gritaban… y tal fue el caos que se formó que hubo que suspender el velatorio y la policía se las vio y se las deseó para que pudiera ser enterrado antes de que no consiguieran sacarlo del ataúd para llevárselo a casa de recuerdo.

Ante esta esperpéntica reacción se entiende que el virus no salga de su asombro. El tal Maradona no era el inventor de algo que cambiara la vida de los seres humanos para bien, ni un gobernante honrado, ni un gran escritor, ni un gran cirujano, ni un gran filósofo, ni el científico que hubiera descubierto el remedio para salvarnos a todos de sus estragos, era, simplemente, un futbolista.

 Nadie duda de que hasta en esto de dar patadas a un balón los hay que las dan mejor y los hay que las dan peor, pero al fútbol, más que deporte, suelen llamarlo juego, supongo que porque más que para formar a los ciudadanos, sirve para entretenerlos, para distraerlos en masa, para embobarlos, algo que tiene muchas ventajas para los gobernantes. Quizá por esto, en lugar de llevar su cadáver a un campo de fútbol, que habría sido lo normal, se llevó a la mismísima sede del Gobierno, de algún modo tendrían que agradecerle el inconmensurable favor de llevar tantos años desviando la atención de los argentinos con sus goles para que no se enteraran de los verdaderos problemas que se gestaban en el país.

En estos días, el tal Maradona, protagoniza las páginas de todos los periódicos. Para los que gustan de hacer santos a todos los muertos fue un dios que pasó por la vida haciendo milagros a diestro y siniestro para hacer felices a sus semejantes; para los que gustan de hurgar en la vida privada de los demás fue un diablo cargado de vicios y maldades que no escatimó esfuerzos para conseguir fama y dinero dando patadas a un balón y metiendo la pata  en los asuntos más indignos de un ciudadano de bien. Para mí, que entiendo algo más de comportamientos humanos que de fútbol, ni dios, ni diablo, fue, simplemente, un hombre de origen tan humilde que los ricos lo odian por dejar de ser pobre y los pobres lo veneran porque se hizo rico.