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Domingo, 24 de enero de 2021

Adviento 2020. Dios alfarero

  Comienza el Adviento; de hecho comenzó antes de ayer por la tarde. Y con “El que vino, está viendo y vendrá”, o sea Jesucristo, el Hijo del Padre, que eso significa la palabra “adviento”, comienza un Año Litúrgico. Mi amigo poeta Diego Sabiote le daría otro nombre: “Jesús, el Galileo. El poeta de Dios”, que así es como ha titulado su último libro de poemas, en el que podemos leer:

DIOS CON NOSOTROS

La doncella de Nazaret

dijo sí.

Desde la creación del mundo,

el hecho más portentoso

en favor de la familia humana.

En las entrañas de María,

Dios con nosotros

comenzó su camino de salvación.

(Jesús el Galileo. El poeta de Dios, pg. 45 -en la 44 puede leerse su traducción al hebreo moderno-)

     La Iglesia no sigue el calendario financiero de Wall Street, ni de la Bolsa de Beijing –alias Pekín-, sino uno propio, de modo que este año el Año Litúrgico ha empezado el 28 de Noviembre por la tarde. Como soñaba Isaías (capítulos 63 y 64), Dios ha rasgado el Cielo -¿de qué me suena eso?- y se ha dejado acunar entre pajas, haciéndose hombre, carne de nuestra carne, ADN de nuestro ADN…O mejor, nosotros del suyo. Ciencia y Fe trabajan en sinergia una vez más e Isaías, sin saber cómo empezó la vida en el fango arcilloso de los océanos primitivos, hace ¿3.800 millones de años?, nos emociona haciéndonos ver que el Hijo ha querido ser barro de nuestra arcilla, modeladas ambas, la suya y la nuestra, por el Padre alfarero.

     Me mola mucho más imaginarme a Dios como alfarero que como El Gran Arquitecto del Universo, porque muestra con eso un muy mayor respeto hacia nuestra masa, hacia nuestra materia. Algunas ideologías del siglo XIX y sobre todo del XX, hasta 1989 más o menos, se han esforzado por crear, en este mundo, a sangre y fuego, “el hombre nuevo”. Pero son unas copionas, porque el Hombre Nuevo comenzó a gestarse, apenas una almendrita visible con un microscopio potente, lo más diminutamente humano de lo humano –pero plenamente humano a principio de cuentas-, en las entrañas de María, como ha dicho más arriba el poeta. En su útero.

     Los alfareros de Alba de Tormes imagino que actúan como lo hacía el señor Agapito, el tejero, en mi pueblo: criban la arcilla, le quitan pajas y restos orgánicos, retiran las piedritas. Es lo que nos propone Dios en este Adviento: que preparemos nuestro barro librándolo de impurezas e imperfecciones para que Dios pueda modelar a gusto la imagen de su Hijo en nosotros. Eso, en cristiano, se llama conversión.

     Y tal vez otra de estas semanas, antes de Navidad, tengamos ocasión de reflexionar sobre la dimensión escatológica del Adviento, que no tiene nada que ver con tirar de ninguna cadena ni apretar ningún botón de reservorio acuoso, sino con la Gran Utopía que Dios tiene para nosotros, aquello que el poeta de Dios puso en marcha: el Reinado de Dios. Sorry: los humoristas coprológicos y los taqueros deberían pagar derechos de autor por el mal uso de la palabra escatología, con un significado religioso muy anterior al fisiológico. ¿Usó Galeno, nacido al parecer en septiembre de 129 d. C., en Pérgamo, esta palabra?