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Miércoles, 20 de enero de 2021

Qué mundo helado estamos haciendo

    Lo importante no es que las máquinas les quiten el trabajo a las personas. Aunque les pongan otros trabajos a las personas el problema principal sigue ahí. Que tengamos que tratar con máquinas en todo momento. Que ya no nos sonría una persona, que no escuchemos las inflexiones matizadas de un ser humano y escuchemos las inflexiones neutras de una máquinas. Que todo lo reduzcamos a códigos y tecleos. Que una persona no conteste de manera imprevisible a una pregunta imprevisible. Que no se enfrente el latido al latido, que no se encuentre la vida con la vida.

     Querer reservar la habitación de un hotel y tener que hacerlo en plataformas masivas de reservas, de manera fría y mecánica. Querer declarar a Hacienda y tener que rellenar documentos virtuales  muertos sin una persona viva que te hable. Querer preguntar algo a una empresa y que ningún ser humano dé la cara, que te lancen un panel miserable  de preguntas frecuentes en los que no está tu pregunta. Todo se clasifica y programa y si lo tuyo no está en la clasificación te jodes o te metes en el nicho.

     Dentro de poco irás al restaurante y un robot te dirá: buenos días, cloc, cloc, opción 1, opción 2. Irás a ver a tu novia y te saldrá un robot diciendo: cloc, cloc, Fulanita está ausente, deje dos besos, tres besos, quince caricias.  Irás al médico y una máquina dirá: ponga los síntomas y le daremos en cinco minutos el diagnóstico y las pastillas que tiene que tomar. Iremos a una escuela y un robot de sonrisa helada nos dará unos cuantos gráficos y unos algoritmos para explicar la filosofía de Kant o el estilo de Cervantes.  Pero qué angustia, qué asco.     

Prefiero imaginar otro planeta donde los goliros se ponen líricos con las goliras o los paramecios miran a los ojos matizados de las paramecias.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR