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Martes, 26 de enero de 2021

Mal negocio

El 31 de diciembre de este siniestro y execrable año en el que muchos conciudadanos se han dejado la vida sin apurarla, también va a ser el día que entreguemos hasta la última peseta

Esto sería así si ustedes no lo remedian y regalan 260.000 millones de “pelas” -aproximadamente 1.600 millones de euros al cambio- que aún están por convertir. Después de esa fecha, billetes y monedas pasarán al mundo del coleccionismo.

Una pena, pues con la desaparición de la peseta se van muchos de los mejores recuerdos de nuestra vida. Días veinteañeros en los que salíamos el fin de semana con un “talego” -lenguaje macarrónico para nombrar el billete verde- y aún nos retirábamos a casa con buena parte del famosos billete. ¡Qué tiempos! Para quien no quiera hacer la operación, esas mil pesetas eran seis euros de la actualidad. Estábamos en los primeros setenta.

Además, pasando de soslayo, si volvemos para atrás, la peseta con sus fracciones, la perra chica y la perra gorda, nos acompañaron en la infancia como todo un capital. Eran los cinco y diez céntimos que, junto a su hermano mayor, el realín (25 cts.) o los dos reales (50 cts.), los del agujero en el centro, nos daba para hacer acopio de un arsenal de tebeos, sacis o bolas para jugar (bolindres). Era el final de los cincuenta y la raya de los sesenta.

Ahora, que se va definitivamente tan loable moneda -aunque ya no corría- no nos quedará otro remedio que añorarla. Pero metafóricamente tendrá larga vida, seguiremos recordándola en mil y una circunstancias. Así, trataremos de “pesetero” a ese tacaño que no perdona ni un céntimo, daremos la razón como a los locos con el dicho de “para ti la perra gorda”, seguiremos “mirando la peseta” si queremos llegar a fin de mes, avisaremos que “nadie da duros a peseta”, y, para no seguir hasta el aburrimiento, terminaremos en Cataluña y diremos aquello de “la pela es la pela”.

También había quien se quejaba, y seguirá quejándose en el futuro con la frase “no tengo una p… peseta”. Y aún seguiremos contando anécdotas como la de la pobre Lola Flores, a la que no atendimos cuando solo pedía una pesetilla a cada español para solucionar sus problemillas con Hacienda. ¡Qué malos fuimos!

Pero aquella noble y grande moneda irremediablemente nos la metieron en el euro. Hoy mayor de edad. Y en él estamos sin acabar de entenderlo. Corría el 2002 cuando ocurrió aquella faena, con lo que de golpe nos hizo perder sesenta y seis pesetas “en todo a cien”. O sea, que todo lo que costaba veinte duros (la rubia de cien pesetas) lo comenzamos a pagar a un euro (166 pesetas con 386 céntimos). ¡Vaya negocio!

Fuimos unos incautos, y cuando quisimos reaccionar solo nos quedó el pañuelo para llorar de que con el cambio éramos unos pobres mileuristas, unos ricos venidos a menos que hasta entonces cobrábamos nada más y nada menos que 166.386 pesetas.

Pero peor fue el camino hasta la actualidad, donde los sueldos, sobre todo para los que entraban en el mundo laboral, fueron inversamente proporcionales al coste real de la vida, y al no poder ahorrar “ni un duro”, en la actualidad, con esta pandemia, si no fuera por la solidaridad y los comedores sociales, mucha gente, ayer en la clase media, hoy tendría que pedir de puerta en puerta.

La suerte, que vendrá seguro, es que tenemos un país que sueña y que siempre remonta.