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Domingo, 17 de enero de 2021

"Florines" irá al cielo (sin ninguna duda)

Yo no soy muy de misa, aunque firmo ahora mismo la filosofía de Jesús de Nazaret. El cielo para mí es de donde cae la lluvia, la esencia de las aves y el negocio de Iberia. El escepticismo me gana, he de reconocerlo, en estos temas que requieren tanta cantidad de fe.

 Me limito a auscultar, como todo vulgar ciudadano, quien es buena persona y quien no. Y hace unas  pocas horas no pude decir adiós a un amigo, a una gran persona: Florencio Cuesta López.

 “Florines”, para sus contemporáneos, amigos, conocidos, clientes etc… hizo durante muchos años de “Mi  vaca y yo”, en la calle  Prado, a la vera de la Plaza Mayor, el segundo hogar de muchos de nosotros, amantes de la fiesta de los toros y en no menos casos partícipes, de alguna forma, en ella: periodistas (mi caso), matadores de toros, novilleros, banderilleros, aficionados en general…

 Y había que andar al loro de la hora en que ibas a tomar una cerveza o un vino porque el local era una caja de cerillas y con veinte personas ya andabas levantando la gaita y pegando voces.

 Flores atendió todo aquello durante muchos años con una enorme profesionalidad y entrega, y reunió en torno a su enjuta y breve figura a una clientela fiel, que entretenía la charla observando su museo de fotos taurinas y mil historias.

 Otro tiempo, otras pasiones y el toreo siempre en todo lo alto de su vida, el toreo y el flamenco porque Flores tenía una escondida vena de bailaor, que apenas dejaba entrever por su timidez. Ambos compartíamos con devoción la leyenda rumbera de Bambino.

 Tantos y tantos recuerdos en “Mi vaca y yo”… tiempo muerto, hermoseado con la conversación tranquila saboreando una jeta o un pincho de tortilla.

 “Florines” fue un hombre generoso, que siempre echó una mano a quien  se lo pidió (gente del toro sobre todo) y cuya huella de tipo comprometido con su pasión taurina queda definida en la estatua, que él mismo sufragó económicamente, del valiente diestro portugués José Falcón, afincado en Salamanca, y que fue la primera que se instaló en el condominio de la Plaza de toros.

 La maldita enfermedad que transgrede inmisericorde la memoria, le echó mano pronto. Al cuidado amoroso de su esposa  e hijos quedó Flores mirando al infinito, como una bulería sorda.

 Mientras a mí no me falte, mi memoria tendrá para él mi recuerdo más cariñoso porque su bar y buena parte de su tiempo es también íntima biografía de mi juventud.

 Descansa en paz amigo Flores. Si, como dicen los creyentes, hay cielo, allí hay un sitio para ti. Sin ninguna duda.