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Lunes, 25 de enero de 2021

Psicología del aficionado

“En muchas ocasiones, los públicos suelen olvidarse que los hombres vestidos de luces son seres humanos, y como tales tienen estados de ánimo, desvelos, alteraciones emocionales psíquicas...”

Indudablemente estamos ante una crisis de aficionados: Las nuevas generaciones no han aplicado su interés a la fiesta de los toros juzgándola como una técnica y un arte, sino acudiendo a ella como un espectáculo más. Predomina hoy en el toreo la plástica, la estética y el quietismo etcétera, desdeñándose y menospreciándose valores, que siempre han tenido capital importancia y trascendencia. Influyen en esto varios factores; la casta y fuerza del toro, y la crisis de una crítica exigente, sin olvidar la desaparición de los viejos aficionados, a estos no les han sustituido otros que siguieran sus huellas, en cuanto al rigor y la exigencia de las inmutables reglas que han regido y deben regir en el arte de torear y lidiar toros. Bien están y bienvenidas sean las aportaciones que un torero genial imponga, pero siempre que ellas no tergiversen esas reglas básicas, e inalterables, cuestión esta que para desgracia de la fiesta no ha sido así.

Hay que distinguir, cuando se habla genéricamente de afición, porque no toda es igual. Muchos son, los que acuden a las plazas y asisten con frecuencia a los espectáculos taurinos de feria, pero que sin interesarles gran cosa los antecedentes taurinos de una ganadería, las razones de la evolución del toreo, males de la tauromaquia, las escuelas, la misma historia de las figuras más renombradas  y de prestigio; poco conocen del reglamento, y son vacilantes de criterios. Sin embargo, son los públicos que más gustan a los toreros, y mucho más a las empresas, porque estos contribuyen a la buena entrada, ocupando a mayores las localidades de más alto precio, son aquellos, que en una corrida, no se andan con remilgos a la hora del aplauso y de agitar su pañuelo en demanda de orejas y rabos. Acomodados en sus asientos, otean si han venido sus amigos y conocidos, saludándoles con efusivo y exagerado entusiasmo


En muchas ocasiones, los públicos suelen olvidarse que los hombres vestidos de luces son seres humanos, y como tales tienen estados de ánimo, desvelos, alteraciones emocionales psíquicas, así como también desajustes orgánico corporales, que muy bien pueden afectar a que la tarde en curso, pueda producirse el triunfo, la ausencia, o el fracaso más rotundo.

Pero esto a la masa, tales minucias les importa un pimiento -. Estos van un día a los toros, y quieren romperse las manos aplaudiendo, loquitos por agitar sus pañuelos, como demostración de que, se han divertido, y han pedido orejas y todo, vengan o no a cuento.

Un aficionado curtido, al contrario de lo anterior, observa, ya desde el paseíllo, y cuando llegan las cuadrillas con sus matadores al frente, averigua por sus semblantes, gestos y saludos, los respectivos estados de ánimo, y las consiguientes posibilidades de lucimiento o fracaso. Es conocedor, que dentro del traje de torear; hay un hombre, alguno de los que forman el cartel puede parecerle aislado, sin ofrecer su rostro signo de amabilidad alguna. Otro se le antoja preocupado por su responsabilidad, debut en la plaza, o salida de un percance, y otro puede que se manifieste alegre y risueño saludando a cuantos conocidos descubre en la barrera o el tendido.

El buen aficionado, ha efectuado tal observación psicológica y la retiene, aún a riesgo de equivocarse. Esto le va a mantener expectante, atento, es una apuesta en su interior, entre su sabiduría y el gozo de errar en su primitivo análisis. Todo dura cinco minutos. Es ese prologo rápido, cuando los últimos compases del pasodoble exprimen su zumo metálico, y un pañuelo blanco, con el ruedo vacío desata los timbales y el clarín. Ahora en el centro de la diana, todos los detalles cuentan.