Advertisement
Martes, 19 de enero de 2021

Sus versos incendian mis sueños

Yo aprendí a escribir leyendo. Por entonces no existía María Ángeles Pérez López, yo tenía mucha prisa en el sobrao con la inequidad tenue de las bombillitas que apenas aguataban la escasa vida de la luz de mis siete años y la roedora posguerra que atacó con el hambre a vencedores y vencidos. Bebí directamente de la fragua de Cervantes, Quevedo, Benavente, y hasta de Echegaray y Ortega y Frías, y no de la malquerida adaptación que en los años 70 hacían las editoriales para los niños de cole y mochila. Me libré de esa homeopatía literaria, válgame dios lo que da de sí el hambre. Mis hijos tuvieron menos suerte, aunque luego en casa se reformaron y volvieron al buen camino: a los originales.

Si hubiese existido entonces María Ángeles Pérez López yo habría aprendido antes, habría aprendió más, y sobre todo habría aprendido mejor. Habría aprendido que si sumo a la pureza de los clásicos el laboreo tan exactamente deslenguado de esta poeta de poetas, que propone una formulación de la estética y una genética del compromiso irrenunciables, yo habría tenido menos interrogaciones porque en ella están muchas de las respuestas.

Pero a veces las galaxias se equivocan, nada es exacto en las huellas, y hay muchos amaneceres a destiempo. María Ángeles Pérez López llegó con los emisarios  nuevos, cuando se pueden cambiar las islas de sitio y da mucho gusto poder descasarte de todas las expresiones artísticas. Como la atemporalidad va con ella, caminas por sus versos, por sus libros, por su palabra, como quien transita del bienestar a la euforia. Y también al revés vale. De ahí a la felicidad, hay un solo paso.

Aborrezco los equilibrios sentimentales, el corazón vive del caos. Pero dentro de la geometría de sus relucientes construcciones literarias hay un silbo que ni ella como autora ni yo como lector perdemos de vista: el del cariño familiar, esa casa encendida, y el área chica del jardín donde se deciden las patatas meneás y los partidos.

Hay un sitio para mí en esa emboscada íntima del amor celular. Y desde esa lanzadera salmantina, parte a nuevos mundos  María Ángeles Pérez López, bien nutrida de silencios obligados ante la conversación que no cesa entre Miguel y yo. Aclaro que no robamos aire al viento y que no nos quitamos la palabra. Y que, vencida la tarde, cuando Miguel me devuelve a mi casa que está a media hora, aprovechamos un poquito más y si llega dos horas tarde, ella ya sabe que hemos hecho el camino más largo para un parlao en Portugal. O casi.

Aparte de esto, momentos íntimos y  minerales: varios. Cuando Alejandro Sierra, director de Editorial Trotta, le propuso a Ernesto Cardenal - tres veces Premio Nobel aunque el Vaticano se negase-  agavillar en un solo libro todas sus obras, el cura poeta nicaragüense sólo puso una condición: que la responsable de esas 1.700 páginas fuese la española María Ángeles Pérez López. Y en esa noche tan hermosa y madrileña estuvimos mientras Cardenal nos hablaba desde el otro lado del mar  al cumplir 95 años debajo de su boina. Qué corazón metálico el del bochornoso Wojtyla obligando a arrodillarse a Cardenal delante del dios que era él. ¿Qué queda de los dos? De Wojtyla, su feroz odio al comunismo hizo la sementera para que su país cayese en manos fascistas. Cardenal nos dejó mucho, pero sobre todo  el latir de un corazón por el que amamos aún más a Marilyn Monroe y  a la gente.

También otoño se pareció a sí mismo cuando María Ángeles Pérez López llegó a Madrid con su libro “Interferencias” de la mano de Elena Medel, la editora de La Bella Varsovia. Otra noche hermosa.

Los días, los viajes, los mares, los idiomas,  los libros se suceden en ese ajetreo de plenilunios sin portones. Y aún así, la poeta más caudal de habla hispana, donde la armonía del poema no impide nunca la lascivia de la palabra, miembro de la Academia Norteamericana, traducida al gallego, portugués, inglés, francés, italiano, neerlandés, rumano, húngaro, armenio, árabe, chino, y polaco, le exigió a junio parar un momento en Santa Inés, un pueblo del que ella ya conocía la paz de mi casa y la ausencia de los crisantemos de mi madre. Lástima, para entonces el pueblo ya había perdido el apetito. Pero queda su gesto de ferocidad universal, como una peladilla reservada para los más amados.

Ahora acaba de salir a la luz “Catorce vidas y una más” (Poesía reunida 1995-2012). Qué goloseo. Ella misma se pregunta cuántas vidas caben en una. Pues sólo sé que siguiendo con el hilo de su propio acento ella se deja querer por las palabras. Porque su poesía es carnal, vegetal, desmenuzadora de detalles, pero toda pasada por el cedazo de una implacable sensibilidad. Estás cabalgando sus atmósferas con zumbido de hermanas montañas y todavía te sorprende con un giro expresivo como una travesura tan bella que ni siquiera sospechaste.

En manos de María Ángeles Pérez López el idioma se estruja porque sabe que no hay una sola alfarera que iguale el secreto de sus posibilidades. Todos los significados de las palabras aparecen a su debido tiempo. Y ni uno solo queda en el desuso imperdonable. Y cada libro y cada poema y cada verso son felices porque estaban atolondrados en los diccionarios y de repente llega una poeta al rescate y ya se sienten capaces de desgarrar ese espacio injustamente congelado.

Lo mejor de María Ángeles Pérez López es todo. Pero si llega la osadía de señalar un trozo de piel de su semblante poético, digamos que nadie hasta ahora puso a caminar tanta riqueza de un vocabulario abundante como el ajuar de una novia millonaria y antigua. Si os acercáis a ella, a su docena de poemarios y sus numerosas antologías, hacedlo sin que os tiemble la mirada: el lujo de su fertilidad no tiene nada que ver con el barroquismo barato.

Porque se puede ser cálida, apasionada, imaginativa, incluso telúrica, sin perder una sola molécula de pureza. Así las palabras son y están. Y son y están justamente todas las necesarias, las que forman su poderoso mundo poético que se traslada enseguida al nuestro para quedarse a hacernos más jubilosos. Ella saca sus garras para defender al leguaje de la anemia que le acecha.

No me atrevo a decir que la poesía de María Ángeles Pérez López roce el panteísmo de la lírica sino es para enseguida precisar que su compromiso con la naturaleza es el mismo que el que empuja a su condición humana hacia la solidaridad con la gente, sin dimensión temporal o geográfica.

Tal vez por eso, si miramos alrededor, vemos que todos los materiales posibles de la vida están en su poesía nombrados por la exactitud heroica de su nombre. Y después del pasmo con que escribo la admiración por la poeta y su obra, me parece una frivolidad añadir que la estructura y la técnica donde respiran sus versos son la perfección lúcida, morada para los monólogos viejos y diarios de mis sueños.

María Ángeles Pérez López, todas las ventanas a todos los mundos, desde cualquier universo, incluido el Tormes infinito y compañero.