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Martes, 19 de enero de 2021

El poeta de Dios

Las palabras de los poemas de Diego Sabiote son “silenciosas”, pues vienen inspiradas por una forma de contemplación que capta toda su envergadura.

ALFONSO LÓPEZ QUINTAS

 

La poesía de Diego Sabiote llega al papel dotada de una luminosidad determinante.

CARLOS MURCIANO

Se acaba de publicar el último poemario de Diego Sabiote: Jesús El Galileo (El poeta de Dios) en la Editorial Granada Costa. El poeta y filósofo, despliega en esta obra un salterio que recoge una profunda alabanza al misterio del profeta de Nazaret, Amén y Don del Padre, Palabra y parábola de Dios. Un salterio, según palabras de Olegario González de Cardedal, en el que se oyen cantos de alabanza, gritos de júbilo, himnos de adoración, cánticos de agradecimiento, plegarias de esperanza, promesas de fidelidad.

En las canteras de Macael, donde comienza a trabajar con apenas diez años en la dureza de la piedra, Diego Sabiote se forjó como trazador de versos y silencio, depurados en la nueva piedra del saber filosófico y teológico en la ciudad salmantina, austero patio donde se susurra la voz de los recuerdos. El canto del poeta se fue depurando en el mar azul mediterráneo mirando al oriente, entre Atenas y Jerusalén, esas dos ciudades de nuestro existenciario humano, buscando en la palabra manantiales curativos para adentrarse en las profundidades del corazón, allí donde habita el Silencio.

El poemario está Inspirado en el prólogo del evangelista Juan, donde Dios ha comunicado al mundo su más hermosa Palabra, una palabra encarnada, una palabra llena de amor y misericordia. Jesús es la Palabra de Dios hecha carne. Dios no ha permanecido callado, encerrado en su misterio. Se nos ha querido comunicar. Dios se nos ha revelado en la vida y muerte de Jesús, de ahí que el poeta siga este mismo itinerario, desvelar el amor y la verdad que se encierran en el nazareno, poeta de Dios.

Es un libro de poesía, pero puede ser un precioso libro de oración, aprendiendo a caminar en el horizonte de Dios, expresando con profundidad y amplitud de miras ese camino espiritual del hombre, con sus dificultades y sus esperanzas, con sus sufrimientos y contradicciones, ayudando a desprendernos de nuestro individualismo, llevándonos a ser sencillamente más humanos.

En “El poeta de Dios”, el silencio no se opone a la Palabra, se hace eco de ella, encarnada en Jesús de Nazaret, Palabra eterna del Padre. Si del Silencio viene la Palabra, esta se recoge en el Silencio. La verdadera poesía espiritual no se reduce a nombrar a Dios, sino canta la esperanza y el amor divino en forma de plegaria, desde la hondura del silencio. El ser humano está ahí solo, pero solo con Dios. Si Dios habla con el ser humano en el silencio, este descubre igualmente en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios.

 

Casi una oración.

Espejos de sombras

en el seno de la noche.

Recogidos, en silencio.

los árboles esperan

el amanecer.

 

Diego Sabiote camina por los senderos del silencio acompañando al “Poeta de Dios” en su peregrinar a Jerusalén, allí a la ciudad donde Dios ha dejado su huella, y donde se producirá el mayor gesto de amor, su entrega en la cruz. Desvelando a Dios desde el hontanar de la palabra desnuda, desde la humildad de la poesía, rozando con los dedos de los versos lo invisible de esa Presencia y materializando el amor. No va buscando abstracciones, va constatando lo transcendente en la vida cotidiana. Es una poesía encarnada, auténtica, luminosa, el poeta habla desde el corazón, desde su lámpara encendida de la fe, desde lo inolvidable de la existencia, desde esa presencia que obra en el tiempo y que se actualiza en nosotros como un desgarro, como grito o hendidura del corazón.

 

Desgarro y llanto.

El grito en el desierto.

Agoniza un niño.

Alepo.

 

La mirada del poeta comienza por “abrir los ojos”, germina en un corazón educado en la misericordia y se hace realidad en abajarse a socorrer al herido. El poeta es un buscador de la verdad, navegando en sus palabras con el sufrimiento, implicando a la ética, para hacer la realidad más habitable. Diego Sabiote, comienza a escribir su libro de poemas cuando se están produciendo los horrores de los bombardeos de Alepo en 2016, en los que mueren numerosos niños. En su poemario denuncia los crímenes de guerra, las sombras de la muerte y grita el dolor y la injusticia, llevando el sufrimiento de los inocentes a la cruz de Jesús.

 

Tan lejos de tu cruz,

Señor, cómo cantar

al Dios de mis amores:

cómo orar cantando

en tierra extraña.

 

Silencio, y con las puertas cerradas,

en este tiempo de tinieblas

y zozobra

de este tiempo nuestro,

hasta que regrese Dios

de su cautiverio

 

 

En su poesía también se hace cargo de la indiferencia a los refugiados de nuestro mundo opulento, exiliados no solo de su patria, sino de su persona, despojados de sí mismos en una inhumanidad sonrojante y reflejada en el cuerpo tendido del pequeño Aylan Kurdi en una playa de Turquía. Sus palabras desvelan ese sufrimiento de esos hijos de ninguna tierra que viven cada día el vacío de nuestro corazón de piedra, que les duele la soledad, la lejanía y la injusticia. Despliega en su poesía la pasión por el hombre concreto, centro de la misericordia, manteniendo vivo el recuerdo de las víctimas, luchando contra el olvido.

 

Aylán, Aylán,

en este día lúgrubre,

sólo tu nombre,

sólo tu nombre,

encharcado en lágrimas,

sólo tu nombre

cabe en este poema,

sólo tu nombre:

 

Aylán Kurdi.

 

Diego Sabiote, hunde sus versos en la profunda tierra, en el prójimo, en el dolor humano. Se entiende mejor a Dios desde la finitud, desde la oscuridad de la muerte que comparte con el ser humano. Presentar a Dios desde la cruz, en su abajamiento, en su kenosis, nos desvela a ese Dios velado. Para llegar a Dios hay que bajar al humus de la tierra, al fondo de sí mismo en un camino de amor, misericordia, humildad y mansedumbre, es el camino de Jesús.

El poemario concluye con un canto a la esperanza, habita sus poemas de razones para la esperanza, porque si el dolor es parte de la vida, también lo es la esperanza. La esperanza del poeta hunde sus raíces en la fe y, justamente por eso, es capaz de ir más allá de toda esperanza. En estos tiempos de penumbra, la poesía de Sabiote alumbra a todos los que viven en el abismo, porque su esperanza busca justicia, apunta a un mundo más justo y humano, donde la paz y la solidaridad sean algo tan cotidiano como la palabra. Una esperanza que no es una utopía más, tal vez mejor construida y más resistente, ni una reacción desesperada frente a las crisis e incertidumbres del momento, sino que se arraiga en Jesucristo, crucificado por los hombres, pero resucitado por Dios.

 

Bienaventurados los que saltan

sobre la noche cerrada

y vencen el desaliento;

ellos, con la alborada,

acarician y ganan

la luz del nuevo día.