Escribir y hablar sobre grandes artistas

La semana pasada me hicieron una entrevista en RADIO CLÁSICA para el programa “La Hora Azul”, que se emite todos los viernes de 15h a 16h, en la que en una hora tuve que resumir las vidas y obras de los más de veinte artistas ( compositores, sobre todo y escritores) a los que he biografiado en estos últimos años. Fue una curiosa experiencia, pues solo cuando uno tiene que ir a lo esencial de las vidas de personajes que admiramos e idealizamos sin poder evitarlo, nos sale lo esencial de sus existencias y, en algún momento, se nos ocurre también compararlas con nuestras propias vidas de ciudadanos normales y corrientes, de este siglo tan distinto en muchos aspectos a los siglos pasados.

Lo primero que asombrará al lector no especializado, pero admirador de las grandes obras artísticas y de sus realizadores, es una realidad que produce un cierto escalofrío: Si acordamos que las guerras, las grandes epidemias y las catástrofes naturales son los fenómenos colectivos que se producen al margen completo de la voluntad de los individuos y que generan más dolores, más pérdidas, tanto emocionales, de seres queridos, como pérdidas materiales, la muestra de los grandes creadores a los que he investigado revela que TODOS PADECIERON EN ALGÚN MOMENTO DE SUS VIDAS alguna de estas vicisitudes: alguna guerra, alguna epidemia de fatales consecuencias, alguna catástrofe climatológica. Hablo de grandes creadores del siglo XVI y sobre todo del siglo XVIII y principios del XIX, todos europeos, la casi totalidad pertenecientes a lo que hoy llamamos clases medias.

Cuando nos lamentamos sobre la “mala suerte” de padecer una seria epidemia  como la que ahora estamos padeciendo, involuntariamente nos sentimos “tocados” por la crueldad del destino: pero si descubrimos que nuestro adorado Miguel de Cervantes, nuestro ídolo Wolfgang Amadeus Mozart, nuestro madrileño Luigi Boccherini, nuestro gran Beethoven, o Joseph Haydn, J. C. Arriaga o A. Chejov, etc., etc., todos sufrieron durante sus vidas directamente las consecuencias de una guerra o de una epidemia, o la pobreza en la infancia, o alguna pérdida primordial en los primeros años de la madre o del padre, entonces nuestra queja existencial “pierde fuelle”.

Vistas estas vidas desde otra perspectiva, podemos afirmar que ninguno de los grandes creadores cuya vida he investigado a fondo, puede considerarse que fue una “persona de éxito”, tal como comprendemos ahora este concepto; algunos,  los que fueron muy aplaudidos, ( por ejemplo Mozart, Haydn y Beethoven) no llegaron nunca a tener la suficiente holgura económica para ser calificados de “ricos”: la mayor parte de su vida la pasaron con estrecheces. Ni siquiera Cervantes, después de haber publicado el Quijote y con él y sus Novelas Ejemplares, una cierta fama, pudo desprenderse de la pobreza ni de la preocupación por el dinero necesario para la casa o la ropa imprescindible.

Si ponemos la atención en enfermedades graves (como el caso de la ceguera de nuestro Antonio de Cabezón o la tuberculosis en la corta vida de Arriaga o de Chopin o la viruela en Mozart niño) o problemas familiares decisivos, ( como Boccherini, Beethoven o Chejov) menos aún; prácticamente ninguno se salva de haberlos padecido.

En resumen, podemos concluir que ninguno de los grandes artistas ha sido (salvo alguna rara excepción) sujetos mimados por la vida. El mayor placer, a veces el único placer, ha sido el de su excepcional creatividad. Pero en todos los casos, en la balanza de su vida, sus sufrimientos han equilibrado la placentera creatividad.

Ni siquiera en las últimas etapas de su vida, nuestro glorioso Cervantes pudo sentirse libre de sufrimientos, como los que su única hija le produjo hasta los últimos días.

Sin embargo todos nos dan una lección sabia, de respeto a sí mismos y a la vida: trabajaron en sus obras hasta los últimos días de su existencia.