Miércoles, 25 de noviembre de 2020

La ley del corazón

Francisco Brines, Premio Cervantes 2020 | EP

Uno de los poemas más hermosos de su autor se encuentra en el arranque de ‘Palabras a la oscuridad’ que –tras ‘Las brasas’ (1960) y la plaquete ‘El santo inocente’ (1965)– es, en realidad, su segundo poemario, de 1966. Se titula el poema “La vieja ley”. Su arranque es sobrecogedor e intenso, porque, expresado de un modo meditativo, es una razón de amor, que, querámoslo o no, es nuestra gran verdad:

            “Ama la tierra el hombre / con gran fuerza, / por una ciega ley del corazón. / Todos los hombres saben / que un día han de llorar / de amor por ella. / La ley del corazón es la ley mía, / y en cada tarde sola / miro la luz caer / en los pozos sombríos de los huertos.” Etc.

            Francisco Brines, que ya ha cumplido 88 años, es uno de nuestros más decisivos poetas vivos; uno de los poetas más altos de la segunda mitad del siglo XX en nuestro idioma; uno de los poetas mediterráneos más emblemáticos, desde la antigüedad hasta hoy mismo.

            Es dueño de una palabra encendida, luminosa, vibrante, íntima, intensa, que mira hacia el interior y hacia el mundo natural, hacia ese ‘mare nostrum’ junto al que nació, hacia esa naturaleza levantina plena.

            Hay, en toda la poesía de Francisco Brines una celebración, una aspiración a la plenitud del cuerpo, que ha de estar marcado siempre por una razón de amor, por esa ley del corazón de la que nos alejan las convenciones y los códigos anquilosados. Pero, al tiempo, hay una suerte de vinculación, de comunión con ese cosmos natural, con esa tierra de la que él habla en los versos que arriba citábamos.

            Pero, al tiempo, la palabra de Brines, debido a ese dualismo que la marca, es, al tiempo, una elegía, un percibir cómo nos derrota el tiempo, cómo hay en todos nosotros un declive que apaga ese fuego, esas brasas con las que el poeta iniciaba su trayectoria poética. De ahí que haya titulado, significativamente, la reunión de toda su obra poética con el título de ‘Ensayo de una despedida’ y que su último poemario publicado se titule ‘La última costa’. Por el medio se encuentra ‘Aún no’, de título tan significativo.

            Brasas / cenizas, presencia / despedida, amor / dolor…, podríamos trazar toda una hilera de dualismos que marcan el decir poético de Francisco Brines. Dualismos que ya estaban en Luis Cernuda, que contraponía deseo frente a realidad.

            Y no es casual la alusión al poeta sevillano. El discurso de Francisco Brines de entrada en la Real Academia Española, leído el 21 de mayo de 2006 y contestado por Francisco Nieva, se titula significativamente ‘Unidad y cercanía personal en la poesía de Luis Cernuda’. En él indica certeramente que a Cernuda (léase al poeta) “siempre le importó desvelar en el poema la verdad del hombre que él era, conocerse a sí mismo en él. Y por ser su verdad, podría ser la de los otros.” Sí, la universalidad de la poesía.

            Se le acaba de otorgar a Francisco Brines el Premio Cervantes de Literatura. Ya era hora. Se lo merecía más que bastantes otros. Varios de los grandes poetas del 50 o del medio siglo se han ido de este mundo sin obtenerlo, debido a lo cual este premio tendrá para siempre un debe; léase: José Ángel Valente, Claudio Rodríguez o Jaime Gil de Biedma.

            Lo más importante, con todo, es que tenemos ahí, a nuestra disposición, la poesía de Francisco Brines. En unos versos del poema “El extraño habitual”, de ‘Insistencias en Luzbel’ (1977), parece estar cifrado su existir, cuando afirma:

            “La casa, blanca y grande, vacía de su dueño, / permanece. Silban los pájaros; las tapias, un olor. / Quien regresa se duele del destierro de la casa. / Aquí descubrió el mundo; lugar para morir. / Anduvo por ciudades inhóspitas; en ellas aprendió / desasimiento, y aun se extrañó a sí mismo. / Reflexiona: ¿hube amado a la vida? / Creyó amar el instante, y sólo amó su carne / solitaria, o acaso amó la carne que le amó.”

            Porque la razón de amor, la ley del corazón es, al final, la razón, la ley por la que todos estamos marcados.