Martes, 24 de noviembre de 2020

Buena y mala educación

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Digan lo que digan, los caciques y ultramontanos españoles se arrogan la potestad, por tradición y por casta, de seguir siendo los dueños y señores de nuestro país. Y para ello no les duelen prendas presionar a políticos y funcionarios, banqueros y constructores e interferir en las leyes educativas. Todo ello con el único fin de mantener unos privilegios ancestrales más propios de una Monarquía Absoluta del S. XVI, que de un Estado Social y Democrático de Derecho.

 

            Esta es la ideología que defiende Vox y de la que comulgan PP y Ciudadanos en el momento de oponerse frontalmente a la denominada “Ley Celaá”, que dicho sea de paso, aunque sea la octava ley educativa de nuestro reciente Estado Constitucional, no es una ley de consenso, la ley educativa que “debe ser”, es sólo una ley de transición que elimine los rigores reaccionarios de la “Ley Wert” hacia la que deberá ser la auténtica ley educativa de un Estado Social y Democrático de Derecho. Una ley que impulse una educación, como decía en la película “la lengua de las mariposas” el viejo maestro Don Gregorio, en la que “la libertad estimule el espíritu”; una educación pública, objetiva, laica, mixta, inspirada en la solidaridad humana.  

 

Y, para colmo del despropósito, estos parlamentarios de la derecha más rancia, comenzaron a porrear los escaños mientras intervenía una diputada socialista en el debate, a la vez que gritaban: “libertad, libertad”. Y lo hacían después de haber intervenido los portavoces de cada grupo político en el Congreso, después de que el diputado de Vox acusara a la reforma educativa que se estaba aprobando de “impulsar esa falsa y progre ideología de género en las escuelas”, algo que fue apoyado con el “aporreamiento” de los escaños por los diputados, no sólo de Vox, sino también de PP y de Ciudadanos, cuando los responsables de estas dos últimas formaciones se han manifestado a favor de legislar contra la violencia de género. Con este apoyo parecen haberse salido de ese “sensato carril” que considera que aún hay discriminación hacia la mujer por el mero hecho de serlo y de que existe una violencia sobre ella basada en una cultura de “machismo y dominación”.

 

Allá ellos, pero si PP y Ciudadanos habían abjurado de ese pensamiento machista trasnochado, con esta actitud se han quitado la máscara de moderados que les gusta ponerse de vez en cuando. Ante ello fue certero y contundente Íñigo Errejón, de Mas País, cuando hizo la precisión conceptual adecuada: “si para poder elegir depende del dinero que tienes, no es libertad, es privilegio”. Efectivamente, no hay libertad real sin la existencia de los otros dos ideales provenientes de la Revolución Francesa: la igualdad y la fraternidad.

 

            El sistema educativo al que hay que aspirar en una sociedad libre, igualitaria, solidaria y democrática es a aquél que forjaron las corrientes pedagógicas más importantes que ha tenido España, la de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos y es la que se trató de impulsar decididamente en el inicio de la II República que, por decreto de 15 de abril de 1931, establecía que “el gobierno provisional de la República sitúa en el primer plano de sus preocupaciones, los problemas que hacen referencia a la educación del pueblo. España no sería una auténtica democracia mientras la mayoría de sus hijos por falta de escuelas se vean condenados a la perpetua ignorancia”.

 

Ese sistema educativo que construyó miles de escuelas públicas y gratuitas para todos los alumnos (con independencia de su procedencia geográfica o de la capacidad económica que ostentaran sus progenitores), que dignificó la figura del maestro, incrementándoles los salarios y su categoría profesional –Marcelino Domingo, primer ministro de Instrucción Pública de esta época, definió a la II República como “la República de los maestros” y que debe considerarse como la verdadera columna vertebral de un sistema democrático- es el que debería implementarse en España y en el que se han inspirado los países más avanzados del mundo en la materia como los nórdicos, los impulsores, por otra parte, de las políticas socialdemócratas que consolidaron el “Estado del bienestar” .

 

Pero el Régimen del “nacionalcatolicismo”, impulsado con la dictadura de Franco, segó violentamente (como hizo con todo lo que no oliera a ideario franquista) este sistema educativo. Todos los maestros existentes, aproximadamente 61.000, fueron separados de su profesión y para poder continuar ejerciendo tenían que demostrar que no eran contrarios al muevo régimen fascista. Para ello, los que no fueron fusilados (varios miles de ellos), tuvieron que sufrir una dura e infamante depuración. La Comisión de Depuración, además, para decidir sobre la continuidad en el ejercicio del magisterio, pedía de cada maestro informes al alcalde, la guardia civil, el párroco y los padres de alumnos de cada localidad. Los que no obtuvieran informe favorable se quedaban fuera de la enseñanza. De los maestros supervivientes, 16.000 fueron duramente sancionados y 6.000 expulsados del cargo.

 

Se instituyó una educación basada en los conocidos lemas de “la letra con sangre entra” o el de “a palos se hacen los hombres” en la que los crucifijos y las imágenes de la Inmaculada Concepción colgaban en las paredes frontales de las escuelas al lado de la mesa del maestro, de la pizarra y de los cuadros de Franco y del fundador de la Falange, José Antonio y en la que antes del comienzo de las clases había que cantar el “cara al sol”. ¿Es a aquél sistema educativo al que quiere volver la derecha reaccionaria española?