Miércoles, 25 de noviembre de 2020

Nostalgia de mirador

“En Salamanca el mirador tiene la gracia del encaje de forja, la ligereza sutil de una joya que se asoma a la calle con la intimidad velada del interior”

"Tiene el mirador salmantino ese empaque delicioso de lo inesperado, mariposa del aire, se eleva glácil como una bailarina de hierro y cristal, libélula que adorna la pechera de la fachada"

         León Felipe quería tener una casa solariega y blasonada y un abuelo que ganase una batalla… y yo solo quería tener un mirador. Un mirador como el de la familia protagonista de ‘Entre visillos’ de Carmen Martín Gaite, del que decían las visitas “que era un coche parado, que allí sabía mejor que en ninguna parte del mundo el chocolate con picatostes”

         El otoño tiñe de oro el bordado de hierro y cristal del mirador castellano. Del equilibrio de madera y ventanal saben en la sierra y en el norte, porque en Salamanca el mirador tiene la gracia del encaje de forja, la ligereza sutil de una joya que se asoma a la calle con la intimidad velada del interior. Es una bailarina de la voluta, la varilla y el cristal cortado en las facetas irisadas del sol que calienta sus hojas. Casa asomada, protegida, resguardada, atrevida y recatada, exquisita poesía, el mirador.

         Y yo quería un mirador de esquina donde sentir pasar el aire, la gente, el tiempo y leer al calor de los cristales, sentarme en la camilla de los inviernos, al brasero de los fríos, al abrigo de toda perturbación, mientras espero la llegada de la primavera, del calor que convierte el mirador en un invernadero donde sentir el aliento tórrido de las siestas. Espacio hurtado al aire de afuera, forja exquisita de un empeño mesetario por guardar el calor y el gusto por la calle, mesita de tapete, azulejo en la pared, maceta que florece.

         Tiene el mirador salmantino ese empaque delicioso de lo inesperado, mariposa del aire, se eleva glácil como una bailarina de hierro y cristal, libélula que adorna la pechera de la fachada. Es una joya, baguette de diamante que hace de su espacio privilegiada atalaya de lo inesperado. Asomados al mirador, los moradores gozan en la casa del aliento de la calle. Tiesto resguardado, luz que rebosa y juega entre las hojas que se cierran en invierno, alacena sutil donde se guarda la casa con su intimidad de luces en los atardeceres tempranos, de lectura en la mesa camilla y cena a la hora del parte.


         Tiene el mirador ese eco de una novela que nos relata y retrata. Cuando en 1957 Carmen Martín Gaite ganó el Nadal con Entre visillos, vivía en el Madrid de los balcones y las azoteas, sin embargo, en su memoria, el mirador de esquina seguía fascinando a la niña provinciana. Vidas interiores, mujeres a la luz de la lamparita cosiendo y descosiendo el porvenir al arrullo de la radio. La Salamanca íntima, recoleta, cerrada y asfixiante abría las ventanas hacia afuera lenta, muy lentamente. Porque el mirador protege, guarda, enseña lo que quiere, deja entrever un espacio que se intuye, pero que no se ve, secreta celosía. Y Carmen, Carmina, la hija del notario, lo sabía muy bien, por eso abría las ventanas y los brazos a todos los vientos, mientras su melena se cortaba y luego se encanecía. El tiempo, el que pasa, nos pesa y nos arrastra, pero permanece la casa con su joya sutil, su cristalina joya engastada en la pared para ver y ser visto, para sentir que la belleza tiene los matices de un diamante cuando el sol incide en sus facetas. Ese exquisito milagro de la luz que tan bien retrata un fotógrafo enamorado de los reflejos sobre los cristales, porque ya lo dijo Tomé, maestro entre los maestros: Amador es el fotógrafo de la luz, y la luz en los miradores, tiene la cualidad diamantina de una belleza inagotable. Alhaja cotidiana de nuestras paredes. Verso de Ángel González, Amador: “El claro mirador de tus pupilas” que nos regala el paseo emocionado por la belleza de una ciudad de luz entregada a la pisada de tu paso.

José Amador Martín, Charo Alonso.