Miércoles, 25 de noviembre de 2020

De la vergüenza

Dice los entendidos en la materia que la vergüenza[1] es un sentimiento natural, es la emoción que sentimos cuando consideramos como negativa alguna acción que hemos realizado, es una respuesta de adaptación al entorno social en el que vivimos, por tanto es un mecanismo de control sociedad - al igual que la culpa o el miedo - para regular nuestra conducta. La socióloga Gema Sánchez Cuevas la define como “la emoción que no deja ser[2]

Hoy parece que esta necesidad humana, reminiscencia ancestral, de pertenencia a la manada, está más presente que en ninguna otra época de la Historia. En tiempos anteriores los grupos sociales eran más cerrados y permanentes. Si nacías esclavo siempre serías esclavo, si noble pues serías noble, si caballero pues para siempre, si siervo poco se podía hacer. La sociedad en cada época sabía donde estaba cada quien y donde estaba él mismo, esa situación era prácticamente inamovible y aceptada por todos. Afortunadamente, al menos en teoría, las cosas han cambiado. Pero al perderse esa identidad impuesta, los seres humanos estamos obligados a encontrar un sitio por nosotros mismos haciendo buen uso de nuestra libertad y nuestras posibilidades, lo que en muchas ocasiones nos genera angustia. Ese insatisfecho deseo de sentirnos seguros y aceptados, en no pocas ocasiones encuentra consuelo al someternos a la hegemonía de algún grupo social o a una medianidad creciente, sacrificando para ello mucho de nuestra individualidad, a esto lo llamó con gran acierto el filósofo alemán Martin Heidegger, la dictadura del UNO. Un UNO que no es nadie y que somos todos, pero que es más que la suma de todos nosotros. Un UNO que prescribe como debe ser nuestro actuar cotidiano para poder encontrar esa seguridad y aceptación que buscamos desesperadamente, aquí la vergüenza – otro lo llaman “el qué dirán - juega un importante papel.

Nuestras vidas van transcurriendo coleccionando etiquetas sociales. Con ellas día tras día etiquetamos a los demás, ellos nos etiquetan y hasta nos autoetiquetamos. Para ser aceptado en un grupo debemos reunir aquellas etiquetas que el grupo asume como propias. Si dices ser amante del rap, hablas de una forma determinada, manifiestas cierta rebeldía frente al sistema establecido, asumes un estilo de vestir, de llevar el pelo, etc., entonces todos te colocarán una determinada etiqueta y te incluirán en un grupo determinado. Sí vistes de modo elegante, hablas con elocuencia y de forma culta, tu pelo y tu cara están bien cuidados, te gusta asistir a exposiciones de arte y la música clásica, tus etiquetas serán otras y tu grupo también. Puede que aunque lleves la etiqueta del segundo grupo te guste el rap y vestir de modo informal, pero no lo dirás en público ni en tu grupo. O quizás si llevas la primera etiqueta resulte que eres un gran amante de Mozart, de Beethoven, además del rap, eres Doctor en Bilogía Molecular y tienes un par de masters del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), eso no importa si quieres cambiar de grupo deberás superar la vergüenza que puede mostrarte así con los “tuyos”.

Esta necesidad de reconocimiento grupal es muy fuerte en la adolescencia llegando a generar ansiedad y en ocasiones frustración en chicos y chicas, a los que la vergüenza y el miedo al rechazo y soledad no les deja ser, que diría Gema Sánchez, limitándose a ser lo que los demás quieren que sea, lo que el grupo les exige que sean para formar parte de él.

Yo creo que madurar es aprender a gestionar adecuadamente la vergüenza, entre otras cosas, perder el miedo a que nos vean como somos y dejar desesperadamente de anhelar lo que no somos, para ello hay que dar tiempo al tiempo, llegar a ser.

Haciendo una utilización libre de Aristóteles con relación al ser en potencia y el ser en acto, podríamos decir que un tronco de madera es en potencia un mueble, una puerta o leña para la chimenea, cuando llegue a ser, será una de estas cosas lo será en acto. En los seres humanos esto es algo más complejo. En potencia podemos ser ciertas cosas – no cualquier cosa - y usando nuestra libertad y nuestras posibilidades, decidimos y llegamos a ser una o varias de ellas, para esto la vergüenza, bien gestionada, nos resultará útil.    

Superar la vergüenza no es lo mismo que ser un sinvergüenza. Muchos de los miembros de nuestra clase política actual, en mi opinión, la han gestionado mal o no les han enseñado a hacerlo o, tal vez, nacieron sin ella por un defecto genético, porque de no ser así resulta inexplicables que con ciertos comportamientos no se les caiga la cara de vergüenza, es más, que ni siquiera se sonrojen.

En una de las novelas de la popular serie Millennium "El hombre que perseguía su sombra" del periodista y escritor sueco David Lagercrantz, un personaje afirma: Los sinvergüenzas son a menudo especialistas en fingir ser auténticos santos. Dios nos proteja de ellos.


[1] Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.