Martes, 24 de noviembre de 2020

Los gatos de ciudad

Me gustan mucho los gatos, pero me dan algo de alergia. Recuerdo el disgusto que me llevé cuando la alergóloga me anunció la “trágica” noticia, aunque ya supiese que no iba a haber nunca un gato en el hogar. Me gusta la elegancia que tienen estos felinos cuando andan con ademanes de superioridad, el cuello bien estirado y pisando fuerte con sus patitas almohadilladas. Salvando los obstáculos con saltos imposibles mientras emulan a los pájaros más audaces. Me gustan también sus pétreos y brillantes ojos que acechan desde las esquinas y devoran el mundo con cada parpadeo. Me gusta su altanera actitud ante lo que les rodea, tan indiferentes al rojizo atardecer estival como a la incansable lluvia otoñal. En definitiva, me gustan mucho los gatos.

Para mi sorpresa, en Salamanca hay más gatos de ciudad de lo que uno pueda pensar. Y nótese que los he bautizado como “gatos de ciudad”, para alejarlos mediante la palabra de la mundanidad del término “callejeros” y apadrinarlos en la memoria colectiva de los adoquines que ya les pertenecen. Seguro que ellos tampoco estarían de acuerdo en ser llamados callejeros. Los gatos de ciudad parece que se han adaptado bastante bien al cambio continuo  que han tenido las calles en estos meses raros. Me los imagino extrañados en marzo, cuando todo el mundo dejó de pasar a su lado y de quedarse pasmados ante ellos, como si nunca hubieran visto un gato. Los veo disfrutando de la verdadera amplitud de las avenidas y parques, haciendo de sus diabluras lo cotidiano. Reinando en soledad, sin vasallos sobre los que gobernar. Quizás investigando como Miss Marple nuestra desaparición repentina. Recopilando como prueba principal, los estruendos motivadores de las ocho de la tarde, sin saber a quién iban dirigidos. Me los imagino, molestos en junio, cuando la gente volvió a pasar a su lado, dirigiéndoles miradas furtivas. En este mes, los gatos de ciudad también notarían un elemento nuevo en sus rostros. La mascarilla, sin duda alguna, les llamaría la atención. Pensarían por qué justamente ahora las narices y las bocas descubiertas se consideran impúdicas. Me los imagino encontrando una mascarilla azulada, sin su humano correspondiente, y robándola para enseñarla en sus reuniones secretas con sus compañeros felinos. Rasgándola y tirando de las gomas, observando, creando una hipótesis, experimentando con ella y finiquitando su teoría sobre la verdad del universo actual. Qué pensarían los gatos de ciudad mientras paseaban sus inquietudes en las tardes, al dejar de escuchar los ánimos vespertinos. Quizá reflexionarían sobre por qué estos sonidos desaparecieron con nuestra vuelta a las andadas. Los gatos de ciudad crearían otras hipótesis para fundamentar su teoría. Quiero suponer que llegarían a la conclusión de que esos ánimos no dieron de comer a nadie y que pronto se les dejó de considerar héroes cuando exigieron unas condiciones laborales dignas.  Puede que se dieran cuenta de la efímera admiración y de la pérfida humanidad interesada que convivían con ellos. Me imagino a los gatos de ciudad conspirando con sus colas entrelazadas e instaurando una “gatoarquía” para el fin del mundo de los humanos. O de su nuevo confinamiento domiciliario.