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Sábado, 23 de enero de 2021

Las barbas del profeta. Eduardo Mendoza

     Estoy un poco decepcionado de la lectura -¡menos mal que es un libro corto- de “Las barbas del profeta”, del gran escritor Eduardo Mendoza, premio Cervantes 2016. Al principio todo iba bien, se nota el oficio del escritor, su claridad, amenidad y sentido del humor.

     Me las prometía felices cuando leí en la contraportada que “la Historia Sagrada que estudié en el colegio fue la primera fuente de verdadera literatura a la que me vi expuesto”. Mi ilusioné pensando que iba a asistir al desarrollo de una mente infantil que, andando el tiempo, se ha convertido en un hombre culto y gran escritor. En eso estoy decepcionado, porque el trabajo de “hacerse como niños” es muy trabajoso. De ello dan fe grandes pintores que han vuelto hacia atrás, al momento fundador de su creación artística, o algunos testigos del naciente siglo XX –o del moribundo XIX, que para el caso es lo mismo- como D. Miguel de Unamuno o Teresa de Lisieux, tan dispares y tan próximos.

     No es lo que hace Eduardo Mendoza en este librito, sino traer a colación los recuerdos infantiles, sin el esfuerzo de poner entre paréntesis vital los prejuicios adquiridos durante la juventud y la vida adulta, cosa imprescindible para poder seguir el consejo bíblico, evangélico por más señas, de “hacerse como niño”. Claro que ya advierte que no va a tratar sobre la Biblia sino sobre la asignatura de Historia Sagrada, cosa al alcance de muy pocos, los setentones que aún conservamos algo de lucidez y “memoria histórica”, que es, por definición, personal y subjetiva. Dice D. Eduardo que no es creyente y eso es un a priori que le condiciona para entender sesgadamente la Historia Sagrada y no poder así recuperar del todo la apertura de mente y el estupor que le provocaron de pequeño estas historias, aunque es lo cierto que recuerda con nitidez que la asignatura, y la Biblia que intenta poner al alcance de la mente infantil, “suscita más preguntas que respuestas”.

     Mire, D. Eduardo, en eso estoy de acuerdo desde mi prejuicio creyente. A la hora de enfrentarnos a la lectura de la Biblia Vd. tiene un prejuicio no creyente y yo un prejuicio creyente. ¿Su prejuicio es más científico que el mío o el mío más que el suyo? Dejémoslo en empate. Yo no soy un experto biblista, aunque algo de Teología Bíblica he estudiado, pero, vamos, que no soy un experto. Pero una cosa juega a mi favor: que la Biblia es un libro que solo se puede entender del todo desde la fe, porque esa era la intención de sus autores y no se debe traicionar la intención de los autores, so pena de condenarse a entender menos de lo entendible.

     Se le nota el oficio de escritor -¡me repito, ya lo sé!- en la facilidad con que se lee su texto. Pero esa facilidad le traiciona, o su corrector/a de pruebas es uno de esos alumnos actuales de los que Vd. se queja amargamente en la página 13, por haber cursado la Secundaria y el Bachillerato sin un estudio a fondo de las Humanidades y –añado yo- sin haber cursado religión. Se nota la facilidad en la facilidad –valga la redundancia, figura retórica que me gusta mucho- con que confunde a Moisés con Noé (página 66), pues es Noé el que según la Historia Sagrada construyó el arca y no Moisés, como afirma Vd. Borrón de buen escribano. No pasa nada.

     Es una pena que el capítulo dedicado al Nuevo Testamento sea tan malo. ¿Sabe qué pasa? Que la fe y su reflexión racional, a la par que creyente, o sea, la Teología, también ayudan a entender la Biblia. Si hubiera seguido Vd. leyendo exégesis y comentarios bíblicos, posiblemente hubiera descubierto, por ejemplo, que el Apocalipsis contiene una muy fundamentada crítica del Imperio Romano y que una cosa tan infantil y navideña como el Evangelio de la infancia de Lucas, es en realidad una fuerte crítica política de la divinización del poder, tan en boga hoy en día.  Seguro que eso se arregla en cuanto entre en vigor la Ley Celáa (LOMLOE), con su nueva asignatura “Cultura de las Religiones” que podría buscar el mismo efecto que la Historia Sagrada: “era obvio que nada en aquél libro singular reforzaba las creencias religiosas.” (p.14)

     No entiendo muy bien qué quiere decir cuando afirma que los libros de Judit y Tobías no están en la Biblia canónica. Yo los he visto tanto en la Biblia del Oso (año de 1569) como en la de Jerusalén (tengo una, muy viejita, editada en 1967). También me ha decepcionado encontrar 40 páginas en blanco, de las 200 justas de que consta el libro, más la historia de Psaménico I (p. 74-75), que no viene muy a cuento, pero es interesante. Creo que un poco más de respeto a la Ecología hubiera estado bien, lo digo por no malgastar tanto papel, aunque es probable que esta decisión obedezca a criterios esteticistas, más propios de un libro de poemas.

Antonio Matilla, sacerdote.