Viernes, 4 de diciembre de 2020

Sara en el centro de las emociones

Hace cincuenta años conocí en Berlín a una chica de 20 que era Sara Sanz. Por entonces, rubia como la mademoiselle de Blas de Otero con un  mirlo debajo de la piel, ahora trasmutada de valquiria a bruno su pelo, o eso parece cuando hemos vuelto a encontrarnos.

Yo había viajado desde el estruendo luminoso de la coca cola y el rock and roll del Berlín Oeste, había zigzagueando el laberinto de la stasi para pasar el muro, y ella llegó mucho tiempo después en un  viaje interior y exterior cabalgando las 110 páginas de un libro que salió de Berlín para llegar a Berlín después de seis años. Dicho de otra forma: viaje del capitalismo de la libertad consumista a la austeridad compartida del marxismo, pero sin libertad individual. Eso era Berlín cuando Sara Sanz tenía 20 años y aún no había empezado ni su libro ni su viaje.

En esta Alemania prohibida, al otro lado del muro, se crió y formó la ahora canciller de todos los alemanes Ángela Merkel que además de ser hija de cura, militó en la Juventud Libre Alemana, que venía a ser para ellos lo que la OJE falangista en España. Así que la señora Merkel fue comunista y de inspiración marxista leninista.  Si lo digo no es porque quiera morrear con alguna cayetana furiosa, es para que se grave en todas las cabezas el derecho a cambiar.

Y aquí estamos de nuevo Sara y yo, hoja a hoja de un libro, sentados en la colina donde duermen de pie los esqueletos de 7.000 jóvenes rusos que habían tomado la ciudad el 2 de mayo de 1945. Antes de nada, como he mencionado la muerte vertical y desnuda, aclaro: el libro de Sara Sanz tiembla de ganas de vivir.

Abstenerse catequistas, porque  Sara Sanz ha dicho eso de agua que no has de beber, déjala correr. Y así ha permitido que el viento de su ardor tan medular  como libérrimo, vaya y venga a su aire. Quiero decir: puro y feroz anarquismo sentimental y literario.

Sentimiento: el de la emoción de ver a la madre rusa con el hijo en brazos que nos remite a La Pietá de Roma. Sólo que esto es Berlín, ah Berlín tan imposible de olvidar, como esa estremecedora Piedad de Kollwizt. Es un dato más sobre las dimensiones del teatro donde Sara Sanz ha situado el corazón de libro. Un libro no para incendiar crepúsculos, sino para mirarlos con ojos de gata, ahora que ya se derrumbó el muro.

Malditos sean todos los muros que impiden a los poemas cumplirse y a los libros andar por sí mismos.

No es el caso de “Violetas von Berlin” donde Sara Sanz se da garbeos sin azudes ni alambradas ni certificados de buena conducta ni proyecto monolítico ni un solo gramo de prudencia. Es lo que tiene la libertad. Como la de Uschi Oberrmaier, icono silvestre a quien Sara Sanz encontró en los  60 cuando fue a ver al gran Mick Jagger con olor a porro en la Komune. Sara vio a Uschi y se convirtió en princesa de “mi mundo y de tu mundo” en el poema “Bang, bang, bang”. Y es que toda vale en la vida mientras te quede una bala.

La Sara más Sara está en todas partes. Quizás nada más comenzar el libro cuando dice “es tan íntimo y extraño andar descalza por la vida”. En este poema se produce una perturbación tan atrayente como enigmática. Porque la poeta acude a Sandra Dee, aquella americanita que lleva 15 años muerta después de su inolvidable imitación a la vida, y su tiempo de amor con Bobby Darin, un colega de su padre (del padre de Sara, el cantautor Antonio Sanz) que quizás se la robó para dejarla  luego sola y morirse muy pronto.

Hay mucha contundencia en “Violetas von Berlin”. También. El poema que Sara Sanz escupe “Yo sí te creo” es una prueba de que la obra literaria ajena al compromiso puede tener larga vida en los énfasis pero ni un rasguño en el corazón de hombres y mujeres. A veces hay que bajar al barro para dejar huella del verdadero pie.

Antes de que se me olvide: Sara Sanz se acuerda de su padre en el libro. Yo también, de vez en cuando me alegra los días sin trajín, donde el tiempo se extiende como una culebra antes de cambiar la piel, y escucho su guitarra y su voz de bohemio enamorado en su disco “Despertares”. Y parece que ya está todo en su sitio y en calma.

Sara Sanz sostiene en un verso que “si se es poeta que se sea cada día”. Es una declaración de amor constante a la que ella hace justicia. Porque su libro respira todas las atmósferas cambiantes, y así pasa de los poemas más musicales, donde  la secuencia clama por la guitarra de su padre, a la prosa poética, o al poema en prosa a la manera francesa, o a la prosa narrativa donde ella también está, pero no como un artilugio que desentone. Porque corren tiempos de expresiones nuevas donde los géneros literarios comulgan juntos sin aspavientos o extrañezas. Esto hace que en “Violetas von Berlin” el cambio de ritmo se produzca de modo natural, con la espontaneidad que exige la formulación expresiva de Sara Sanz en cada momento.

En el libro está Bertolucci, tan calumniado. Y mucha gente y muchas ciudades que pasaron por la piel de sus viajes. Pero siempre sin perder de vista que es un canto de amor a Berlín, pese a que no se le puede negar erotismo a Leganés.

Erotismo: forma parte de la vida, y Sara Sanz ha escrito un libro muy vivo, para explosionar o tumbarse de lado a darse besos de hierba. Quizás donde más gloria alcanza es en “1/2 en  gasolina” y ese aférrate a la vida y a mis pechos. No puede haber un libro con seis cumpleaños en sus páginas y ni un lugar para las sensaciones y el tacto de las palabras que nos lleven a los pulsos desbocados.

Para Sara Sanz en este libro Berlín es una tormenta eterna. Es quizás una alegoría de lo que somos, o lo que fuimos, o lo que debemos ser. Ella lo dice a su manera, mira el paisaje sin ataduras. Respiremos. Toda esa acumulación de feminidad, erotismo, sexo y amor es ella y somos.

Con el coraje de aquel Berlín donde hace cincuenta años había un letrero que decía: “Si quiere ver nuestras ruinas, dese prisa”.

Ya pasó el tiempo de las derrotas, las colinas y los esqueletos. Llega una forma de escribir nueva, de hablar distinto desde los libros, sin olvidar los olvidos, hay que prepararse para recibir con las manos abiertas a esta nueva especie de liebres y pájaros.

Ay, Berlín, cuánto te amé durante cincuenta años y hoy me devuelves parte del amor en este libro.