Movimientos sociales y represión en Latinoamérica

Human Rights Watch, la Corte Internacional de Derechos Humanos, la Alta Comisionada de las Naciones Unidas y Amnistía Internacional han señalado que en varios países latinoamericanos se han producido graves violaciones de los derechos humanos, como detenciones ilegales, uso indiscriminado y excesivo de la violencia o  tortura y asesinatos.

© REUTERS/Carlos Vera/Alamy. Amnistía Internacional España.

Lucas Harcha Bloomfield

Defensor de los Derechos Humanos

Antes de que el coronavirus tomara las portadas de todo el mundo, en Latinoamérica había otros hechos que venían marcando la pauta desde el 2019, como diversas protestas y manifestaciones en países como Chile, Bolivia o Colombia en base a distintas razones. Lo que sí parecieran tener en común estos países ha sido la incapacidad de los gobiernos para generar procesos de diálogo con la ciudadanía y, especialmente, la respuesta violenta y represiva por parte de los mismos, independiente de su adscripción política.

Según el Informe Anual sobre las Américas de Amnistía Internacional, la cifra de personas producto de la represión estatal es superior a las 200: 83 en Haití, 47 en Venezuela, 35 en Bolivia, 31 en Chile, ocho en Ecuador y seis en Honduras. Como es posible observar, si bien la violencia no ha sido igual en cada uno de estos países, sí ha traído consigo números alarmantemente altos de personas asesinadas en el contexto de protestas sociales en cada uno.

Asimismo, tanto Human Rights Watch como la Corte Internacional de Derechos Humanos y la Alta Comisionada de las Naciones Unidas por los Derecho Humanos han señalado que en varios países latinoamericanos se han producido graves violaciones a los Derechos Humanos, incurriendo en prácticas como las detenciones ilegales, el uso indiscriminado y excesivo de armas de distinto tipo, la tortura y el asesinato. Todo lo anterior busca, según estas instituciones, el silenciamiento de las críticas y opiniones disidentes en torno a las posturas oficiales de cada gobierno.

A pesar la represión y el acallamiento de la disidencia, fenómenos relativamente comunes en la región, el continente también se despierta.  Este despertar alude a que se han generado iniciativas y procesos que han disputado los espacios de deliberación social típicamente dominados por los gobiernos y las clases políticas de cada país. En términos concretos, lo anterior ha significado, tomando el caso chileno como ejemplo, la apertura de un proceso constituyente, dado que todavía sigue en función la Constitución de 1980, diseñada y proclamada durante la dictadura de Augusto Pinochet. Este período tenía un hito fundamental en abril, que producto del coronavirus se reubicó para octubre: el plebiscito nacional sobre la nueva constitución.

Otra situación, muy en línea con la anterior, que se ha generado en Latinoamérica desde hace varios años es el asesinato de defensores de los DDHH en distintos países y ámbitos. Casos paradigmáticos como el de Marriele Franco, la concejala afrofeminista y defensora de los sectores más desfavorecidos de Río de Janeiro, o Berta Cáceres, la hondureña defensora de los derechos de los pueblos indígenas y del medio ambiente, muestran la fragilidad en la que se encuentran las y los defensores de los DDHH en la región. En el Caribe y Colombia es donde ha habido más asesinatos de líderes sociales y de defensores de DDHH, algo que Amnistía Internacional ha denunciado sistemáticamente.

Estos asesinatos son oportunidades perdidas y significan, además, el debilitamiento de los movimientos sociales que ellos defienden y, también, la pérdida de fuerza del mensaje que buscan transmitir, ya que las señales que envían los gobiernos son potentes: la persona que siga defendiendo estas ideas sabe las consecuencias a las que deberá atenerse.

Otro lugar donde Amnistía Internacional ha observado con atención y preocupación vulneraciones a los DDHH ha sido en la frontera entre México y Estados Unidos, cuya frontera sur se ha trasladado hasta Guatemala, lo que ha terminado forzando a México a retener a personas, grupos y familias que se mueven hacia el norte en búsqueda de asilo político producto de diversas situaciones de violencia y precariedad que se viven en Centroamérica. México está haciendo el trabajo sucio conteniendo migrantes, deportando personas sin importar que muchas necesiten protección internacional.

A pesar de esta compleja situación, el año pasado también ha significado nuevas esperanzas en distintos ámbitos. Por un lado, con respecto al calentamiento global, con la firma de 22 países del Acuerdo de Escazú, que busca establecer medidas más duras para preservar y respetar derechos medioambientales y tomar medidas para enfrentar la mencionada emergencia. Distintas instancias y organizaciones lideradas por mujeres y jóvenes han realizado acciones de distinto tipo para intentar detener situaciones como las deforestaciones, quemas de árboles o el vertido de basura o químicos en ríos, por ejemplo.

Por otro lado, agrupaciones de mujeres latinoamericanas han adquirido notoriedad mundial, como es el caso de Lastesis, el grupo chileno creador de la performance feminista “Un violador en tu camino”, que ha sido cantada y bailada por mujeres en lugares tan disímiles como Kenia, Chipre o el parlamento turco. El mensaje ha tenido eco en muchos lugares producto de la denuncia que hace contra la violencia estatal y sistémica de la que las mujeres son víctimas, y que se reproduce a nivel mundial.

Otro movimiento de mujeres que ha adquirido notoriedad internacional han sido los pañuelos verdes en Argentina, agrupación multitudinaria que busca la legalización de los derechos reproductivos de las mujeres en dicho país, postura que también ha sido defendida en países como Chile, Paraguay o Uruguay.

También está el caso de la marea morada en México, movimiento de mujeres que ha visibilizado y luchado contra los feminicidios en dicho país, situación que ha tendido a agravarse desde hace varios años, y que les ha costado la vida a decenas de miles de mujeres. Ellas han protestado para que el gobierno ponga fin a dicha situación y tome medidas duras y efectivas para que evitar que el número de mujeres asesinadas siga creciendo día a día.

Estos movimientos de mujeres han generado esperanza en sus países y en todo el mundo, demostrando que se pueden lograr cambios. Esta lucha, y el hecho de que las mujeres se unan y se movilicen es algo que contribuye en importante medida a conseguir cambios profundamente necesarios en Latinoamérica y en el mundo.