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Jueves, 21 de enero de 2021

Recuperar el alma

Advertimos con facilidad cuándo las personas, las instituciones o los países no tienen alma. Sin alma, sobra todo lo demás. El dinero no tiene alma y, cuando se le convierte en un dios, como ocurre en el mundo contemporáneo en nuestras sociedades, así nos va.

El presidente norteamericano electo Joe Biden repitió uno de sus principales objetivos en su campaña electoral: “recuperar el alma de América”. Un objetivo hermoso, tras vivir ese país unos años de confrontaciones, exclusiones, racismos, suprematismos, etc., que terminaron dejándolo sin alma.

Porque el alma de América, el alma de Estados Unidos, podemos leerla en ‘Las uvas de la ira’, de John Steinbeck; o en ‘Primero sueño’, de Henry Roth; en ‘Una muerte en la familia’, de James Agee; por poner unos ejemplos de estupendas novelas que radiografían el temblor, el alma de ese país.

O también podemos advertirla, de un modo muy hermoso y desbordado, en ‘Hojas de hierba’ o ‘Canto a mí mismo’, de Walt Whitman y en otros poetas norteamericanos de importancia, como, por ejemplo, en la última autora galardonada con el Premio Nobel de Literatura, Louise Glück. En sus músicas populares, como la de Bob Dylan, o el blues, o el jazz, entre otras muchas.

O en el expresionismo abstracto o el arte pop, si derivamos hacia las artes plásticas. Y en todas las manifestaciones culturales de los negros y de otras minorías. O en el Movimiento por los derechos civiles, que tuviera en Martin Luther King a una de sus más emblemáticas figuras y la Marcha sobre Washington del 28 de agosto de 1963 como uno de sus actos más memorables.

Pero el alma, que es muy frágil y muy huidiza, que desaparece allí donde estorba, donde se idolatra la división, el dinero, el beneficio, donde se echan abajo los planes de una sanidad para toda la población…, el alma, en fin, ha estado desaparecida de América en la presidencia de alguien en el polo opuesto de representar y hacer políticas en pro del bien común.

Nosotros, que, durante no pocos cursos, hubimos de enseñar en un instituto que no tenía alma, y de soportar una dinámica perversa, frente y contra la que siempre estuvimos, sabemos algo de lo importante que es tener alma.

Por ello, ahora, escuchar al recién elegido presidente de los Estados Unidos decir que su objetivo es recuperar el alma de América, nos resulta reconfortante; porque sabemos que quien tiene ese por su objetivo principal es que no ha perdido la dirección esencial que lleva a la humanización.

Cuando escucho a Bob Dylan, percibo el alma de América. Cuando frecuento los relatos y narraciones de los autores de la generación perdida (Faulkner, Hemingway, Dos Passos o, nuestro preferido, John Steinbeck), percibo el alma de América. Cuando leo a los poetas y escritores de la generación ‘beat’, percibo el alma de América. Cuando leo a Ralph Waldo Emerson o ‘Walden’ de Henry David Thoreau, percibo el alma de América.

Parece que los americanos han decidido pasar página a ese oscuro tiempo de ruido y furia que han vivido estos últimos años. Porque –y ese acaso sea el mensaje central de Joe Biden– sin alma no hay país. Y, en un país con alma, caben todos.

Sin alma, no hay ser humano, ni proyecto humano, ni institución humana, ni colectividad humana, que merezcan tal nombre. De ahí la importante misión, el importante objetivo –universal y valioso para todos– de recuperar el alma.