Paco Cuesta, el macoterano que retrató con sus pinceles la Salamanca monumental

una mañana del día 9 de noviembre, ha recogido su soporte, su paleta y sus pinceles, y se nos fue, dejando, para la inmortalidad, su obra impregnada de belleza y de verdad

En un rincón del Patio Chico aparece la figura de un personaje, acurrucado en una silla plegable de playa, con sus gafas eternas de pasta oscura, que simulan una mirada pícara de hombre forofo de la libertad descarnada y de perfil de lince, que no se le escapa el menor detalle de la realidad, que adherir al lienzo; con su cabellera blanca, menos por los años, que por el contagio de las nieves, que tanto aprisionó en aquellos lienzos de paisaje serrano de Cuevas del Valle y de Navaluenga. No deja en casa, nunca, su sombrero negro de anchas alas o su visera de cuadrines, que estrenó aquella tarde de san Roque, cuando lanceó aquel novillo de Flores, Yo creo que, aquella tarde, decidió caminar por libre en esta vida, con sus personales condicionamientos de bohemio de cuna; y así se siente y se disfruta feliz, realizando aquello que conoce a las mil maravillas, como es pintar; sin duda, es el artista que más y mejor ha pintado todos los rincones monumentales y callejeros de Salamanca, con sus luces y sus sombras, con sus colores dorados y azules, limpios de sol; cientos de lienzos y láminas recogen la transcripción veraz y perfecta de todo el elenco de nuestro patrimonio cultural artístico.

Cuando Pablo cumplió la edad de Cristo, determinó y se comprometió, en la intimidad de su alma, a vivir y morir de la pintura. Y a fe que lo ha cumplido con toda fidelidad durante más de cincuenta  años. Y Pablo ha seguido siendo actualidad, como es actualidad toda la persona que se asoma a la vida diaria para sacar un poco de arte de sí, y para recreo y admiración de los demás.

Yo recuerdo bien a Pablo sentado en su silla, con el soporte y la lámina sobre su pierna izquierda y la caja de pinturas, sobre la derecha, lo veo como una auténtica dispersión de los pintores de Montmartre de París; y es tan peculiar su facha, que, al turista, no le quedaba más remedio que pararse a contemplar su casticismo y, sobre todo, su elegancia de artista consagrado y de seguridad de trazo; y su pintura no solo detiene, sino que engancha y seduce por su perfección, por su realismo, por su perspectiva y, sobre todo, por la luz y el color cambiante que proyectan sus cuadros; luz y sombras que nos impregnan de tenebrismo. Podemos decir de Pablo que fue uno de los pintores, que se escapó de la escuela impresionista de Barbizón.

Y ahí está Pablo, concentrado en lo suyo, y que se sobrecoge cuando lo tocas o lo interrumpes; se fija en ti y se sonríe, con la sonrisa abierta de un hombre bueno, que juega en la vida a ser un muchacho travieso y generoso.

Y, una mañana del día 9 de noviembre, ha recogido su soporte, su paleta y sus pinceles, y se nos fue, dejando, para la inmortalidad, su obra impregnada de belleza y de verdad. (¡Que Dios te tenga en la Gloria!)

Eutimio Cuesta