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Miércoles, 27 de enero de 2021

¿Cómo reconocer el estrés?: las señales más frecuentes 

Cuando la respuesta de estrés se prolonga o intensifica en el tiempo, nuestra salud puede verse afectada, y aparecer otros síntomas como ansiedad o irritabilidad

El estrés aumenta el cansancio emocional

El estrés es la respuesta automática y natural de nuestro cuerpo ante las situaciones que nos resultan amenazadoras o desafiantes. Con frecuencia, una situación de estrés produce emociones negativas, por ejemplo, cuando creemos que vamos a obtener un resultado negativo, pero también produce emociones positivas, como la alegría o la euforia, cuando el objetivo ha sido alcanzado. En ambos casos se produce una activación fisiológica, una alerta cognitiva y una agilización motora y en ambos casos la sobre activación puede acarrear consecuencias para nuestra salud.

Cuando la respuesta de estrés se prolonga o intensifica en el tiempo, nuestra salud puede verse afectada. El exceso de estrés puede derivar en mayores niveles de ansiedad, de irritabilidad y de ira. Si la situación se mantiene, pueden aparecer síntomas de depresión como resultado del cansancio emocional. La situación continuada de estrés también hace que tengamos que gastar más energía, actuar más rápidamente o descansar menos lo que a la larga, mantenida en el tiempo, acarreará también problemas físicos. Por ello, tras un período de tiempo en el que hemos estado sometidos a este estrés que ha agotado probablemente todas nuestras fuerzas, todas nuestras reservas, es necesario descansar para recuperarnos y volver así a una situación más calmada y que nos exija menos esfuerzo.


Las señales más frecuentes de estrés 

Emociones: ansiedad, irritabilidad, miedo, cambios del ánimo.
Pensamientos: excesiva autocrítica, dificultad para concentrarse y tomar decisiones, olvidos, preocupación por el futuro, pensamientos repetitivos, excesivo temor al fracaso.
Conductas: llantos, reacciones impulsivas, risa nerviosa, trato brusco a los demás, rechinar los dientes o apretar las mandíbulas; aumento del consumo de tabaco, alcohol y otras drogas; mayor predisposición a accidentes; aumento o disminución del apetito.
Cambios físicos: músculos contraídos, manos frías o sudorosas, dolor de cabeza, problemas de espalda o cuello, perturbaciones del sueño, malestar estomacal, gripes e infecciones, fatiga, respiración agitada o palpitaciones, temblores, boca seca.