Viernes, 4 de diciembre de 2020

Pedro, un personaje curioso

La soledad es triste. El hombre solo desea, a veces, ser escuchado, necesita ser tenido en cuenta por los demás, y, cuando esto no es así, el hombre solitario recoge sus pensamientos y sueños en cualquier sitio: en un sobre viejo y renegrido, en cualquier pared que parece blanca o en las portadas de la trasera de la casa… Es el caso de Pedro Bueno Blázquez.

La tarde la Virgen de agosto, la pasé al lado de nuestro amigo. Entré por la puerta trasera, que daba a las Aceras. Llamé varias veces, al tiempo que avanzaba por el largo corral y pasillo de la casa. Nadie me contestaba; por fin, lo encontré “espanzurrado” en un sillón, mientras se calzaba unos zapatos negros con punta rebelde. Me dijo en tono mitinero: “Llevo una vida austera, pero soy feliz, no estoy amargado, Vivo en un ambiente mohoso y húmedo, y no me muero porque Dios no quiere. Tengo dos edades: la que tengo y la que represento moralmente. Tengo un espíritu joven, vivo un teatrillo personal, que me hace sentir satisfecho”.

“La gente solo aspira a poseer grandezas y dinero, y no es feliz, está aburrida. Lo que oigo y lo que sé lo anoto, para que no se me pierda.” Dijo Maura: “Las balas llevan la fuerza según el arma que las dispara”. Leo en un sobre: “El silencio es la voz alta de la filosofía”. Piropos. Iba una joven de luto por una calle de Madrid y le dice un joven: “¿Quién se habrá muerto en el cielo, que va la virgen de luto?”

Se acuesta tarde, pero, a las ocho de la mañana, comienza la faena. Los pollos y las gallinas lo traen loco: “son animales muy exigentes, siempre están pidiendo”.

Miro a un lado y leo: “Las zorrerías, no, las cosas claras. Quiero la sonrisa limpia”.

 

Me invita a entrar en la sala. Todos los muebles los tiene cubiertos con plásticos, una bolsa de caramelos sobre la mesa y una caja de dulces de té, que deben de estar endurecidos por el tiempo. Es poco goloso. Le pedí que me enseñara el muestrario de piedras que conserva en el corral. Según salía para fuera, me fue mostrando las dependencias de la casa: la bodega, la cocina baja, un dormitorio, mientras tanto yo intentaba leer sus escritos dibujados en una pared del callejón;

“Al árbol caído, todos le dan con el pie”, “demasiado bien marcha este mundo, para tantas cabezas como tiene”, “el manicomio está desde este balcón para fuera”… Me comenta: “No hay autoridad, el hijo manda al padre y el padre obedece”. ¡Qué a gusto estoy a la sombra de este árbol”, me dice al pasar junto a un Crucifijo. “El estómago es una segunda persona, no la fuerces. La gente bebe y gasta a lo bobo, vive una vida artificial, presa del dinero y de la grandeza. Está sedienta y no hay sed”.

Me va apuntando en el recorrido. “Este armario tiene setenta años, se lo mandó a hacer mi tío Pedro al tío Manotas para guardar las sotanas. Le costó cinco duros”. “Busco lo sencillo en todo, en una flor y en el juego de un niño. Eso para mí es lo bello”.

Tiene colgado de una horca un sombrero agujereado, lleno de mugre, que utilizaban en América y cuando él quiere hacer broma.

Por fin llegamos al muestrario. Lo preside la Cruz de piedra, que estaba en la Plaza Mayor, al lado de la fuente. La Cruz está restaurada, los brazos están reparados y cogidos con hierro y cemento. Me comenta: “Esta Cruz debía estar en su sitio, en la Plaza, si no es esta, otra nueva”. Las piedras están colocadas de tal manera, que parece un paraje natural: cuevas, menhires, y urdiendo figuras variadas que representan a un oso, un elefante, el rostro de Jesús, una Virgen con el Niño, un pan… Todo un museo labrado a base de trabajo y de paciencia.

Me quedé asombrado por dos razones: por su trabajo paciente y por la selección de piedras, recogidas en nuestros parajes. No hay dos piedras iguales. Cada una tiene su estructura, su composición y su color, que se transforma si se le aplica un chorro de agua.

Es una muestra digna de ser observada y estudiada por un litógrafo.

Me salí por la trasera. Fue una tarde inolvidable.